Delitos de lesa razón (“es lógico”)


Uno de mis chistes favoritos, junto con el de “yo quisiera morirme como mi padre, durmiendo, no como sus pasajeros, gritando”,  es aquel del marido que llega a casa y se encuentra a su mujer en la cama con un profesor de Filología. ” ¡María, estoy sorprendido!” exclama indignado el cornudo. A lo que el filólogo responde, sin perder la compostura: “Se equivoca caballero. Usted está estupefacto. Yo estoy sorprendido.”

Es un chiste bastante tontorrón pero me encanta porque me siento muy identificado. Con el filólogo, quiero decir, no con el cornudo, pues así como hay gente con capacidades que a mí me asombran tales como detectar si dos colores o dos prendas de vestir están bien combinados, si cierto vino es adecuado para acompañar a determinado alimento, si en una orquesta con más de cien instrumentos hay uno solo que desentona, o si en un campo cubierto de hierba con una superficie de casi media hectárea por donde corretean veintidós aventajados atletas en paños menores, que más o menos diría Tierno Galván, alguno de ellos no está colocado donde debería estar, yo tengo una especie de detector siempre en funcionamiento que se activa ante los fallos de lógica de todo lo que oigo, aunque aparentemente esté distraído. Y así como a mí me cuesta creer ciegamente en el talento de esas otras personas para detectar una falta de armonía visual, una disonancia sonora, una falta de sinergia en el maridaje entre el vino y la comida o la ubicación de un futbolista en fuera de juego, encuentro que también la mayor parte de la gente cuestiona de buenas a primeras, y algunos en segunda y sucesivas instancias, mi capacidad para detectar fallos de lógica, lo cual ha sido causa para mí y para otros de no pocas situaciones incómodas.

Ya desde pequeñito tenía muy afinado ese llamémosle sentido (no diré esa tontería de “sexto sentido” porque el que sigamos diciendo que los sentidos son cinco es una anacrónica persistencia de la filosofía natural aristotélica, tantos siglos después, que no tiene en cuenta el sentido del frío y del calor, el del movimiento, el del equilibrio y otros muchos), que me llevaba a enfrentar con sus fallos de lógica a individuos supuestamente con más conocimientos que yo, haciendo caso omiso de las jerarquías profesor-alumno, paternofiliales o de cualquier otra índole, lo que me hizo ingresar sin discusión y muy merecidamente en la categoría de niño repelente. Pero es que no podía evitarlo, era más fuerte que yo. ¿Qué lógica era esa de que “esto es así porque lo digo yo que soy tu padre (o tu profesor)”?

Hace ya largo tiempo que superé la fase de niñez y lo de la repelencia procuro disimularlo en lo posible, pero el detector sigue ahí, siempre encendido, útil para resolver algunas situaciones pero aún ocasionalmente fuente de conflictos cuando reacciona ante ciertos atentados palmarios contra la lógica. Recuerdo, por ejemplo, cuando hace ya algunos años, no sé exactamente cuántos pero sí que Shakira aún era morena, comenzó a ser habitual en los comercios solicitar el DNI al pagar con tarjeta, algo que anteriormente no se hacía y que a mí me parecía muy bien, que se pidiera, digo, por lo que no tenía ningún problema en mostrar mi documentación. Pero entonces, al ser una novedad, y temiendo los comerciantes molestar a sus clientes, era muy habitual que los dependientes añadieran tras pedir la documentación y a modo de excusa que “es por su seguridad, caballero (o señorita)”. Ahí me saltaba el detector y ese pequeño diablillo que siempre me acompaña me impelía a decir, casi sin pensarlo, a modo de reflejo pauloviano: “Querrá decir que es por la seguridad del dueño de la tarjeta, que podría no ser yo”. Y es que efectivamente si se coteja la documentación con la tarjeta de crédito es para comprobar que el usuario es su dueño, no alguien que se la ha encontrado o que la ha robado. Ergo, la comprobación se hace por la seguridad del dueño de la tarjeta, que puede ser o no quien la está intentando usar. Pero claro, intentar explicarle esto a un dependiente de grandes almacenes, al menos así de improviso, solía ser una tarea difícil. Por lo general, tras la estupefacción inicial, mis pobres víctimas solían balbucir alguna incoherente excusa tipo “perdone, caballero…es que nos obligan a pedir la documentación… no quería decir que fuera usted un ladrón…”, excusas que yo no reclamaba en absoluto, pues mi única intención era corregir un error de lógica, al igual que tengo la costumbre de colocar en su sitio las cosas que están descolocadas. Pero tras aquella última ocasión en que el joven y seguramente muy novato dependiente se retiró rojo de vergüenza e incapacitado temporalmente para articular palabra y volvió al cabo de unos minutos con un apuradísimo encargado que se deshizo en excusas conmigo y hasta quiso obsequiarme con un cheque regalo del Cortinglés, decidí que esa batalla estaba perdida y que con el tiempo se convertiría en algo natural mostrar el DNI al sacar la Visa sin que nadie nos lo pidiera, como así ha sido.

Desde entonces intento no torturar demasiado a mis semejantes con mi manía, con esa quiero decir, que hay otras que controlo menos. Pero claro, los hay que insisten en provocar. Como me pasó en cierta ocasión que ya conté en un comentario a uno de estos post, pero que reciclo y vuelvo a utilizar aquí, síntoma inequívoco de que hace tiempo que llegué a mi culmen como blogero y que ya estoy en cuesta abajo, viviendo de las rentas. El caso es que contra mi costumbre fui a visitar a un médico, no recuerdo para qué, el cual me recetó unas pastillas para lo que fuera que según él tenía que tomar cuatro veces al día: con el desayuno, la comida, la merienda y la cena. Un poco asombrado por la prescripción le hice saber al galeno que yo no meriendo desde que tomaba aquellos bocadillos de nocilla tamaño “king-size” a la salida del colegio, a lo que me contestó que no importaba, que me tomara la pastilla a la hora de la merienda. El resto de la conversación fue más o menos así: – Entonces, ¿tengo o no tengo que merendar cuando me tome la pastilla? – ¡No, no es necesario que meriende, sólo tómese la pastilla! – ¿Y oiga doctor, no podría tomar las pastillas con periodicidad hexahoraria? -¡¡SE LAS PUEDE TOMAR CUANDO LE SALGA DE LOS ~€@~#]& Y SI QUIERE HASTA SE LAS PUEDE METER POR EL &%$@!!

En realidad la última frase del médico, lo mismo que lo del cheque regalo del Cortinglés, es una licencia poética, producto de mi adicción a las telecomedias, y que en ambos casos el final fue menos tajante y más confuso, quedándome después tan sólo el regusto amargo de haberme dejado controlar por ese diablillo que me lleva a mal traer y casi seguro de no haber contribuido ni un ápice al aumento de la capacidad de articular un discurso lógico por parte de los gremios de dependientes o doctores en medicina.

Como la vida es ante todo equilibrio, a estas alturas ya tengo asumido que a cambio de aceptar la falta de lógica de algunas de las personas que me rodean otros tienen que soportar mis, siendo generosos, difíciles relaciones con la armonía culinaria las pocas veces que me da por cocinar, con la consonancia musical cuando me da por cantar, lo que ocurre bastante más a menudo, con la estética indumentaria cuando me visto, lo que afortunadamente (sobre todo para los demás) ocurre casi todos los días, o con la táctica y la estrategia futbolísticas en las rarísimas ocasiones en que me da por ver un partido de fútbol en compañía, dos o tres veces en mi vida, me parece. Y entiendo que ciertas personas se entusiasmen en ocasiones ante sus propios razonamientos, remarcándolos con la frase “es lógico” que no usa quien tiene la costumbre de usar la lógica en todo momento, pues también a mí me produce una gran satisfacción ser capaz de detectar ocasionalmente unos colores que no maridan, un sabor desafinado, un instrumento mal conjuntado o a un futbolista haciendo pasos, campo atrás o estacionado más de tres segundos debajo de la canasta. Y no se piense que en esto de la lógica reclamo la superioridad de los de ciencias sobre los de letras, que me dicen que me meto mucho con estos últimos, a pesar de que yo también me cuento entre su número, pues como sabe cualquiera que haya aprovechado mínimamente el bachillerato “logos” es razón, razonamiento o relación entre las cosas, pero también significa “palabra” o “verbo”, y tanto hay lógica verbal como matemática, e incluso existe la lógica difusa. Y conozco a gente, no poca, que es capaz de escribir programas informáticos complejísimos que requieren el uso de intrincadas estructuras lógicas con abundante uso del álgebra booleana, pero que en otros temas parecen razonar con alguna otra parte del organismo distinta de su cerebro. Y como no podía ser de otro modo, la política es la reina de esos “otros temas”.

Y es que al parecer hay mucha gente que opina que no debe haber relación entre la política y la lógica, como aquel que dijo que “Ideología significa idea lógica  (¡¡SIC!!) y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica” (*). ¿Recuerdan o adivinan, pacientes lectores, quién es el autor de tan memorable frase, que no fue una ocurrencia emitida al tuntún durante una charla informal sino algo que dejó escrito en el prólogo a un libro de un colega suyo? ¿Pues quién sino nuestro inefable Presidente del Gobierno, Don José Luis Rodríguez Zapatero? El mismo que en una entrevista televisiva con Iñaki Gabilondo, a la informal pregunta de su amabílisimo anfitrión sobre si salía por las noches respondió que “sólo salía para ayudar a los jóvenes y a los parados” (¿Usará capa y antifaz para esas misiones nocturnas? Y ahora que lo pienso, ¿cómo es que nadie ha visto nunca juntos a Zapatero y a Buenrollitomán?). El mismo también que ante el caos de la negociación sobre financiación autonómica en la que pretendió contentar a todo el mundo afirmó que “todas las comunidades quedarán por encima de la media” (¡El horror! ¡El horror! ¿Pero cómo pueden quedar todas las cantidades por encima de la media de ellas mismas?), que no sólo es que no me extrañe que Pedro Solbes no encontrara el momento de jubilarse, es que todavía no entiendo cómo no se subió a la torre más alta del complejo de la Moncloa con un fusil de mira telescópica y se lió a disparar contra todo lo que se moviera o no le dió por hacerse con una cerilla y un bidón de gasolina y quemarse a lo bonzo durante la rueda de prensa posterior a algún Consejo de Ministros de los viernes.

Pero como encontrar fallos de lógica a nuestro actual, ilógico y anumérico Presidente, es como pescar en un barril o hacer tiro al blanco con un trabuco, demasiado fácil como para que tenga mérito, si bien tiene cierta utilidad para plumillas gandules a los que les basta con pedir elecciones anticipadas o un gobierno de concentración los lunes y jueves, escribir un par de gracietas sobre los protagonistas de la vida política los martes y viernes (y alguien debería decirles que la confusión entre Carlos y Groucho Marx a cuenta del chiste sobre los principios de este último ya está más que gastado) y descansar el resto de los días de la semana para hacerse pasar por sesudos a la par que ingeniosos analistas políticos, apuntaremos nuestros dardos hacia otros políticos con más entidad o al menos un nivel inferior de indigencia intelectual.

No sé si ese es exactamente el caso del todavía Presidente del Gobierno valenciano, Francisco Camps, a quien le hemos escuchado decir más o menos que esos trajes que decían que le habían regalado no existían y que además los había pagado de su propio bolsillo. O el del antiguo ministro de Defensa y Presidente del Congreso con el PP, Federico Trillo, y sus más que confusas explicaciones sobre la chapucera identificación de las víctimas del desdichado accidente del Yak 42 hace algo más de siete años. Tampoco parece que sea el de tantos y tantos políticos regionales cuyos continuos atentados a la inteligencia son consustanciales al uso de la lógica nacionalista, ese oxímoron o contradicción en los términos (como “inteligencia militar” que decía Groucho Marx, que yo también tengo derecho a mi parte proporcional de tópicos), que parte de la premisa de que lo más importante es la construcción de la nación propia para llegar a la conclusión de que lo más importante es la construcción de la propia nación, arrasando con todo lo que pille entre medias y que no le cuadre bien.

Centrándonos en políticos con algo más de nivel, hace algunos años se publicó un libro sobre la oratoria de los políticos actuales a través de sus intervenciones en el Congreso de los Diputados. En él se reflejaba la opinión de alguna de las linotipistas o estenotipistas o lo que sea que allí han trabajado de que a la hora de transcribir las palabras dichas por los políticos el que mejor parado salía era Rubalcaba, al que sólo había que colocar los puntos y las comas, que por otra parte él marca con claridad, para que la transcripción de su discurso hablado al texto escrito fuera perfecta, mientras que el que se llevaba el premio en sentido contrario era Felipe González, cuyo discurso, al ser puesto por escrito, carecía por completo de sentido. Esto último es algo de lo que yo siempre fui consciente, pues por muy encantador de serpientes que resultara González, nunca consiguió que se desactivara mi detector de fallos lógicos, que aún no he dicho que tiene diversos pilotos de distintos colores según que la señal detectada provenga de una falacia, un anacoluto, un solecismo o un topicazo de esos que todo el mundo dice y nadie cuestiona, como la tontada esa de que “la excepción confirma la regla”, cuando lo que hacen las excepciones es “probar” o “poner a prueba las reglas” e invalidarlas si no superan esa prueba. (**)

Pero siendo tan diferentes en eso, quizá producto de su formación académica, doctor en Ciencias Químicas Rubalcaba y licenciado en Derecho González, ambos tienen en común el ser de los más aplicados de la clase, el estar dotados de una habilidad política que hasta sus muchos enemigos reconocen y el de estar o haber estado en una posición que les permite o permitió cubrirse con el paraguas (¡Atención, atención!, ¡Alarma amarilla por emisión de topicazo!)  de la seguridad del Estado para no tener que dar cuenta de sus incoherencias. A González sólo le faltó añadir a su famosa frase sobre la investigación de los GAL, “no hay pruebas ni las habrá”, una coletilla que dijera “y para cuando las encuentren ya nos hemos encargado de que no llegarán muy arriba”. Algo similar se puede decir de Aznar, bastante por debajo de los dos anteriores en habilidades comunicativas, más dado a la frase corta y contundente pero bien inteligible, del tipo “había un problema y se ha solucionado”, “el Rey irá a Cuba cuando toque” o “¡Seor González, váyase!”, a propósito del argumento con el que justificó la intervención española en la invasión de Irak: “Créanme cuando les digo que en Irak hay armas de destrucción masiva”. Yo la verdad es que nunca le creí, pero siempre me dió la impresión de que él sí creía en lo que decía, algo que imagino que nunca se podrá saber con certeza, pues aquí lo que está en juego es algo de mucho mayor nivel que la seguridad del Estado español.

Sobre esas cuestiones de gran escala será difícil que las investigaciones periodísticas o judiciales lleguen a aportarnos elementos de juicio suficientes para poderlas valorar en su justa medida, y quizá tengamos que esperar al juicio de la Historia. Pero en cuanto a las cuestiones domésticas solventables por tribunales españoles no deberíamos tener tantos problemas. Debería bastar con tomar nota de las incoherencias de los políticos a la hora de justificar su enriquecimiento personal o alguna acción poco clara de su gobierno para poder imputarles por un delito, que propongo que se llame de lesa razón, por considerar que ofende a la inteligencia. Y es que, parafraseando a Ambrose Bierce, se empieza cometiendo prevaricación, cohecho y un pequeño saqueo de las arcas del Estado y se acaba atentando contra las reglas de la lógica proposicional y del álgebra de Boole.

Así que propongo que se procese al Señor Francisco Camps, además de por el delito de cohecho por el que ya está imputado, por el de lesa razón, con los agravantes de mesianismo, victimismo, chulería, apropiación de los símbolos de la Comunidad Valenciana y exceso de exposición a los rayos UVA. Sea.

————————————————————————————–

(*) La continuación de esa frase, que formaba parte del prólogo al libro “De nuevo el socialismo” del ex-Ministro de Administraciones Públicas Jordi Sevilla, decía que “si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas.”

Escalofriante.

(**) Wikipedia aporta otra variante de esto que me resulta menos convincente:

La frase en latín de la que deriva es “exceptio probat regulam in casibus non exceptis”, es decir, “la excepción confirma la regla en los casos no exceptuados”. Se trata de un principio jurídico medieval, expresado en latín por ser la lengua culta de la época, cuyo significado es “si existe una excepción, debe existir una regla para la que se aplica dicha excepción”. Se aprecia que el verbo “probat” tiene el significado de “demuestra la existencia” (y no “demuestra la corrección”) de la regla mencionada.

Por ejemplo, una señal de tráfico con el texto “Prohibido aparcar los domingos” (la excepción) implica que se puede aparcar el resto de la semana (la regla).

En cualquier caso, nos pongamos como nos pongamos, la excepción NO confirma la regla.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Anumerismo, Reflexiones y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Delitos de lesa razón (“es lógico”)

  1. Jose dijo:

    Hoy he aprendido una cosa más, el verdadero sentido del par excepción-regla, al que nunca había hecho mucho caso pues me parecía un topicazo vacío de contenido. Ni idea tenía de su procedencia.
    Pedazo de renacentista, saludos.

  2. Pingback: Lo que he compartido hoy (24 June) | Navegando con Red

  3. Con la anécdota del médico no he podido evitar recordar aquella vendedora de guantes que después de decirme que no tenían mitones de lana (sí, eran los 80) y pedirle unos guantes de cuero se empeñaba en ofrecerse a cortarles los dedos a los guantes.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s