Menos mal que nos queda Nadal


Una altísima fracción de los habitantes de la esfera terrestre anda estos días pendiente de esa otra esfera de menor escala que es el balón de fútbol, metáfora que aunque no he leído en ningún sitio porque no acostumbro a leer “literatura deportiva” seguro que ya se le ha ocurrido a más de uno, que en eso ya está todo inventado (véase al respecto esta coña marinera). Confieso sin rubor alguno que nunca me ha interesado lo más mínimo el balompié como deporte, pues me parece aburridísimo, sobre todo si lo comparamos con el tenis o con el baloncesto, pero dada su extraordinaria naturaleza como fenómeno social de alcance mundial, pues es el único deporte de equipo que se juega en todo el mundo, hasta el punto de que la FIFA cuenta con más federaciones asociadas que naciones la ONU, 208 frente a 192 (y porque a algunos no les dejan, que si no se iba a multiplicar por 3 ó 4 el número de miembros tanto de la una como de la otra), resulta imposible permanecer ignorante a todo lo que rodea el enorme acontecimiento que supone un Mundial de fútbol. A poco que uno se fije siempre se aprende algo. Por de pronto, este año ya he aprendido a decir “vuzubuela” (¿o era “vizabuela”?). Bueno, no lo he terminado de aprender, pero estoy en ello. En cambio el chiste de que la mejor selección de África es la de Ghana porque siempre gana no se puede decir que sea una novedad (mira que son cansinos algunos…).

Para cuando escribo esto, la selección española de fútbol, o simplemente “la Selección”, que es como se la conoce dando por hecho que todo el mundo sabe de qué se está hablando, lo mismo que los presentadores de deportes no dicen “el futbolista del Real Madrid Raúl González ha declarado…” sino “Raúl ha declarado…”, se ha clasificado con algunos problemas para la última fase del Campeonato Mundial de Fútbol. A partir de ahora cada enfrentamiento (octavos, cuartos (?), semifinal (??), final (???))  supondrá una agonía para buena parte de nuestros conciudadanos, lo mismo que está ocurriendo en otras varias naciones que se quedan paralizadas durante dos horas, pendientes de lo que sucede en aquel extremo del continente africano. No sigo habitualmente el fútbol, pero creo no equivocarme si digo que nunca “la Selección” había creado tantas expectativas. Expectativas que, de verse defraudadas, van a suponer un mazazo considerable en el espíritu colectivo español. Mucho más que el recorte de los sueldos y de las pensiones, que la reforma laboral, que la constancia de que España ya no pinta nada en el concierto de las naciones, si es que alguna vez llegó a hacerlo, y remachando todo lo anterior, sería esta enésima derrota del combinado de fútbol nacional, sobre todo si se produce en el fatídico cruce de cuartos o antes todavía, en el de octavos.

A pesar de mi nula afición al fútbol, de mi aún inferior comprensión de sus misteriosas estrategias y de mi habitual ironía, en esta ocasión no tengo ningún ánimo de burla, al contrario. Me preocupa seriamente que ya no nos quede ni siquiera el consuelo de los éxitos deportivos que tanto nos han alegrado durante la última y prodigiosa década, y que desde luego no hace falta recordar. Y lo más notable es que, a diferencia de épocas anteriores en las que tan sólo aparecían destacadas individualidades en diversos deportes (Bahamontes, Orantes, Santana, Ballesteros, Arantxa, Induráin…), en los últimos años los éxitos han venido de los deportes de equipo, de modo que todas las selecciones nacionales masculinas (las femeninas no han llegado a brillar a esa altura) de los diversos deportes de equipo han alcanzado durante estos años los máximos premios, campeonatos Olímpicos o del Mundo. Todas, menos la de fútbol, la que más seguidores tiene y mayores pasiones despierta, con diferencia. Y puede que este sea un momento irrepetible, pues tanto la selección de baloncesto como la de balonmano o la de waterpolo ya pasaron por su mejor momento posiblemente. Para el próximo mundial de baloncesto, por ejemplo, no estarán presentes más que dos de los llamados “juniors de oro” que han protagonizado los grandes éxitos de la última década y que ya han pasado todos o están a punto de hacerlo la barrera de los treinta años.

Es posible que, como en tantas otras cosas, el tiempo de España como potencia deportiva mundial esté llegando a su fin y tengamos que volver a conformarnos con las destacadas individualidades. Para cuando escribo esto, ese grandísimo tenista y no inferior persona que es Rafa Nadal se encuentra también entrando en la fase de cuartos del torneo más prestigioso del tenis mundial, camino al que puede ser su segundo campeonato de Wimbledon, su octavo torneo del “Grand Slam” y quizá bien encaminado a ser el mejor tenista de todos los tiempos según esa peculiar clasificación asíncrona que usan los periodistas deportivos, o al menos a ingresar en esa élite dentro de la élite que incluye a su gran rival el suizo Roger Federer, a los americanos Pete Sampras y Jimmy Connors, al sueco Björn Borg y a alguno más de los que no tengo memoria.

Así que, volviendo con “la Selección”, por una parte creo que sería un durísimo golpe para mis conciudadanos españoles no superar el fatídico cruce de cuartos, y aunque a mí me sea más o menos indiferente pienso que puede afectar al estado de ánimo nacional, ya bastante alicaído. Pero por otra parte, si se consiguiera el deseado éxito de ganar por fin un Mundial de fútbol, la euforia que se iba a adueñar de buena parte de la población española nos podría llevar a olvidarnos de todos los demás problemas que arrastramos, a autoengañarnos y anestesiarnos durante varios meses, quizá los suficientes como para que empecemos a salir del agujero y a creernos que como lo peor de la crisis ha pasado ya no hay que esforzarse en resolver los problemas estructurales. Y , por supuesto, no tengo ninguna duda de que Quien Ya Sabemos (y no me refiero a Voldemort) no tardará en apuntarse el éxito, lo mismo que hizo con el de la selección de baloncesto o con la alpinista Edurne Pasabán, no en vano hizo depender la Secretaría de Estado de Deportes directamente de la Presidencia del Gobierno. Y con él, todo aquel que pueda mínimamente arrimarse al éxito nos va a obsequiar con indecentes y ombliguistas comentarios elogiosos, el uno porque el núcleo duro de la Selección lo conforman futbolistas originarios de su comunidad autónoma, el otro porque el portero es oriundo de su localidad, el de más allá porque el entrenador nació en su ciudad, y así hasta llegar al masajista, el utillero y hasta a la bella periodista novia del portero a la que algún miserable culpó de la derrota de España en el primer partido ante Suiza, demostrando una vez más que si la grandeza tiene límites, la bajeza moral siempre encuentra el modo de seguir escarbando.

Así que en este asunto tengo sentimientos encontrados (sí, ya sé que se supone que soy un defensor a ultranza de la lógica, al menos en este blog, pero uno también tiene su corazoncito). Por una parte, si pienso en el equipo formado por los propios deportistas que tanta ilusión le ponen y en el deseo de sus millones de seguidores de corazón, mi deseo es que la selección española de fútbol alcance por fin la meta soñada que durante tanto tiempo se le ha resistido. Por otra, temo el forofismo de todos aquellos a los que el fútbol en realidad no les importa más que para dejar salir sus peores instintos de forma socialmente bien vista y siento naúseas por anticipado ante el espectáculo que van a dar la clase política y los medios de comunicación intentando adueñarse del posible éxito de esos veintitrés deportistas que se han trasladado a miles de kilómetros de su país para intentar imponerse en durísima competición a las mejores selecciones del mundo, igualmente motivadas.

Lo dicho, que no sé que desear salvo suerte a la Selección en el partido de hoy, y en los que sigan, y que llegue hasta donde llegue en función de sus méritos.

Y en cualquier caso, menos mal que nos queda Nadal.

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2 respuestas a Menos mal que nos queda Nadal

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