Diez años de burbuja (2ª parte)


Continuando con la semblanza de José Luis Rodríguez Zapatero y de sus antecesores en el cargo, y descontando a Leopoldo Calvo Sotelo, que no fue elegido por los ciudadanos sino designado por la UCD para terminar la legislatura una vez dimitido Suárez, y que ni siquiera llegó a presentarse como cabeza de lista electoral, los otros cuatro presidentes han tenido en común el haber alcanzado el poder con una edad muy similar, un poco por encima de los 40 años, muy jóvenes para lo que es habitual en la mayor parte del mundo. Concretamente, Adolfo Suárez, nacido en septiembre de 1932, tenía 43 años cuando fue designado por el Rey como Presidente en junio de 1976 y 44 cuando ganó las primeras elecciones democráticas un año después. En cuanto a Felipe González, nacido en marzo de 1942, tenía 40 cuando llegó a presidente en octubre de 1982. José María Aznar, de febrero de 1953, tenía también 43 años cuando el triunfo electoral del PP en marzo de 1996. Por último, José Luis Rodríguez Zapatero, que nació en agosto de 1960, igualmente contaba con 43 años cuando llegó a Presidente tras las elecciones de marzo de 2004.

Así pues, los cuatro presidentes han llegado a serlo muy jóvenes, casualmente todos a los 43 años menos González, que sólo tenía 40 (lo que por cierto, me sugiere que ya se me ha pasado el momento para serlo, pues hace unos meses que cumplí los 44. Tendré que buscarme otra meta en la vida). Otras dos cosas que tienen en común los cuatro son el ser licenciados en Derecho y su desconocimiento del idioma inglés. Su origen geográfico también es más o menos similar, pues salvo en el caso de González, natural de Sevilla, el resto son castellanos: Suárez de Cebreros, en Ávila, Zapatero de Valladolid y Aznar de Madrid (que geográfica e históricamente forma parte de Castilla, por si a alguien se le ha olvidado). Es curioso que persista la idea de que Zapatero es de León y no de Valladolid, y Aznar de Valladolid en vez serlo de Madrid. Salvando las distancias, me recuerda ese chiste sobre lo bueno que debe de ser el servicio de relaciones públicas de Austria, que ha conseguido que todo el mundo piense que Hitler era alemán y Beethoven austríaco.

En cuanto a la trayectoria profesional y política de cada uno, veámosla resumidamente.

Adolfo Suárez, criado políticamente en el seno del régimen de Franco, ocupó gran variedad de cargos desde muy joven, incluido el de Director de Radio Televisión Española y el de Ministro Secretario General del Movimiento en el Gobierno de Arias Navarro. Su habilidad política, su suerte, o ambas cosas, se le acabaron en 1981, cuando tras haber vencido una enorme cantidad de obstáculos para pasar de una dictadura a una democracia en medio de una grave crisis económica, tuvo que dimitir a causa de las infinitas presiones que sobre él se ejercieron desde todas las direcciones posibles: la oposición política, los militares, los sindicatos, su propio partido y, al parecer, el propio Rey Juan Carlos. Aunque siguió intentando mantenerse en la brecha, no tardó mucho en cansarse del partido creado a su imagen y semejanza tras la debacle de la UCD, el “Centro de Suárez” (CDS). Actualmente lleva casi veinte años retirado de la política, pero no me cabe ninguna duda de que si no fuera por su triste enfermedad, sería objeto de un permanente homenaje, incluso por parte de aquellos que fueron sus más furibundos detractores.

Del siguiente de la lista, Felipe González Márquez, no se puede negar que ha sido todo un animal político de primera fila. Ejerció como abogado laboralista durante unos diez años hasta ser elegido diputado en 1977, y aunque no tuvo responsabilidades de gobierno de ningún tipo antes de ganar las elecciones de 1982, al tercer intento, su trayectoria como líder del PSOE desde 1974 y de la oposición al Gobierno de Suárez desde 1977 está llena de éxitos, entre ellos el órdago que echó y ganó a su propio partido en 1979, al hacerle renegar del marxismo. Su labor como presidente del Gobierno durante casi catorce años, el mandato más largo en toda la historia democrática de España, vista con la perspectiva suficiente, tiene muchas más luces que sombras, por muy negras que sean estas últimas: ingreso en Europa, extensión del Estado del Bienestar, crecimiento económico y presencia de España en el Mundo, simbolizada de modo elocuente en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Y no tengo duda de que la carismática personalidad de González tuvo su influencia en esta apertura a Europa y al Mundo.  Pero también de que fue responsable de que el PSOE gobernara al menos una legislatura más de lo que aconsejaba la salud nacional, el por tantos motivos olvidable trienio 1993-1996. Actualmente González, retirado desde hace 13 años, vive aparentemente feliz y satisfecho, y hasta de vez en cuando se permite dar consejos o criticar a sus sucesores. Privilegios de la jubilación.

Llegamos ahora a José María Aznar, que tras haber trabajado durante unos seis años como inspector de Finanzas del Estado fue elegido diputado por Ávila en 1982. Sin el carisma y don de gentes de sus antecesores y con no demasiada experiencia ocupando cargos públicos, apenas dos años como presidente de Castilla y León entre 1987 y 1989, fue designado por Manuel Fraga para sucederle al frente del refundado Partido Popular ese último año. Con la tenacidad como mayor virtud, consiguió deshacerse de la sombra de su patrón y, al tercer intento, ganar las Elecciones Generales de 1996. Su “amarga victoria” (158 escaños tan sólo) parecía presagiar un fracaso de su gobierno y la convocatoria de elecciones anticipadas, algo que los comentaristas políticos repetían entonces con machacona insistencia. Ayudado por un buen equipo, en el que siempre brilló con luz propia el Ministro de Economía Rodrigo Rato, y marcándose unos objetivos muy concretos, consiguió sanear la economía española y que nuestro país ingresara en la moneda única europea. Los éxitos económicos le llevaron a la mayoría absoluta del año 2000, la primera vez que se conseguía desde el doblete de González en 1982 y 1986. Luego empezaron las sombras de Irak y todo lo que vino después, hasta el cataclismo del 11-M, que tan profundas heridas ha dejado en España y en los españoles. Pero para entonces Aznar, por decisión propia, se había retirado tras dos mandatos como Presidente, y al igual que su predecesor vive su jubilación, en plena forma y sin complejos. No fue un Presidente brillante y su decisión de aliarse con George Bush Jr. en la malhadada Guerra de Irak le hizo merecedor de un repudio general bien merecido en mi opinión. Pero tomó decisiones y fue coherente con ellas, nos gustaran o no, que es lo que se espera de alguien en su situación.

Y con esto llegamos al actual inquilino de la Moncloa. Qué llegó a ella sin haber ocupado ningún cargo público previamente y sin haber trabajado más que tres años como ayudante de profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de León, hasta que fue elegido como diputado por la misma provincia con 26 años, siendo en ese momento el diputado más joven de España. Su ascenso a la Secretaría General del PSOE se produjo en las elecciones internas del año 2000, tras ganar de carambola al mucho más carismático, conocido y experto José Bono, que para entonces llevaba 17 años como presidente de Castilla-La Mancha. Cuatro años después, al primer intento, llegó Zapatero a Presidente del Gobierno de España en unas circunstancias terribles que, visto en perspectiva, hubieran debido aconsejar aplazar la fecha de las elecciones. Bueno, lo de visto en perspectiva es un decir, pues a mí en aquel momento me pareció que era lo apropiado, independientemente de la opinión de Pedro Almódovar, ese gran estadista que aseguró que el PP estuvo a punto de dar un golpe de Estado (ver aquí y también éste otro, para que no se diga que padezco de “escoritis”).

Se ha dicho de Zapatero que es maquiavélico, e incluso recientemente ha sido publicada una biografía suya con el título “El Maquiavelo de León”. Pero quien eso afirma debe de tener la idea de que “El Príncipe” de Maquiavelo es la segunda parte de “El Principito”, porque si lo hubiera leido sabría que es un tratado sobre los buenos gobernantes, inspirado en Fernando el Católico. Y si las cosas que dice Maquiavelo nos parecen crueles y malvadas hoy en día es porque las vemos desde el punto de vista de nuestra civilización, donde el asesinato político y otras costumbres de aquella época nos resultan una salvajada. Pero, haciendo las abstracciones pertinentes, la lectura de “El Príncipe” resulta de lo más aleccionadora. Uno de los consejos que da Maquiavelo es que, ya que inevitablemente el gobernante tendrá que causar el mal y el bien a sus gobernados, es mejor que el primero lo haga todo junto, al principio de su mandato y a ser posible por persona interpuesta, y el resto lo administre poco a poco, durante el resto de su mandato y en su propio nombre, para que de ese modo sea esto último lo que se recuerde. Justo lo que hizo González con las reconversiones industriales de principios de los 80, o Aznar con los ajustes económicos que impuso nada más ser elegido en 1996 y justo lo contrario de lo que ha hecho Zapatero, seis años de jugar a Papá Noel, y ahora que se le está acabando el tiempo, a recortar salarios, pensiones, obras públicas y lo que se tercie. Una actitud nada maquiavélica, como se ve. Claro que la teoría tampoco funciona con González y Aznar, puesto que el final del mandato del primero estuvo dominado por la corrupción y el descubrimiento de crímenes de Estado, y el de Aznar por su posicionamiento con Bush y Blair en la Guerra de Irak.

He de decir que yo no he votado en ninguna ocasión por ninguno de los cuatro presidentes. A Suárez no tuve oportunidad, pues aunque me resultaba un personaje fascinante al que hubiera votado sin dudar, aún me faltaban unos cuantos años para poder hacerlo. A González le hubiera votado en 1982, pero todavía me faltaban 15 meses para tener ese derecho, y en 1986, tras lo de la OTAN y descontento con el PSOE, me estrené como votante en unas Elecciones Generales votando a la recién nacida Izquierda Unida (ahora tengo otra opinión sobre lo del ingreso en la OTAN, pero entonces tenía 20 años). Durante las siguientes elecciones generales seguí votando a esta formación, más que nada porque la encabezaba Julio Anguita, un político que siempre me ha parecido de una gran integridad, a pesar de no gustarme la deriva de la coalición en muchos aspectos y su anquilosamiento en esquemas obsoletos. Tras la dimisión de Anguita en 1996 pero, especialmente, tras la adscripción de IU al infame Pacto de Estella el año siguiente, me pasé a la abstención y al desencanto. Ni siquiera me planteé votar en las elecciones del 2000 y del 2004, creo recordar. No fue hasta el 2008 cuando la aparición de UPyD, al que me había afiliado pocos meses antes, me llevó de nuevo a ejercer mi derecho al voto.

Como se ve, no soy muy representativo del votante medio español pues tengo el dudoso honor de haber perdido en todas las elecciones y referendos en los que he participado, incluso cuando he votado a alguno de los partidos mayoritarios, que también lo he hecho en algunas elecciones municipales o autonómicas. Pero en cambio sí que es muy representativa la persona más sensata y equilibrada que conozco, mi Señora Madre, que tras vivir los 40 años de la dictadura de Franco enteritos, en cuanto pudo votar lo hizo por Adolfo Suárez, que ganó las elecciones. En el 82 se pasó a votar a González y también ganó. Y en el 96 su voto, también premiado, fue para Aznar. Se puede decir que mi madre es una de esas personas indecisas que son las que deciden las elecciones. No es que sea apolítica, sino que no es sectaria, términos que habitualmente se confunden, y vota en función de lo que cree mejor. Pero eso sí, su racha de aciertos se truncó en el 2004, pues no votó por Zapatero, al que desde sus primeras apariciones públicas consideró un “mindundi” o un “sinsustancia”. En 2008, por cierto, su voto fue para Rosa Díez. Buen presagio.

Es posible que a la vista de la trayectoria de los cuatro presidentes se pueda establecer alguna tendencia, que a la vez iría en paralelo con la trayectoria de España como nación durante los últimos 35 años. Descontando a Suárez, que se formó por completo dentro del régimen de Franco, los siguientes tres presidentes han llegado a diputados cada vez más jóvenes, tras una etapa laboral fuera de la política progresivamente más corta. Sólo Aznar ocupó un cargo público, muy brevemente, antes de ganar las elecciones de 1996, pero tanto él como González necesitaron tres intentos para llegar a la Moncloa, tras haber refundado o revolucionado sus propios partidos, dejándose muchos pelos en la gatera. Zapatero se encontró todo el trabajo hecho en el partido y se aprovechó del vacío creado tras los fracasos de Borrell y Almunia, y posteriormente ganó las elecciones al primer intento. Parecía entonces que estaba tocado por una varita mágica.

Bien es verdad que la España que se encontró Zapatero era en sí misma una burbuja, destinada a pinchar o a desinflarse en pocos años. Una burbuja dentro de un mar de ellas, las naciones occidentales, ese declinante Paraíso del Estado del Bienestar. Pero precisamente porque ese proceso era inevitable, hubiera sido necesario un auténtico líder que encarara los problemas cuando empezaban a ser innegables, allá por el año 2007, y no un pseudolíder volátil e insustancial que lo único que ha hecho ha sido insuflar más aire a la burbuja.

Ahora, pasados diez años desde su elección como Secretario General, la burbuja que era José Luis Rodríguez Zapatero ha estallado a la vista de todos. Podría dimitir y dejar gestionar a algún otro compañero de partido el desastre, pero parece que está optando por agotar el mandato, al menos mientras se lo permita CiU, que puede optar por tumbar los Presupuestos del año que viene y forzar las elecciones anticipadas. El espectáculo ya no puede ser más triste. El último episodio ha sido la grotesca rectificación sobre la orden de impedir endeudarse a los Ayuntamientos, que a su vez era disparatada y que ha dejado a la Ministra de Economía a los pies de los caballos. Hoy mismo se ha aprobado en el Parlamento con sólo los votos del PSOE y con la mínima diferencia, 169 a 168, el llamado “tijeretazo” a las cuentas públicas. Lo próximo puede ser la reforma laboral forzada y a destiempo, con amenaza de huelga general incluida. Van a ser dos años muy largos para todos.

Y no estoy diciendo que unas elecciones generales, anticipadas o no, vayan a ser la solución de los problemas, las gane quien las gane. Los problemas de España son profundos y estructurales, arrastrados durante décadas. Ni el PP ni el PSOE han sabido o querido arreglarlos cuando han tenido la oportunidad y ahora va a ser muy difícil que ninguno de los dos partidos mayoritarios tenga la credibilidad suficiente para siquiera afrontarlos.

Es posible que en un futuro más o menos lejano podamos emplear las lecciones aprendidas durante estos años, pero me temo que en las próximas elecciones, previstas para la primavera del 2012, el panorama no cambie demasiado. Es decir, que vuelva a ganar y a gobernar, una vez más en minoría, uno de los dos partidos que nos han gobernado durante las últimas tres décadas. Aventurando un poco, y a manera de juego, podríamos elaborar el perfil de la próxima persona que ocupe el cargo de Presidente del Gobierno. Teniendo en cuenta la alternancia que ya es casi una regla, tendría que ser alguien del PP. Además tendría que tener entre 40 y 43 años dentro de dos, ser licenciado en Derecho, originario de algún lugar de Castilla, haber ejercido alguna profesión durante un breve tiempo antes de ser elegido diputado, no haber desempeñado ningún cargo público y no haber sido nunca antes cabeza de lista de su partido. Además, para estar acorde con los tiempos, ya tocaría que fuera una mujer, no vaya a ser España la última nación del Mundo democrático en ser gobernada por una fémina. Si miramos la trayectoria de la actual portavoz parlamentaria del PP, Soraya Sáez de Santamaría, nacida en Valladolid en 1970, veremos que encaja bastante bien en el retrato. Claro que ya he dicho que esto es sólo un juego. Además es posible que sepa hablar inglés y que no pasara el examen. De ignorarlo, quiero decir.

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6 respuestas a Diez años de burbuja (2ª parte)

  1. Francisco Salamanca Jr. dijo:

    Mira tú por dónde, estoy de acuerdo contigo en una cosa. Para ser un político, de los de verdad, hace falta un cierto grado de hijoputez, por lo que dices de El Príncipe. Es por esta razón que no hay quien no tiene tan claro eso de entrar en política, por muy buenas ideas que tenga.

    • alexroa dijo:

      Como no dudo de que tu también has leído “El Príncipe”, creo que estarás de acuerdo en que el uso que se da habitualmente a la palabra maquiavélico es de lo más erróneo. Algo así como “retorcido” o “liante”. Cuando los ejemplos y recetas que da Maquiavelo en su libro son de lo más directo. Hijoputez, si quieres, pero bien fundamentada.

  2. Francisco Salamanca Jr. dijo:

    Mon Dieu, vaya gazapo que acabo de encontrar al leerme. Quise decir, que “es por esta razón que hay quien no tiene tan claro eso de entrar en política”. Ese “no” hacía la frase completamente incomprensible. Y lo decía por mí, por cierto.
    Ya me cuesta corregir mis texto (mi teclado no tiene ni “eñes” ni acentos: los franceses son así, qué se le va a hacer!), que ahora, además, voy a tener que cuidar la sintaxis. Lo siento, tendré más cuidado.

    • alexroa dijo:

      No te preocupes, que te había entendido perfectamente. Y no tenía ninguna duda de que hablabas de tí (¿Es que hay otros temas?). Aún así, creo que no deberías privarte de la experiencia de la actividad política, para la que siempre he creido que estabas muy bien dotado (ejem)

  3. Francisco Salamanca Jr. dijo:

    La política no es para filántropos, chavalito. Conozco mis limitaciones …y no quiero que me acabes poniendo banderillas. De momento, me parece más cómodo ver los toros desde el tendido, y despotricar sobre la faena que está haciendo el novillero.

  4. José Luis Zamarriego Guñalóns dijo:

    Brillante artículo.

    Fdo.: Un compañero del metal.

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