Arte es lo que los artistas dicen que es arte


Aunque cueste creerlo a la vista de algunas de sus manifestaciones modernas, existe, como de cualquier otra actividad humana, una teoría del arte, no tan antigua como la propia labor artística que se remonta a varias decenas de miles años atrás, pero sí venerable, como poco desde los tiempos de la Grecia Clásica. Una teoría que, como no podía ser menos, incluye en lugar preeminente la propia definición del objeto de estudio, es decir, del arte. La discusión sobre lo que es y lo que no es el arte, al igual que la actividad artística en sí misma, se mantuvo dentro de unos límites bastantes razonables hasta bien avanzado el siglo XIX. Luego, tras algunos tímidos pasos a finales de aquel siglo, la nueva centuria rompió de golpe todos los esquemas previos. Ahora era arte no sólo el cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevitch, que al fin y al cabo mantenía la tradicción de la pintura al óleo sobre lienzo, sino que incluso alcanzaba dicho estátus un modesto urinario colocado del revés y presentado como escultura con el título de “Fuente” para una exposición que tuvo lugar en Nueva York en 1917 por un joven Marcel Duchamp, quien firmaba “su obra” como R. Mutt.

Hay que decir que en un principio la idea del genial Marcel Duchamp (que lo era no sólo por eso sino por otras muchas cosas) no fue precisamente recibida con entusiasmo, pero con el transcurso de las décadas acabó convirtiéndose en el símbolo de una nueva y radical concepción del arte, que llegó a su cúlmen en los años sesenta con el conocido como arte conceptual, alejado radicalmente de cualquier concepción práctica del arte y centrado en su propia esencia. Fue en aquel momento cumbre de los debates teóricos acerca de la definición del arte, cuando alguien acuñó la genial tautología que da título a este post: “arte es lo que los artistas dicen que es arte”.

Ahora bien, que la frase sea ingeniosa y aparentemente resuelva el debate, no significa que sea verdadera. Eso sí, su aplicación incuestionada alimenta, y muy bien, a un sinnúmero de farsantes, supuestos artistas o verdaderos mercachifles, porque si el primero que colocó un urinario boca abajo y dijo que eso era arte fue un genio, del segundo en adelante fueron, como mínimo y siendo generosos, unos copiones.

Pero este es un blog político, no sobre arte, así que ¿a qué viene la digresión anterior? Pues a que no puedo evitar acordarme de ella cada vez que sedicentes izquierdistas insisten en definir lo que es de izquierdas y lo que no. La palabra “sedicente”, por cierto, me encanta. Como es sabido significa “que dice de sí mismo (se-dic-ente) algo que no es cierto”, y creo que viene del francés “soi-dissant”, pero como decía el maestro Umbral no me voy a levantar ahora a comprobarlo (es un decir, claro, que él escribía con su vieja Olivetti y yo estoy delante de mi ordenador con acceso a internet y a San Google), pero suena muy parecida a “sedicioso” y aún hay mucha gente que las confunde, como le pasó hace poco a un responsable de cierto sindicato de gran implantación cuyo nombre que empieza con “U” y termina con “T” no hace falta decir, que en las cartas al director de cierto diario nacional protestaba de que se les hubiera tildado de “sedicentes izquierdistas” cuando era bien sabido que ellos “eran totalmente respetuosos con la legalidad”.

Hasta no hace mucho me producía más irritación que otra cosa este empeño en definir la izquierda y la derecha por parte de los que se adscriben al primer bando por estar claramente asociada a la autoatribuida y sobradamente conocida “superioridad moral de la izquierda”. Según tan simplista esquema, a la izquierda se le atribuirían todos los valores y actitudes positivas (progresismo, tolerancia, pacifismo, libertad individual, justicia social…) mientras que los negativos serían, por definición, los propios de la derecha intolerante, reaccionaria, violenta y opuesta al mismo tiempo a la libertad individual y a la justicia social. El Bien frente al Mal, sin más complicaciones. No hay más que escuchar estos días a ciertos líderes políticos y sindicales, o leer en determinada prensa, cómo malvados especuladores, de derechas, por supuesto, se dedican a conspirar para hundir la economía española.

Curiosamente en esta cuestión no existe simetría, pues es muy raro que alguien se defina de derechas sin más, siendo más habitual autoasignarse las etiquetas de “centrista”, “liberal” o “conservador”, por lo que es muy raro que haya “sedicentes derechistas”. Y tampoco se observa un especial empeño en definir las ideas o las políticas como “de derechas” con intención de prestigiarlas, tal y como ocurre con el sello “de izquierdas” (cuando lo usan los sedicentes izquierdistas, claro). El desequilibrio es notorio cuando se piensa en los términos que los “hunos” usan para referirse despectivamente a los “hotros” y viceversa: “fachas” y “rojos”, respectivamente. Recordemos por ejemplo, cuando nuestro menguante Presidente Zapatero, en la época en la que parecía que se iba a comer el mundo (y hasta “El Mundo”) en vez de lo contrario, se definió a sí mismo orgullosamente como “rojo”, algo recibido con alborozo por muchos de sus acólitos, dentro y fuera del PSOE, y no excesivamente criticado por sus detractores. Imaginemos por un momento que José María Aznar, en su momento de mayor esplendor, pongamos después de la mayoría absoluta del año 2000 y antes del estropicio de Irak, hubiera tenido la ocurrencia de autodeclararse “facha, y a mucha honra”, hinchando al tiempo los pectorales (o los abdominales en su caso). Creo que hasta sus más leales seguidores se hubieran echado a temblar.

Pero ya hace tiempo que la irritación que me producía esa actitud ha dado paso a la tristeza, al ver cuánta gente, que ha confiado durante tanto tiempo en los partidos, sindicatos, organizaciones no gubernamentales y medios de comunicación  asociados a la izquierda, se está encontrando sin referencias, desnortada y desubicada en un mundo progresivamente más complejo, para el que ya no sirven los esquemas decimonónicos de los que algunos no parecen capaces de desprenderse, y puede que ni siquiera las ideas que durante varias décadas, por lo menos entre los años 50 y los 70 del pasado siglo, convirtieron a la socialdemocracia en la ideología más exitosa en la mayor parte de los países de Europa Occidental, esa Europa del Estado del Bienestar que parece que está próxima a sucumbir. Es duro asumir que esa era se esté acabando, que la Europa desarrollada, y España con ella, pronto no va a ser el mejor lugar del mundo para vivir, si es que no ha dejado de serlo hace tiempo, pero echarle sistemáticamente la culpa a “la derecha” (ese Gran Satán) de todos los males sólo es revelador de una triste impotencia.

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5 respuestas a Arte es lo que los artistas dicen que es arte

  1. Guillermo dijo:

    Muy interesante tu blog. Coincido en puntos de vista y razonamientos con los que expones y en particular, la preocupación por el anumerismo.
    Parece que en la dialéctica diaria nadie le da importancia a los números que subyacen tras lo defendido y que hacen o no sensata alguna aspiración.
    Esto se aplica al sistema electoral, pero también al modelo energético nacional , y para nuestra desgracia, a las cuentas públicas, que han resultado muy fachas.
    Suerte, valor y al toro.
    Guillermo García

    • alexroa dijo:

      Muchas gracias, Guillermo. Estos días se está viendo los estragos que puede causar el anumerismo de los gobernantes.

  2. Luis Miguel dijo:

    Saludos Alejandro.

    Grandes reflexiones, fáciles de compartir si se tiene sobre los hombros una cabeza y no una caja de Mahou.

    El mundo en el que vivimos este inicio del siglo XXI se mueve bajo nuestros pies de manera vertiginosa (y hasta terrorífica), de manera que hasta para los más sosegados y reflexivos resulta difícil no perder el norte de algún modo. En mi opinión, los herederos de la izquierda de mediados del siglo XX en Europa, habían perdido su norte hace tiempo y, como en la hermosa metáfora de Hesse en “Siddartha”, simplemente sentían como su ideario se iba deteniendo lentamente como el torno de un alfarero.

    En el fondo no creo que buena parte del ideario básico de la izquierda “histórica” haya dejado de ser vigente, sino que más bien es ahora más vigente que nunca. Sin que ello signifique, como dices, que esas ideas sean privativas de esos partidos herederos de las siglas de la lucha proletaria de hace cien años o más. La redistribución de la riqueza que trate de equilibrar las desigualdades sociales, el predominio de lo público sobre lo privado, o un control razonable sobre los mercados, es algo que muchos, de derechas y de izquierdas, desearían ahora que hubiera existido siquiera un poquito en los años pasados, porque quizá así habríamos amortiguado (de verdad) la previsible caída.

    La crísis de las ideas, en realidad, salta los límites de Europa. La ideología central en el mundo desde finales de los años 60, la del estado del bienestar, exportada con éxito desigual desde los opulentos Estados Unidos de la posguerra, es la que hizo saltar por los aires el clásico esquema de las ideologías políticas, cuando todos los partidos en todo el mundo colocaron como principal preocupación la macroeconomía y el ensanche de avenidas al mercado más libre que nunca y al consumo sin reflexión como base de la economía mundial. Aquella frase célebre de Reagan “El estado no es la solución, es el problema”, se la creyeron en el fondo todos. La diferencia es que, para hacerlo, unos, los herederos de las siglas izquierdistas, debieron desertar, mientras que los otros ni siquiera tuvieron que quitarse las zapatillas de felpa para salir de casa.

    El panorama futuro es probablemente no muy halagüeño, independientemente de la ideología que guíe la salida de este desaguisado. Por qué se llegó a él a nivel mundial, creo que está meridianamente claro, y también lo está que, en cambio, no parece que en la salida se vaya a pretender enmendar los errores que llevaron a la caída. Lo que está bastante claro es que es el fin de eso que los americanos llaman “Age of plenty”, que para ellos son los años 50 y parte de los 60, y para nosotros han sido los 90 y parte de la primera década del s. XXI.

    La preocupación mayor debería ser ahora que no se derrumben unas estructuras del estado que no puede arrogarse la izquierda porque son patrimonio de todos. Que la vapuleada administración haga valer su enorme capacidad reguladora y dinamizadora. Que la iniciativa privada se implique en lo social de manera que los beneficios no se queden en un simple apunte en un balance de cuentas. Que se rompa el ñoño circulo vicioso que enfrenta a lo privado y lo público, a los trabajos de cuello blanco y de cuello azul. Y sobre todo, que se comprenda, en este caso especialmente en España que sólo seremos capaces de mejorar si somos capaces de crear plusvalías. Es decir, que el modelo económico que nos lleve a las próximas cuatro o cinco décadas realmente esté basado en el conocimiento, en el análisis y en la integración y optimización de los esfuerzos.

    La mala noticia, es que cuando Zapatero dijo eso del nuevo modelo económico, le sonó como si hubiera dicho “Treguna Mecoides Tregorum Satis Die”, y lo que es peor, es que no se avista nadie en el horizonte con ideas más claras que las de el extinguido presidente.

    Me voy a cenar, seguiremos con esto.

    Saludos

    Luis

    • alexroa dijo:

      Muchas gracias por tu elaborado comentario, como no podía ser de otro modo

      Efectivamente, las ideas inaugurales de la izquierda histórica siguen siendo perfectamente válidas, lo mismo que el urinario de Duchamp sigue siendo una genialidad. Lo malo es la repetición acrítica de aquellas ideas, independientemente del contexto, sobre todo cuando se hace con la única intención de mantener una clientela fija. En un próximo post trataré sobre la “obsolescencia política”, algo que, a diferencia de la tecnológica, que no se puede ocultar, muy poca gente, profesionales o no de la política, está dispuesta a admitir de sí mismo.

      Un abrazo y espero seguir contando con tus siempre enriquecedoras aportaciones.

  3. Jose dijo:

    Hola, Alex. Lo de imaginar a Aznar nominándose a sí mismo facha también fue mi primera reacción cuando oí semejante barbaridad a nuestro adolescente cincuentón. Y como bien dices, nadie supo reaccionar ante ello (o yo no me enteré, que tampoco sigo todo lo que se publica o se emite, ni siquiera alcanzo a 0,01 %)
    Esa superioridad de la izquierda no la pueden disimular ni siquiera gente tan comedida y con sentido común como Muñoz Molina, con quien se podrá discrepar lo que se quiera, pero que claramente queda fuera del actualmente tan extendido rebaño pastueño. En su última novela se atreve a describir minuciosamente el asesinato del general Yagüe y posterior aquelarre durante las primeras jornadas de la guerra, para acto seguido afirmar que procesiones tan macabras eran frecuentes en el otro bando.
    Ante un hecho contrastado y horrible, no puede dejar de contraponer otros supuestos similares y más abundantes, por supuesto, en el lado oscuro. Ahora bien, desconozco ningún otro caso de pasear en una pica la cabeza de alguien recién asesinado.
    Saludos from Cueto.

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