El tercer partido (2ª parte)


Tras el paseo de ayer por la “Pérfida Albión” es el momento de volver a “la piel de toro” (bueno, a España, que estoy hoy de un metafórico subido que no aguanto) y a su sistema electoral, de tipo proporcional pero imperfecto, pues no hay una correlación exacta entre los números de votos y escaños obtenidos en las elecciones generales.

Como todo el mundo sabe el sistema electoral español tiene como perversa consecuencia la sobrerrepresentación de los partidos nacionalistas en el Parlamento Nacional y la culpa la tiene la aplicación de la Ley d’Hont, que perturba en gran medida la proporcionalidad entre votos y escaños.

Pues no. Lo cierto es que ni los partidos nacionalistas están sobrerrepresentados ni la Ley d’Hont tiene mucha influencia en las desviaciones de la proporcionalidad pura.

Respecto de lo primero, basta con echar unas sencillas cuentas, fijándonos por ejemplo en los resultados de las últimas Elecciones Generales de marzo de 2008. En ellas, los partidos (declaradamente) nacionalistas que obtuvieron representación (CiU, PNV, ERC, BNG, CC y NA-BAI), obtuvieron en total algo más del 7% de los votos. Votos que se tradujeron en 25 escaños … que también suponen aproximadamente el 7% de los 35o disponibles. Eso, contando los que tienen representación que hay otros muchos que no la tienen y suman algo más del 1%. En realidad sólo están sobrerrepresentados los dos partidos grandes, PP y PSOE, aunque no de modo exagerado, mientras que los pequeños de ámbito nacional, como IU y UPyD están altamente infrarrepresentados, sobre todo en el primer caso.

Estas desviaciones se deben fundamentalmente al tamaño de las circunscripciones, que son provinciales, no a la Ley d’Hont, como se suele decir, pues en las elecciones europeas en las que la circunscripción es única, sí que existe esa correlación entre votos y escaños, como es fácil comprobar, a pesar de que se aplica el mismo sistema de distribución de escaños. Bien es verdad que el sistema d’Hont tiende a favorecer al partido más votado a la hora de la asignación de los restos, por lo que es considerado el menos proporcional de los sistemas proporcionales. Otros métodos, como el de Sainte-Lagüe o el cociente Droop, mejoran ligeramente la proporcionalidad, pero como decía, la limitación principal la establece el tamaño de la circunscripción. Y aunque resulte muy gráfico para mostrar los defectos del sistema electoral español contraponer los seis escaños obtenidos por el PNV frente al único conseguido por UPyD en las elecciones de 2008, contando ambos partidos con un número casi idéntico de votos, algo más de 300.000, no hay que pensar por ello que los partidos nacionalistas por el mero hecho de serlo están favorecidos por el sistema electoral, pues lo que realmente importa es el tamaño de las circunscripciones y, secundariamente, la concentración del voto en algunas de ellas. Y si UPyD lo hubiera tenido uniformemente distribuido por toda España, en vez de obtener un 43% de ellos en Madrid, tampoco habría conseguido ningún escaño.

La gran diferencia de población entre las distintas provincias españolas y el hecho de que la representación mínima sea de dos escaños por provincia, tienen como consecuencia el despropósito de que para obtener un escaño en Soria baste con 23.000 votos, mientras que en Madrid hicieron falta 131.000 para que UPyD obtuviera el suyo.

Por ello, y cumpliendo con el programa con se presentó a las Elecciones Generales de 2008, y casi sin que le diera tiempo a Rosa Díez a sentarse en su escaño, el 8 de abril de ese mismo año UPyD presentó su Propuesta de Modificación de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General, en la que se proponían una serie de mecanismos orientados a aumentar la proporcionalidad del Congreso de los Diputados, que veremos más adelante. También IU, el partido más castigado por el sistema electoral, ha presentado recientemente una propuesta, con bastantes puntos en común con la de UPyD, que ha sido rechazada por los partidos mayoritarios y los nacionalistas. Entre una y otra propuesta, el Consejo de Estado, a petición del Gobierno, elaboró un dictámen sobre la cuestión, con recomendaciones similares a las propuestas por UPyD, dictámen que parece estar durmiendo el sueño de los justos (Rosa Díez “dixit”, e incluso “pixit”) en la Comisión Constitucional del Congreso.

No vamos a entrar en el análisis detallado de las distintas propuestas, evidentemente, una cuestión para la que hay expertos de sobra y que no tiene lugar en un modesto blog como éste, pero sí quisiera resaltar lo que tienen en común: en ningún caso se propone sustituir el actual sistema por uno de circunscripción única que tendría como resultado una distribución de escaños casi exactamente proporcional a la de votos, de modo que a UPyD, con sus 30000 votos le corresponderían 4 escaños, los mismos que al PNV. Un sistema así sería, en principio, el más justo, pero se correría el riesgo que se quiso evitar durante la Transición de que el Parlamento se convierta en una “sopa de letras”. Porque si en estos treinta años la ley electoral ha favorecido el llamado “voto útil” y la concentración en los dos partidos mayoritarios, eliminar toda restricción podría producir el efecto inverso, comprometiendo el equilibrio entre representatividad y gobernabilidad que deben garantizar los sistemas electorales, sean proporcionales o mayoritarios.

Por ello, las reformas propuestas (las mencionadas y algunas otras, por ejemplo ésta) van en la línea de aumentar la proporcionalidad pero sin cambios demasiados radicales. Uno en el que hay una casi unanimidad es en aumentar el número de escaños de 350 a 400, tal y como permite la Constitución, y que estaría en consonancia con el aumento de población en España, pues cuando nuestra Carta Magna fue aprobada éramos 35 millones de españoles (y justo así se llamaba un popular programa televisivo presentado por José Antonio Plaza y Alfredo Amestoy), mientras que ahora superamos los 47. Y es que hay al parecer una regla no escrita en Europa por la que debe haber más o menos un escaño por cada 100.000 habitantes (por ejemplo, en el Reino Unido en el que nos andamos fijando tienen 650 parlamentarios para 60 millones de habitantes).

Además del aumento del número de escaños, se ha propuesto tímidamente que la circunscripción electoral sea la comunidad autónoma, y con más convicción que lo siga siendo la provincia, pero rebajando de dos a uno el número mínimo de diputados, lo que reduciría considerablemente el que puede considerarse el principal defecto de nuestro sistema electoral, la enorme diferencia en la ratio votos/escaños según el lugar donde se emitan.

En cuanto al cambio del sistema d’Hont por el de Sainte-Lagüe, propuesto por IU, o algún otro similar, la corrección que pudiera introducir en el reparto de escaños sería muy pequeña, aunque no por ello despreciable.

Ahora bien, todos los cambios propuestos sin duda harían algo más proporcional el sistema, lo que sin duda es más justo, pero ¿serían positivos a la hora de facilitar la gobernabilidad de España? Hasta ahora todos los gobiernos españoles de la Democracia han tenido respaldándoles en el Congreso o bien una mayoría absoluta (en 1982, 1986 y 2000) o una relativa pero muy cercana al umbral de los 176 diputados que marca dicha mayoría absoluta. En este último caso, y de modo destacado en las últimas legislaturas del PSOE, pero también en la del PP de 1996, los apoyos necesarios han venido sobre todo de los partidos nacionalistas, CiU, PNV y CC principalmente, que han hecho “a pelo y a pluma”, por así decir, sacando un generoso rédito de sus no muy numerosos escaños.

Pues bien, las simulaciones hechas a partir de los resultados de las últimas convocatorias electorales nacionales, teniendo en cuenta alguna de las correcciones mencionadas, o bien diversas combinaciones de ellas, dan como resultado que los dos partidos grandes perderían escaños, en torno a diez cada uno, que irían a parar a otras formaciones de ámbito nacional, especialmente a IU, la gran perjudicada en esos momentos, aunque apenas se notaría en el caso de UPyD, que con los resultados de 2008 podría conseguir quizá un diputado más, no los tres que le corresponderían con un sistema proporcioanl puro. En cambio, los partidos nacionalistas, considerados en conjunto, no sólo no perderían representación sino que podrían aumentarla ligeramente, lo que les permitiría, en las condiciones actuales, seguir ejerciendo el papel de árbitros de la política española con la ventaja (para ellos) de que los partidos mayoritarios estarían más debilitados.

¿Cómo superar entonces esta situación, que muchos consideramos el gran problema de la política española, secuestrada por los miopes intereses de los partidos nacionalistas con el consentimiento de los dos mayoritarios? ¿Estableciendo un mínimo del 3% o del 5% de votos a nivel nacional para poder obtener escaños en el Congreso? Eso no detendría a los partidos nacionalistas, a los que bastaría con formar coaliciones, como hacen en las elecciones europeas, para superar esos umbrales.

En la reforma de la Ley Electoral propuesta por UPyD se propone que de los 400 diputados que se quiere que tenga el Congreso, “la mitad de ellos se elijan en una circunscripción nacional entre aquellas candidaturas que hubieran obtenido votos válidos emitidos en un conjunto de Comunidades Autónomas que sumen al menos el 65 por 100 de la población oficial de España”. La intención es evidente y el contraataque está chupado: basta con que los partidos nacionalistas presenten listas en toda España, que siempre habrá alguien que les vote en Murcia o en Ciudad Real. Y si se me ha ocurrido a mí…

Propuestas como las mencionadas, destinadas a reducir la representación de los partidos nacionalistas, pueden además fomentar el habitual victimismo de que hacen gala, y no diría yo que injustificadamente en este caso. Insisto: los partidos nacionalistas no están sobrerrepresentados. Si tienen tanto poder como tienen se debe a la incapacidad que han demostrado los dos partidos mayoritarios de actuar lealmente entre ellos, ni siquiera en estos tiempos de auténtica necesidad. Los nacionalistas tan sólo han actuado siguiendo su naturaleza, como en la fábula de la rana y el escorpión.

Concluyendo, la reforma del sistema electoral es deseable porque es justa y UPyD debe seguir defendiéndola porque ese es su compromiso desde que nació como partido, pero no parece que sea una panacea que vaya a resolver el problema del permanente chantaje nacionalista. Lo único que verdaderamente nos puede sacar del agujero sería que el PP y el PSOE tuvieran sentido de Estado y fueran capaces de trabajar juntos. Y como ya podemos imaginar que eso no va a pasar, no va a quedar más remedio a UPyD que seguir creciendo en votos hasta conseguir superar el “umbral de la proporcionalidad”. Con esta expresión que me acabo de inventar sobre la marcha (y mejor no la busco en Google, que a lo mejor ya está inventada y me deprimo) quiero decir que según aumenta el porcentaje de votos de un partido de implantación nacional en España, el porcentaje de escaños tiende a acercarse al de votos. Así, por ejemplo, con un 5% de votos, el de escaños suele ser la tercera parte (caso de IU en 2004, 4.96% de votos y 5 escaños, el 1,4%); con un 10% viene a ser la mitad (de nuevo IU, pero en 1996, los buenos tiempos de Anguita, cuando consiguieron el 10,54% de los votos y 21 escaños, el 6%); y no sé por donde caería exactamente ese “umbral de proporcionalidad”, que depende de muchas variables, pero puede que se encuentre entre el 15% y el 20% (en 1982, la AP de Fraga obtuvo el 26% de votos y 107 escaños, el 30%). Así pues, a diferencia del sistema mayoritario británico (no me había olvidado de las cuitas de Cameron, Clegg, Brown y sus conciudadanos, no) que prácticamente convierte la representación e influencia de un partido político en un “todo o nada”, el proporcional imperfecto español, con todas sus limitaciones, da más oportunidades a un partido pequeño de crecer progresivamente y llegar a ser ese “tercer partido”, concepto más propio de la cultura política anglosajona que de la nuestra. Y si otros no lo han conseguido, o han ocupado esa posición y luego se han venido abajo, quizá haya sido por falta de coherencia interna, de ideas claras y de liderazgo, cualidades de las que andamos sobrados en UPyD, o porque se han quedado atascados en ideas decimonónicas, sin darse cuenta de que ya llevamos andado un buen trozo del siglo XXI.

Asi que, lo dicho, que cambiar la Ley Electoral está muy bien, pero que si de verdad queremos que UPyD sea clave en la política nacional, no nos va a quedar más remedio que seguir creciendo, y no poco.

Estamos en ello.

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2 respuestas a El tercer partido (2ª parte)

  1. lisufelligus dijo:

    Hola, Alex:
    Te felicito por la entrada, muy elaborada y certera, y por el Blog, un nuevo Blog para enriquecer la blogosfera upeydera.
    Un abrazo y nos leemos.

  2. Pingback: El tercer partido (conclusión, por ahora) | Política (i)lógica: el blog de Alex Roa

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