“Embajadas” de Cataluña, del País Vasco y de lo que se tercie (Recortes, nº 2)


En la primera entrega de este serial tratábamos sobre el ahorro que supondría eliminar una institución manifiestamente inútil, el Senado, y ya vimos que no era una cantidad muy importante. Claro que algo así requiere una reforma constitucional, lo que a su vez implica que el propio Senado vote a favor de su desaparición por una mayoría de tres quintos y que haga lo mismo el Congreso, o al menos por mayoría absoluta si el Congreso la aprueba por dos tercios (que es algo más de tres quintos) y que luego el pueblo soberano lo ratifique en referéndum, pero sólo si lo solicita una décima parte de los miembros de alguna de las dos Cámaras. Eso dice el artículo 167 de la C.E., vecino del 168 que prevé un procedimiento más complejo y seguramente más garantista para reformas constitucionales que afecten al Título preliminar, al Título II (“de la Corona”) y a la sección primera del capítulo I del Título I (“de los derechos fundamentales y de las libertades públicas”). De las Cortes Generales se habla en el Título III, así que se podría aplicar el procedimiento abreviado del artículo 167, y aunque parece que podría haber un escollo importante en el hecho de que el propio Senado tenga que votar por su eliminación al menos por mayoría absoluta, realmente no creo que hubiera mucho problema teniendo en cuenta que los senadores han sido colocados ahí por las direcciones de sus partidos y bastaría con amenazarles con que si se ponen tontos ya no van a ser nunca más no ya senadores, ni siquiera concejales en la pedanía más alejada del municipio más apartado de la provincia por la que han sido designados, esa en la que la mayoría de sus ciudadanos desconoce hasta el nombre de Sus Señorías, y no digamos ya Su Actividad.

Doy por hecho que eso que a mí me parece tan clarito leyendo la Constitución seguro que es posible complicarlo hasta el infinito a base de acumular dictámenes del Consejo de Estado, reuniones mixtas Congreso-Senado y estudios de Expertos en Eliminación de Instituciones Superfluas y Control de Plagas. Todo eso antes de llegar al Tribunal Constitucional (“¡El horror! ¡El horror!” como decía el Coronel Kurtz en “Apocalypse Now”) que tendría que encontrar un hueco entre la decimotercera y la decimocuarta ponencia sobre el “Estatut” para emitir su docta opinión sobre la materia. Pero oye, para eso tiene uno un blog, para elucubrar sobre lo que se le antoje por muy improbable o fantástico que pueda parecer. Igual podría hacerme taxista y, según la inveterada costumbre del gremio, obsequiar a mis pasajeros con mi interesantísima visión del mundo fruto de miles de horas escuchando tertulias radiofónicas, aprovechando que los pobres no tienen escapatoria (eso sí que es un “público cautivo”), pero además de que se me da mejor la comunicación escrita que la hablada y de que me resulta muy estresante conducir por ciudad, prefiero que mis lectores lo sean voluntariamente (sí, sí, eso que habéis oído de que por aquí se regalan jamones a los lectores más fieles es un rumor infundado y maledicente).

Pero a lo que iba … ¿a dónde iba, por cierto…? ¡Ah, sí! Disertaba sobre el problema que puede suponer a la hora de meter la tijera el tener que reformar la sacrosanta Constitución Española. Pero sin duda eso no es ningún obstáculo por lo que respecta al capítulo de hoy, ese dispendio que hasta que el Senado le apeó del puesto ocupaba la cima de mi “top ten” particular de derroches ofensivos para el ciudadano español, esos organismos llamados delegaciones y oficinas de las C.C.A.A. en el exterior, conocidos popularmente como “embajadas”, de las que la Generalitat de Cataluña ya tiene cuatro (en Alemania, Reino Unido, E.E.U.U. y Francia) y tiene previstas otras dos (Argentina y México), mientras que el Gobierno vasco disponía el año 2009 de ocho operativas (Bruselas, Chile, México, Argentina, Venezuela, E.E.U.U., Francia y ¡Madrid!) y otras tres en proyecto (Reino Unido, Alemania y Canadá)

Para explicar el sinsentido de las llamadas “embajadas” autonómicas, nada mejor que citar el siguiente texto de la publicación de la Fundación Progreso y Democracia, “El coste del Estado Autonómico”, p. 50:

Este es uno de esos casos donde más que reformar la Constitución habría que comenzar a aplicarla, pues a estas alturas nadie diría que el art. 149.1.3ª realmente establece como competencia exclusiva del Estado “las relaciones internacionales”. Por el contrario, en la práctica se ha producido una interpretación algo o muy abusiva de una sentencia del Tribunal Constitucional de 1994 que resolvió, a favor del Ejecutivo vasco, un conflicto de competencias planteado por el Gobierno central contra la apertura de una sede en Bruselas. El Tribunal Constitucional fundamentaba entonces su resolución en que la oficina en cuestión no vulneraba la reserva que, como competencia exclusiva en favor del Estado, atribuye la Constitución española a las relaciones internacionales, dado que la intención del País Vasco no era ejercer un poder político en el exterior, y justificaba su presencia en la capital europea porque allí se debatían cuestiones que afectaban directamente a sus intereses.”

Pero aquella “embajada” del País Vasco en Bruselas se ha convertido diez años después en las ocho mencionadas antes, mientras que Cataluña se ha subido al carro con las cuatro ya activas y dos en proyecto. ¿Pero, son Cataluña y el País Vasco las únicas C.C.A.A. con “embajadas” en el extranjero? Pues según el inefable José Montilla, en respuesta a las críticas recibidas por esa cuestión, la Comunidad andaluza, entre otras, dispone igualmente de oficinas asimilables a “embajadas”, algo que ha sido categóricamente negado por el ex-Presidente de dicha comunidad y actual Vicepresidente de algo, el incombustible Manuel Chaves. Quizá no se entendieron bien entre ellos por culpa de la traducción simultánea, pero lo cierto es que todas las C.C.A.A. tienen oficinas en el extranjero, casi 200 en total, de las que unas 70 son catalanas, y como mínimo una en Bruselas por cada comunidad autónoma a raíz de la sentencia del T.C.  de 1994.  Esas oficinas están, sobre el papel, orientadas a la promoción de las empresas de esas comunidades, y aunque es posible que más de una y más de dos se dediquen a intereses espurios, tan sólo la Generalitat catalana ha dotado a algunas de la 70 que posee de un estátus superior, pues dependen de la Vicepresidencia y son inauguradas con toda pompa y boato por el inenarrable Vicepresidente de la Generalitat, Josep Lluís Carod-Rovira, quien nombró a su hermanísimo Apel-les como Delegado de la Generalitat en Francia. El resto de Delegados de la Generalitat, en Nueva York, Londres y Berlín, responde igualmente al perfil independentista de los Carod, por lo que la voluntad implícita en la apertura de estas delegaciones catalanas queda meridianamente clara: son una avanzadilla del futuro Estado catalán independiente.

Por supuesto, lo mismo ocurre u ocurría con las delegaciones del Gobierno vasco, aunque frente al permanente show del trío Carod-Montilla-Carod (con aportaciones puntuales de otro hermanísimo, Ernest Maragall) hayan pasando un tanto desapercibidas. Además, el nuevo gobierno de Patxi López ha anunciado que cerrará varias de esas delegaciones y que no continuará con las que estaban previstas, corrigiendo el plan del ejecutivo anterior de Ibarretxe de abrir una nueva cada año. En cualquier caso, las “embajadas” de ambas comunidades obedecen sin duda a parte del plan para ir independizándose, así sea de facto, del malvado y opresor Estado español, o del “Estado” a secas como suelen decir al menos en el País Vasco con absurdo eufemismo, aunque no tan absurdo como decir “la Península”, que también se oye mucho, pues lo que está bien claro es que existe la posibilidad legal, y quizá algún día lo vean nuestros ojos, de que Cataluña y el País Vasco lleguen a tener un Estado propio y se segreguen por tanto del Estado español, pero lo que no va a ocurrir, salvo movimiento orogénico de importancia, que no parece inminente, es que el territorio de ambas comunidades se separe del de “la Península”.

Y para acabar, vamos al asunto de los dineros. ¿Cuánto cuestan estas “embajadas” catalanas y vascas en los países extranjeros, que ya no vale aquello de que son todos menos España, pues ya hemos visto que existe una “embajada” del País Vasco en Madrid? Pues según los presupuestos de la Generalitat, la partida asignada el año 2009 fue de 25,9 millones de €, mientras que los del Gobierno vasco para el 2008 dedicaban a este apartado 14,1 millones, si bien el ejecutivo de Patxi López anunció en 2009 que recortará un 37% este año y que se cerrarán varias delegaciones, como dijimos más arriba, lo cual es una buena muestra de las buenas intenciones del nuevo Lehendakari, en esa como en otras cuestiones. El presupuesto de Acción Exterior en ambos casos, y en el de todas las C.C.A.A., es muy superior, en el caso de Cataluña de más de 200 millones, que también se podría y se debería reducir, me parece a mí y no sólo a mí. Pero quedándonos sólo con las llamadas “embajadas” catalanas y vascas, la supresión del presupuesto asignado supondría un total de 40 millones de € equivalentes a 0,04 mpib (milésimas partes del P.I.B. español, unidad de medida establecida en el primer artículo de esta serie). De nuevo, como en el caso del Senado, no es un ahorro económicamente muy importante para las arcas del Estado (español, del que la Generalitat de Cataluña es una parte, aunque algunos no lo tengan muy claro), pero como dicen en el anuncio de una muy conocida tarjeta de crédito, dejar de soportar el ridículo que supone para España la inauguración por parte de ese indescriptible sujeto llamado, aquí y en China, Josep Lluís Carod-Rovira de “embajadas” catalanas en el exterior es algo que no tiene precio.

Y la próxima semana…¿hablaremos del Gobierno? Pues aunque por ese lado también es posible recortar, sobre todo algún que otro ministerio inútil y alguna vicepresidencia florero (y no me refiero a las que ostentan las dos féminas vicepresidentas, que mal que bien hacen su trabajo, sino a la tercera y última vicepresidencia, que también hay hombres florero), creo que lo dejaré para más adelante. ¿De la Casa Real? No será por falta de ganas, pero lo que a mi me gustaría requeriría una reforma constitucional de las gordas. Aunque a lo mejor bastaría con añadir dos palabras al final del artículo 1.3 de la C.E.: “La forma política del Estado español es la monarquía parlamentaria”. Esas dos palabras serían: “De momento”. Pero ya me imagino que la cosa es algo más compleja, que el constitucionalismo es una cosa muy seria y de mucha enjundia y lleva un ritmo que convierte el de los plegamientos orográficos en una danza espasmódica . Otra de mis opciones favoritas es la fantasmagórica administración provincial, esa gran desconocida, aunque ahí también habría que meterle mano a la Santísima Constitución, concretamente al artículo 141.  Así que como hay prisa en meter la tijera y no podemos andarnos con reformas constitucionales que tardarían muchos años, elegiré entre alguno de los siguientes temas que no implican más que la voluntad decidida de hacerles frente por parte de las distintas administraciones : los asesores y contratas externas que proliferan como champiñones, las empresas públicas que lo hacen como … esto … también como champiñones (es que estoy un poco obtuso y no se me ocurren más símiles), los observatorios (de la Mujer, de los Precios de los Alimentos, del Mercado de Trabajo, de sí mismos…) que se extienden como … hum … ejem … ¡la marea negra del Golfo de México! (¡uf!, casi no lo consigo). O mejor, quizá trataré sobre el surrealista asunto de las subvenciones a la minería del carbón, que tiene mucha tela.

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Una respuesta a “Embajadas” de Cataluña, del País Vasco y de lo que se tercie (Recortes, nº 2)

  1. Jose dijo:

    Cuando has mencionado los observatorios, me ha venido a la cabeza otro tipo de dependencia-florero: los centros de interpretación (creo que se llaman así, si no me he despistado). Reconozco que en un principio tuvieron su porqué, pues aparecían en zonas turísticas muy visitadas y aportaban mayor información a quien interesado estuviera en conocerla. Pero ahora prácticamente no hay rincón que no disponga de uno. El último que me llamó la atención recién se inauguró en El Puente de Sanabria. Todos cortados con el mismo patrón: minicircuito por varias salas con filminas, fotos y paneles de la zona, vitrinas con muestras de la artesanía local, un par de monitores interactivos y una sala de proyecciones donde cada hora se visiona algún video explicativo. Todo muy cool y sostenible; pero cuando los visito no dejo de pensar en el coste del mantenimiento de las instalaciones y en los sueldos de los dos, tres o seis funcionarios allí colocados, y en las dependencias semi-vacías durante un porcentaje muy alto de días. Y me acuerdo entonces de la alternativa de situar paneles informativos (como en las médulas de León) con material resistente a la intemperie, sin alterar el paisaje, y de mantenimiento mínimo, que consiguen el mismo objetivo que el centro de interpretación: informar a quien le interese del clima, historia o características físicas de la zona que visita. Pero con éstos, difícil tienes enchufar a tu sobrina recién licenciada en geografía e historia.

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