Siniestros


Poco o nada han influido en mi vida la iglesia católica y sus representantes, curas, monjas, obispos y demás. Aunque en mis primeros años de colegio, todavía con Franco más o menos vivo, teníamos un crucifijo en cada aula, no se le hacía mucho caso a esas cosas. Mi centro de estudios, donde cursé los trece años que van desde el parvulario hasta el C.O.U., era más bien progresista y laico, y hasta los profesores de religión, que no sé en calidad de qué ejercían porque nadie se molestaba en explicarnos esas cosas pero curas de paisano seguro que no eran, nos hablaban de cuestiones éticas como las drogas, la familia, la delincuencia y todo eso. Y en las clases de ética a las que me cambié en cuanto pude, curiosamente, se impartía filosofía. Tampoco tuve presiones religiosas en casa, pues aunque fui bautizado como todo el mundo y también como todo el mundo hice la primera y, en mi caso, casi última comunión, no teníamos costumbre de ir a misa ni de celebrar las fiestas de la manera preceptiva. Vamos, que si había que comerse un filete de ternera en viernes de cuaresma, se comía. Mi relación con la iglesia católica ha sido más bien neutra, aunque como me incomodaba un poco figurar en sus hinchados listados, y dado que lo permite la Ley (la Orgánica 15/1999 de Protección de Datos de Carácter Personal, concretamente, que establece un buen montón de obligaciones a las asociaciones privadas, como es el caso que nos ocupa), hace ya algunos años hice que me borraran de sus archivos. Pero sin “acritú”, como decía FG, y cada uno a lo suyo, ellos a sus cosas celestiales y yo a las mías terrenales. A lo más que llego es a no usar mayúsculas para escribir el nombre de su asociación, que no sé si es correcto o no, pero es lo que me sale. Eso sí, disfruto mucho con el arte y la música religiosos y hasta aprovecho un ejemplar de su riquísima iconografía para adornar la cabecera de mi blog a modo de santo patrón. Ya digo que tenemos una relación sana. Hasta pongo el belén en navidades, un precioso belén heredado de mi padre con la parafernalia completa.

Por el contrario, en mis años de formación la influencia que recibí de mi entorno fue casi exclusivamente “de izquierda”, laica y (entonces) progresista. El inicio de la década de los ochenta coincidió con el primer año de mi bachillerato, el llamado B.U.P. entonces, mientras que el final lo hizo con el último de mi licenciatura universitaria, así que ese decenio encaja en mi caso de pleno con los años en los que uno se forma intelectual e ideológicamente. ¿Y cómo no “ser de izquierdas” durante aquella época prodigiosa en la que España dio un salto espectacular desde el subdesarrollo hasta la integración en igualdad con Europa, con el hito del ingreso en las Comunidades Europeas exactamente en el instante central de la década (puesto que empezó el 1 de enero de 1981, no de 1980 que es de la década anterior, y acabó el 31 de diciembre de 1990, las 00 horas del 1 de enero de 1986, momento en el que oficialmente se produjo el ingreso, son exactamente ese momento que digo). La izquierda (dejo de usar las comillas en adelante, que creo que ya está claro el mensaje) era entonces el progreso, la seguridad social para todos, Europa, el futuro y, muy importante para cualquier persona de mi edad, lo lúdico. Festivales musicales, manifestaciones anti-OTAN o anti lo que fuera, cine y teatro, revistas, cómics, todo servía para expresar esa visión de la vida imperante entonces. En lo político y tras el hundimiento del experimento centrista de Suárez y compañía tras cumplir su misión, ¿cómo no votar al joven y dinámico PSOE de Felipe González y sus compañeros de chaqueta de pana si la alternativa era la rancia AP del rancio Manuel Fraga? Y si a uno se le quedaba corto el PSOE, como era mi caso, tenía otras opciones más a la izquierda a las que votar sin tener que avergonzarse. En las elecciones generales desde 1982 a 1989 la suma de los votos de los partidos de izquierda, incluyendo a los nacionalistas, solía estar entre el 55 y el 60% de los votos, mientras que la derecha, contando también nacionalistas, apenas llegaba al 35% o 40%. El resto entre el 5% y el 10% se lo llevaba el centro, UCD al principio y CDS después, hasta que se retiró Suárez y este último partido también se hundió, aunque sigue existiendo. Pero los valores numéricos no reflejan realmente el dominio sobre las conciencias que ejercían entonces las ideologías de izquierdas, un prestigio ganado en Occidente gracias a haber abanderado o haberse adherido a las luchas por la ampliación de derechos civiles, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y cualquier otra causa (entonces) progresista, y cuando aún no era evidente para todo el mundo la miseria en todos los aspectos en que el comunismo, ideología de bandera de la izquierda, había sumido a media Europa y parte del resto del Mundo.

Pero a pesar de estar envuelto en ese ambiente izquierdista y de votar por los partidos correspondientes, habitualmente IU, en alguna ocasión a alguna de las siglas asociadas a los verdes, me resistía, aunque quizá no siempre con la suficiente energía, a autoasignarme etiqueta alguna, fuera comunista, socialista o ecologista. Alguna vez que flaqueé use para mí mismo la de anarquista, un tanto inconsistente, puesto que votaba en las elecciones del “estado burgués”, aunque para vacilar un poco y dármelas de intelectual prefería definirme como librepensador. Tonterías de veinteañeros, en las que hace ya tiempo que no he vuelto a caer. Aunque bien pensado, y en la línea de aquella frase de Mafalda de “ser uno más del montón de los que no quieren ser uno más del montón”, el definirse como alguien que no se autoetiqueta no deja ser una etiqueta más.

Pero dejemos estas disquisiciones aparentemente profundas pero que no son más que un juego frívolo y paradójico, una especie de perspectiva en abismo, que es la de los espejos que se reflejan infinitamente el uno en el otro y viceversa, o la del lector que lee un libro en el que se encuentra a sí mismo leyendo un libro etc. Frivolidades y paradojas como la de la frase “hay dos clases de personas, las que dividen a los demás en dos clases y las que no lo hacen, y yo soy de la segunda”. Porque lo cierto es que sí que hay algo concreto aunque sea intangible en lo que llamamos la izquierda, al menos la que yo conozco, que es la española, y que la separa y distingue de la derecha, también española, y es la relación con la religión y más concretamente con la iglesia católica, exclusivamente con ella, no con la protestante ni con el islam o con cualquier otra.

¿Exagero al simplificar de ese modo? ¿Es que no hay otras características diferenciadoras de las dos Españas? ¿No ha luchado una más que la otra por el progreso y por la justicia social? ¿No ha sido la otra más que la una beligerante en la defensa del libre mercado y la iniciativa privada frente al intervencionismo? ¿Ha defendido una más que la otra los intereses de los trabajadores o la otra más que la una los de los empresarios? ¿De la unidad de España como nación, quién ha sido el mayor adalid? ¿Y cuál de las dos corrientes ha hecho más por la limpieza democrática, el respeto a las reglas y la persecución de las irregularidades y abusos de los gobernantes? Pues me parece a mí que si repasamos los últimos dos siglos de la historia de España, que es cuando de un modo amplio los conceptos de izquierda y derecha pueden sernos aplicados, no encontraríamos una constancia de ninguno de esos rasgos en ninguna de las dos corrientes. Como decía, sólo hay un rasgo diferenciador constante, la relación de ambas con la iglesia católica, algo fácilmente constatable observando el momento cumbre del conflicto entre ellas, la Guerra Civil del 36. En ambos bandos hubo militares fusilados por ser considerados traidores, intelectuales perseguidos, maestros represaliados, y lo mismo para cualquier otra profesión. Pero sólo en uno de los bandos los curas, monjes, frailes y obispos fueron perseguidos, expoliados y asesinados masivamente, mientras que en el otro no sólo fueron muy bien tratados sino que se hicieron con tal número de prebendas que al finalizar la guerra y comenzar el nuevo régimen dictatorial tenían más poder del que habían tenido en un siglo, poder del que aún continúan manteniendo muchos restos, demasiados en mi opinión.

Y ese anticlericalismo, dirigido casi en exclusiva contra la iglesia católica y extrañamente no contra la musulmana, actualmente mucho más retrógrada y liberticida, ha permanecido durante todo el periodo democrático como una insana obsesión para muchos izquierdistas. Una obsesión que, paradójicamente, les lleva a imitarla en su comportamiento, liturgia incluida. La sedicente izquierda se considera a sí misma como depositaria de los valores morales, pero no de algunos sino de todos ellos, un sistema moral completo equiparable al de su gran rival, y amenaza a quienes no comparten sus valores con las penas, no del infierno, pero sí de la exclusión social y el “cordón sanitario”. Esto siempre ha sido así, pero se notaba menos en los lúdicos años ochenta, cuando sus dogmas resultaban incuestionables y ciertamente muchos ni nos los cuestionábamos. Pero el tiempo pasa, la realidad erosiona los ideales y al tiempo los dogmas se petrifican. Quienes antaño eran creadores, vanguardistas, progresistas, son ahora reaccionarios, intransigentes y dogmáticos. Pero en realidad no han cambiado, pues siempre han tenido como fondo ese sustrato moralista que comparten con su detestada iglesia católica que les hace creerse depositarios de la verdad moral, la única digna de tal nombre. Recientemente hemos podido verlos en acción en el acto homenaje al juez Garzón, utilizado como excusa para un antifranquismo extemporáneo, sobrevenido en algunos casos, vestidos de riguroso luto y pertrechados de gafas de sol a pesar de encontrarse bajo techo, dando una imagen que quizá pretendía ser de rigor y autoridad moral pero que a mí me resultó siniestra, y no en el sentido de “izquierda”.

Analicemos ahora su intervención más reciente, un vídeo titulado “cultura contra la impunidad” en el que quince actores, cantantes, directores y escritores prestan su voz a otros tantos represaliados por el franquismo:

Sucesivamente intervienen Pedro Almodóvar, director de cine de fama mundial; Maribel Verdú, actriz de primera fila, toda una veterana a pesar de su relativa juventud; Hugo Silva, joven actor de gran éxito en la televisión, en proceso de convertirse en estrella de la gran pantalla; María Galiana, actriz tardía, muy conocida por su papel en la serie más exitosa de la Televisión Española de la última década; Juan Diego Botto, otro joven pero veterano actor, que no es hijo de Juan Diego; Almudena grandes, novelista y articulista habitual en el diario de mayor tirada nacional; José Manuel Seda, actor de series televisivas, no tan conocido como los anteriores; Pilar Bardem, actriz con muchas tablas, hermana de director de cine y madre de actores, entre ellos Javier Bardem; Juan José Millás, novelista y articulista en el mismo diario que Almudena Grandes y habitual en una cadena de radio del mismo grupo que el diario mencionado; Carmen Machi, actriz de gran éxito en dos series de televisión, la segunda “spin off” de la primera, y actualmente muy dedicada al teatro; Miguel Ríos, viejo rockero que lleva sobre los escenarios tanto tiempo como los Rolling Stones; Juan Diego, actor tan veterano como Miguel Ríos, que no es padre de Juan Diego Botto; Paco León, actor de teatro y televisión más conocido como “El Luisma”, el único directamente involucrado en la historia que cuenta por ser bisnieto de aquel represaliado al que pone voz; Aitana Sánchez-Gijón, actriz con una carrera similar a la de Maribel Verdú; Javier Bardem, nuestro actor más internacional con permiso de Antonio Banderas, que es hijo de Pilar Bardem. Todas las intervenciones tienen idéntica estructura y casi idéntica duración, unos 35 a 40 segundos. Todas comienzan diciendo “me llamo tal y tal”, cuentan a continuación una breve historia y todas acaban con ligeras variantes de “no tuve juicio, ni abogado, ni sentencia. Mi familia sigue buscándome o esperando justicia. ¿Hasta cuando?” Suenan los disparos de un pelotón de fusilamiento, fundido en negro y entrada de la siguiente intervención. Todos ellos miran de frente a la cámara con absoluta seriedad, en primer plano sobre un fondo negro y vacío. Todos visten de negro riguroso y sin adorno alguno. Ellas ni siquiera llevan pendientes, salvo Pilar Bardem, unos muy discretos, y Almudena Grandes, aunque no destacan a primera vista entre su pelo suelto.

¿A qué nos recuerda esa escenografía? A mí, sin duda alguna, a la de la iglesia católica, a los curas y monjas que tanto dicen detestar, igualmente solemnes, igualmente vestidos de negro y sin adornos. Recitan una especie de monótona salmodia y nos miran fijamente, quizá intentando que nos sintamos culpables de algo. Para ellos no hay duda de dónde está el Bien y dónde el Mal, pues todos las historias que cuentan, no sólo en este vídeo, tienen siempre los mismos malvados y los mismos inocentes. Alimentan el mito de la Segunda República, ese Paraíso Terrenal destruido por el Mal combinado de curas y espadones, un mito creciente según pasa el tiempo, inmune a los estudios históricos que nos revelan que aquel Paraíso nunca fue tal y que sus supuestos defensores tampoco lo eran. Un mito en el que creen firmemente y al que ha ayudado mucho a consolidarse un mitómano y adánico Presidente del Gobierno que cree que puede reescribir la Historia y ganar la Guerra Civil setenta años después.

¿Y por qué se ha producido semejante evolución en esas personas? ¿Qué lleva al cineasta lúdico y repleto de sentido del humor que fue Pedro Almodóvar en los años ochenta a querer convertirse en un Pope de la progresía, formando pareja de hecho con la Madre Superiora Pilar Bardem? ¿Es que su colosal ego no tiene bastante con la infinidad de premios que recibe por todo el mundo y con la pleitesía que se le dispensa en su país a pesar de su soberbia? O hablando de otro director de cine que no aparece en este vídeo pero que es habitual en estos saraos, ¿qué ha llevado a José Luis Cuerda, director hace algo más de veinte años de esa maravillosa genialidad, esa obra cumbre del surrealismo patrio que es “Amanece que no es poco” y otras películas similares aunque menos conseguidas, a perpetrar el panfleto antieclesiástico llamado “Los girasoles ciegos”, destrozando en el proceso la exquisita y sutilísima novela del malogrado Alberto Méndez? Y aún se podría entender a estos y a los otros veteranos, Sacristán, Juan Diego, Millás y demás que vivieron su infancia y primera juventud durante el franquismo, pero ¿y la generación joven, treintañeros o como mucho cuarentañeros que no lo han conocido en absoluto, que podrían ser, y en algunos casos son, hijos de los anteriores (¿ya he dicho que Juan Diego Botto no es hijo de Juan Diego, por cierto?). Y no sigo porque sería empezar y no acabar. Porque como el consumidor entusiasta de cine, teatro, televisión y literatura españolas que siempre he sido tengo un gran respeto por la obra de la mayoría de las personas que aparecen en este detestable vídeo. Pero a ellos y a otros varios habituales, empeñados como están en sermonearnos y en hacernos sentir culpables ya no sé muy bien de qué, digamos culpables en general, ya que de otro modo no son capaces de hacernos llegar la luz de su superioridad moral, les estoy perdiendo todo respeto personal. Ya sé que estos actores, directores, cantantes y escritores, los que aparecen en este vídeo y los que no pero que ya conocemos, no “son” la izquierda española, pero sí que son algunos de sus representantes más conspicuos, junto con los sindicalistas Méndez y Toxo, pero al menos ellos siguen guardando las formas obreristas, algo kitsch hoy en día, y no pretenden confundirse con sus detestados antagonistas, los curas y monjas. Será porque Méndez y Toxo no son intelectuales.

Definitivamente, la izquierda española se está volviendo cada día más siniestra.

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2 respuestas a Siniestros

  1. Jose dijo:

    El año que viene se cumplirán 36 años de la muerte de Franco, hala cuánto tiempo. 36 años antes acabó la guerra. Durante la infancia ésta me sonó siempre como algo antiguo, muy lejano. Quiero suponer que tan lejano como sonará Franco a los jóvenes de ahora. Pues ahí seguimos, recordando lo muy malos que fueron unos y sólo unos hace (casi) 36+36= 72 años.
    Bien pudiera nominarse a esta banda de siniestros como el nuevo búnker del siglo XXI, reflejo tardío del habido durante la transición en la acera de enfrente. La vanguardia que progresa.
    Saludos.

  2. Pingback: Lo que he compartido hoy (17 June) | Navegando con Red

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