Equidistancias y equidistantes


(Este artículo fue publicado inicialmente en la página web de UPyD-Madrid, dentro de la sección “La voz del afiliado”, en octubre de 2009)

Debido a mi formación de Ciencias tengo tendencia a valorar las cosas en función de magnitudes medibles, valga la redundancia. Aunque pensándolo bien, lo más probable es que fuera dicha tendencia la que me llevara a estudiar una carrera de Ciencias, pero sin desdeñar otras ramas del conocimiento humano. También en esta actividad política en la que me he embarcado, tan novedosa para mí como para la mayoría de los que trabajamos en y para UPyD, mantengo esa visión, digamos “científica”. De hecho una de las cosas que más me atrajo desde el punto de vista teórico de este nuevo partido fue la concepción del espacio ideológico tridimensional (ver al respecto el artículo de Carlos Martínez Gorriarán en “Política razonable”, Editorial Triacastela, Madrid, 2008), superando la limitadísima visión unidimensional de un único eje izquierda-derecha, la más extendida entre la mayoría de los votantes y de los creadores de opinión, que se las ven y se las desean para colocarnos en un lugar u otro del eje, dándose el caso de que para algunos UPyD es de extrema derecha y para otros de extrema izquierda. Pero yo hace tiempo que concluí que, si para describir algo tan sencillo como la posición de una partícula en el espacio hacen falta tres ejes coordenados, para algo tan complejo como la ideología política harían falta muchos más ejes. De todos modos con tres se entiende bastante bien, aunque esos ejes pueden referirse a distintos parámetros. Por ejemplo, se puede tomar como ejes la combinación más nacionalista-más universalista, más individualista-más colectivista, más autoritarismo-menos autoritarismo (o mayor liberalismo, si se quiere). Con dicho esquema o uno similar, tal y como se refleja en el artículo citado, dos ideologías de izquierdas y de derechas respectivamente, la socialdemocracia y el liberalismo, aparecen muy cercanas en el espacio tridimensional, al tiempo que aparecen muy alejadas de otros esquemas ideológicos de su misma familia, digamos el estalinismo y el fascismo. Sin embargo he observado que esta visión superadora del esquema lineal no tiene mucho éxito, ni siquiera entre mis compañeros de trabajo que tienen la misma formación científica que yo. Parece un reto imposible hacer que la mayoría de la gente supere el esquema unidimensional que normalmente adquirió en su adolescencia, junto con su propia ubicación en dicho esquema, de la cual, por algún motivo que se me escapa, suele sentirse muy orgullosa (“yo soy del PSOE de toda la vida” o “en mi familia somos todos del PP” son cosas muy habituales de oír). Es más, hay algunos, quizá muchos, que ni siquiera necesitan una dimensión, les basta con dos puntos (un punto tiene dimensión cero y dos puntos… también cero): en uno están los “buenos” y en el otro los “malos”, que pueden ser los “fachas” o los “rojos” o los “españolistas” o los “nacionalistas”. Puntos gordos, pero puntos.

Tampoco creo que haya tenido mucho éxito el concepto de transversalidad, pues he oído y leído tantas interpretaciones que a estas alturas ya no estoy muy seguro de lo que significa, o de lo que querían que significara sus promotores. Yo me quedo con la que dice que tomamos lo mejor de unas y otras ideologías, en línea con la concepción multidimensional del espacio ideológico, pero quizá es tan sólo una preferencia personal acorde con mi carácter. También podría quedarme con la que dice que, aunque en muchos asuntos los militantes de UPyD tenemos posturas diferentes (República o Monarquía, por decir algo), obviamos dichas diferencias para trabajar por unos objetivos concretos orientados a regenerar la Democracia española. Pero desde luego no comparto que la transversalidad implique “un debate y reajuste constante en los temas más polémicos”. Esto para mí, más que transversalidad, me sugiere un intento de guardar la equidistancia y de contentar al mayor número de votantes posible, lo que me lleva al tema principal de este artículo.

¿Es la equidistancia algo bueno, malo, deseable, indeseable? Pues, en principio, ni una cosa ni otra. Tan sólo es un concepto (en principio) geométrico. Dependerá de la cuestión que estemos tratando, lo mismo que el dicho aristotélico de que “la virtud está en el justo medio”. Pues depende, ya digo.

Veamos, por ejemplo, el caso del terrorismo etarra. Si un extremo consiste en practicarlo como herramienta para conseguir un objetivo político, o al menos tomarlo como un método legítimo de resolución de un supuesto “conflicto vasco”, y el otro consiste en considerarlo una aberración criminal propia de mentes delirantes (que es mi postura, aunque supongo que era evidente), la equidistancia constituye por si misma una abyección moral. Conocemos muy bien a los equidistantes en esta cuestión, y no me refiero a los dirigentes del PNV, que están muy cerca de uno de los extremos, lo bastante como para recoger las nueces del árbol que sacuden los asesinos. Me refiero a otros cuyo nombre no hace falta citar, pero que pueden ser políticos, obispos o artistas, como ese director de cine que hizo una película sobre el asesinato de dos guardias civiles en Capbreton y que en declaraciones a una revista dijo que “lo importante para resolver el conflicto es el diálogo; el etarra tiene que dialogar con el español del PP; el verdugo con la víctima”. Vomitivo. Dicen que es un gran creador cinematográfico, pero a pesar de mi afición al cine me parece que me voy a quedar sin ver ninguna de sus películas. Notemos, sin embargo, que en este caso del terrorismo etarra los equidistantes se han ido moviendo durante los últimos 25 ó 30 años. Recuerdo que a principios de los 80 en mi entorno madrileño “de izquierdas” solía haber cierto regocijo cuando ETA asesinaba a un militar o a un guardia civil. Luego, quizás tras la masacre de  Hipercor, se pasó a lo de “algo habrá hecho” y más tarde a la importancia del “diálogo”, donde algunos siguen instalados todavía. Así que fijándonos en lo que se han movido los equidistantes podemos deducir lo que hemos avanzando los que siempre hemos considerado a ETA una pandilla de criminales psicópatas a los que no hay que dar la más mínima esperanza de que van a conseguir sus objetivos. ¡Hay que ver lo que hemos avanzado sin movernos un milímetro de nuestro sitio!

Pongámonos ahora en otro caso, este sí polémico, el tema del aborto. Para mí es, con diferencia, el más peliagudo al que se puede enfrentar un legislador, pues en el tema de la eutanasia se puede contar con la opinión del interesado, que es único (estoy simplificando mucho, lo sé, tampoco es un asunto sencillo). ¿Cuáles serían las dos posturas extremas en este caso? Por un lado la de los extremistas provida que niegan la posibilidad de abortar en cualquier circunstancia, aún a riesgo de traer al mundo a una persona deforme, deficiente, o que no se pueda valer por sí misma, una persona que será desgraciada y que hará desgraciados a los que tengan que cuidar de ella. O incluso, en  casos extremos en los que no se activan las funciones cerebrales, a un ser vivo que estará más cerca de ser un vegetal, que puede que no sufra pero que sin duda hará sufrir a otros. Por otro lado está la postura de que la decisión de abortar sólo compete a la madre y que puede disponer de su cuerpo cómo y cuando quiera, como si un feto fuera sólo una parte de él en vez de una entidad con vida propia, y vida humana, claro, diga lo que diga la ministra de “igual-da”. Sin duda una posición correcta en el tema de la interrupción del embarazo tiene que provenir de un consenso social que busque minimizar los daños, que siempre los habrá. Así pues, en este caso la equidistancia entre ambas posturas extremas no me parece mala, siempre que no implique parálisis y que lleve a tomar una decisión concreta y a defenderla en adelante. Por ejemplo, optar por una ley de plazos. O por prohibir el aborto salvo en casos de malformación del feto y/o riesgo para la vida de la madre.

Así que, para mí, a pesar de mi querencia a la visión geométrica de la realidad, no hay modo de concluir si la equidistancia es buena o mala por sí misma. Cada caso, cada debate es diferente, aunque se pueden establecer algunas normas. Por ejemplo, que aunque todo el mundo pueda tener opinión y el derecho de expresarla, no todas las opiniones valen lo mismo. A mí de pequeñito me dijeron: “nunca discutas con un idiota; los demás podrían no notar la diferencia”. Intento seguir ese consejo a rajatabla, pero a veces no puedo evitar discutir con idiotas, que suelen tener la cualidad (que no don) de la persistencia. Y observo que, en efecto, hay gente que no ve la diferencia, y que intenta promediar o dar la razón a ambas partes. Y no digo que en ocasiones no sea yo el idiota en las discusiones, que sí que lo soy a veces (si lo sabré yo). Pero me preocupa que haya tanta, tantísima gente, que no alcance a formarse un criterio por sí misma y que dé por bueno promediar entre opiniones muy diferentes, sin fijarse en lo bien o mal fundadas que estén. O que en caso de conflicto no se decanten por alguno de los bandos, sin fijarse en quién lo empezó y en por qué lo empezó. Cuando era niño y había alguna pelea, estuviera o no involucrado yo en ella, detestaba la actitud equidistante de los adultos que decían “no hay que pelearse” o que regañaban a ambos niños por igual, independientemente de quien hubiera sido el ofensor y quien se hubiera defendido. Ambas actitudes me parecían igualmente injustas, tanto la de quien castigaba a ambos o la de quien perdonaba y daba buenos consejos a los dos. Ahora que soy adulto, más o menos, sigo detestando ambas actitudes, no por equidistantes, sino por injustas. Considero que lo importante es informarse bien y actuar con justicia en cada caso, y que la equidistancia por sí misma no es algo deseable. Sólo una posición en el espacio, sea éste geométrico o moral.

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4 respuestas a Equidistancias y equidistantes

  1. Delia dijo:

    Enhorabuena por tu blog, Alejandro. Me parece que soy un poco menos equidistante y más radical que tú, así que no nos aburriremos si tenemos ocasión de discutir 😉

    Lo que sí tengo claro es que es fácil opinar de cualquier cosa, pero no todas las opiniones tienen la misma autoridad para mí. Me encanta escuchar a la gente que sabe. Sigue escribiendo y disfruta.

    • alexroa dijo:

      Me parece, querida Delia, que no he sabido explicarme del todo bien. Yo no me considero equidistante, que ya digo que es algo que no tiene sentido para mí. Lo que tiene sentido es ser radical, es decir, ir a la raíz de los problemas y analizarlos detenida e independientemente. De hecho, y tal y como he comentado muchas veces con mis conmilitones, me hubiera gustado que UPyD se hubiera llamado Partido Radical, como el de Italia (que admite afiliados de cualquier país) en vez del nombre tan complicado que tiene y que la gente no se aprende y se queda con lo del “Partido de Rosa Díez”. Pero ya sabemos que la palabra “radical” tiene muy mala prensa en España, lo mismo que “república” y “federal”. Teniendo en cuenta lo que nos han dicho hasta ahora, que si estamos a la izquierda de la izquierda, que si somos de ultraderecha, etc. ya me imagino la idea que se harían muchos si nos llamáramos Partido Radical: una jauría humana ataviada con pasamontañas magenta quemando autobuses, cajeros automáticos y a Zapatero en efigie. Mejor no darles ideas.

  2. Alfonso dijo:

    Totalmente de acuerdo con la necesidad de mantener una autonomía absoluta de pensamiento para todas las cuestiones. Ahora bien, eso está en franca contradicción con la pertenencia a cualquier partido político. Para ser militante hace falta, consciente o inconscientemente, someterse a una operación previa de logotomía que resulte en una cierta hemiplejía cerebral.

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