“Yo soy apolítico”


Con esta frase, habitualmente acompañada de algún gesto despectivo más o menos sutil, se autodefinen muchos de nuestros conciudadanos cuando surgen cuestiones relacionadas con la política. No son pocas las ocasiones en las que al manifestar mi militancia en el proyecto de UPyD he sido obsequiado con esas lapidarias palabras que prácticamente cierran toda opción a continuar la conversación, incluso por personas afectivamente cercanas. Pero, si la memoria no me juega malas pasadas, diría yo que hace 25 ó 30 años no era una frase demasiado común, propia de lo que entonces llamábamos “pasotas”, y que la mayoría de los españoles tenía un interés mucho mayor que ahora en la política, o al menos manifestaba un menor desprecio.

Según las encuestas que trimestralmente elabora del Centro de Investigaciones Sociológicas, después del paro y de la crisis económica, el tercer problema que más preocupa a los españoles es la clase política, los partidos políticos, incluso por delante del terrorismo y de la inmigración. Teniendo en cuenta que los dos primeros problemas están estrechamente unidos, aunque en España siempre hay un paro mayor que en el resto de Europa, con o sin crisis económica, se podría decir que la clase política constituye la segunda preocupación para los españoles. Y me caben muy pocas dudas sobre que la clase política constituye el primer problema para ella misma, obsesionada como está con mirarse el ombligo propio y las pajas en el ojo ajeno.

Hay una contradicción sin embargo entre el hecho de declararse apolítico y el de considerar a los partidos políticos uno de los principales problemas que nos aquejan. También en que tras más de treinta años de moderno régimen democrático la participación en las elecciones generales, que son las que más motivan, no haya descendido, manteniéndose siempre entre el 70 y el 80% del electorado (en cambio en las elecciones europeas se ha producido un descenso constante de la participación desde casi el 70% en la primera ocasión, en 1987, con la ilusión de los recién ingresados en el club europeo, hasta apenas el 45%  en las últimas, el pasado año 2009).

Y es que en realidad a la gente sí que le interesa la política, pero la costumbre socialmente bien vista es la de renegar de todo lo que esté relacionado con ella, mientras que las valoraciones positivas se consideran poco menos que un tabú. El caso es que las tertulias políticas en los medios de comunicación tienen un gran éxito y que a la mayor parte de la gente le gusta hablar del tema en las charlas de café o en los foros de internet. Aunque habría que decir que lo que se considera “hablar de política” suele ser algo bastante limitado. La mayoría de los debates sobre política a los que asisto fuera de mi actividad en UPyD, por ejemplo en mi grupo de desayuno del trabajo, se limitan a la descalificación de algún político en concreto, sea por sus declaraciones o por haberse descubierto alguna irregularidad, presumiblemente delictiva. Como ese político o esos políticos en concreto pertenecen a algún partido también en concreto, habitualmente a uno de los dos grandes, enseguida alguien deduce que todos los políticos de ese partido son unos mentirosos y unos corruptos, ante lo cual, con reflejo pauloviano, casi siempre hay algún otro tertuliano que responde que los del otro partido son iguales, aportando aquí los ejemplos necesarios, que nunca faltan. Y como hay que llevarse bien y seguir desayunando juntos todos los días, siempre aparece alguien que para conciliar las opiniones afirma que todos los políticos de todos los partidos son igual de sinvergüenzas, máximo común múltiplo con el que todo el mundo manifiesta su acuerdo y que sirve para aplacar los ánimos y cambiar de tema a otro más tranquilo.

En cambio, las pocas veces en que se me ha ocurrido intervenir para discrepar de la mencionada afirmación maximalista las espadas han vuelto a ser desenvainadas y la discusión ha proseguido, a veces a cara de perro. Pues si hay algo con lo que al parecer están de acuerdo la mayoría de los ciudadanos españoles es que aunque todos los políticos sean unos corruptos y unos sinvergüenzas, los del otro bando, sea el que sea éste y por razones nunca bien explicadas, son peores que los del propio, por lo que hay que seguir votando en las elecciones aunque sólo sean para que no ganen los otros.

No me caben muchas dudas de que este voto “a la contra” supone una parte considerable de la participación en las elecciones, sobre todo en las generales, y que es una explicación de que siga siendo tan alta. Un mecanismo similar salvando las distancias al que lleva a gastar una auténtica millonada en lotería de Navidad, pues hay muchísima gente que juega “en defensa propia”, no sea que les toque a los demás y se hagan ricos todos sus compañeros de trabajo o todos sus vecinos del barrio y se queden como los únicos pobres.

Pero al igual que es posible resistir a la presión de gastarse un dineral en lotería (yo juego exactamente 0€ al año), también lo es no dejarse llevar por la visión generalizada sobre la política y los políticos. En primer lugar porque no deja de ser un lugar común de esos que a nadie le gusta cuando se lo aplican. A mis compañeros de trabajo, funcionarios y meteorólogos como yo, les contrapongo el ejemplo de la tópica visión que hay sobre los funcionarios, todos ellos unos gandules sin inquietudes en la vida y que no se merecen el sueldo que ganan, o la habitual opinión acerca de los meteorólogos, que no aciertan ni una y que cualquier pastor de cabras sabe mucho más de predecir el tiempo. Lo mismo puede decirse de cualquier otra profesión o grupo social, por lo que más valdría  pensárselo un poco antes de generalizar de ese modo sobre los políticos y la política. Y en segundo lugar porque esos políticos que salen en los medios de comunicación, con esos sueldazos y esos coches oficiales, son sólo una pequeña parte del total del gremio, formado en su mayoría por gente más bien humilde que se dedica a la política a pequeña escala, la municipal, en alguno de los miles de municipios que existen en España, e igualmente en casi todos los oficios existe esa distinción entre la “clase de tropa” y la “élite”, no es algo propio de la política. Pensemos por ejemplo, y siempre sin salirnos de España, en los actores.  No todos cobran varios millones de dólares por película, como Antonio Banderas o Penélope Cruz. La mayoría, los que no son estrellas, cobran unos sueldos nada escandalosos por sus trabajos en el cine, el teatro o la televisión. Lo mismo podemos decir de los fubolistas, con sueldos que van desde el de Cristiano Ronaldo hasta el de un jugador cualquiera del Leganés F.C., por decir algo, que posiblemente también es profesional. Y desde luego con los empresarios pasa lo mismo, pues tan empresario es Emilio Botín como la Señora Paqui que regenta la pastelería de al lado de mi casa. Y en cuanto a la corrupción, la diferencia está en tener o no la oportunidad de corromperse, más al alcance de políticos y empresarios que de otras profesiones, pero no intrínseca a su actividad, pues lo mismo que hay empresarios y políticos honestos hay funcionarios o trabajadores por cuenta ajena que no cumplen con su trabajo o que cometen toda clase de irregularidades y pequeñas corrupciones, y el que no se hagan ricos con ello no implica en absoluto una menor desviación de lo que tendría que ser su deber, sólo que no tenían la posibilidad de enriquecerse.

Por lo que yo he conocido en mi breve experiencia no diría que lo que mueve a la gente a participar en política sea precisamente el dinero, el afán de enriquecerse, aunque sin duda algunos casos habrá. Tampoco diría que es únicamente una vocación de servicio público, algo puramente altruista, pues poca gente es tan desprendida. Yo creo más bien que lo que mueve a aquel que se dedica a la política es el afán de influir en el mundo que le rodea, por supuesto en el sentido de mejorarlo, al menos en la intención, en base a ciertas ideas que considera que son mejores que otras para conseguir ese propósito. Pero para poder aplicar esas ideas hay que conseguir cierto nivel de poder, lo que en la mayoría de los regímenes democráticos modernos casi sólo es posible para los ciudadanos participando en algún partido político. El asociacionismo, la sociedad civil como suele decirse, no es algo que en España tenga mucha tradición ni mucha influencia, y aunque sería deseable que así fuera, la realidad es que en nuestro país los partidos políticos tienen casi el monopolio de la participación ciudadana en la política. Lo malo es que la mayoría de los ciudadanos no lo ve así, considera más bien que los partidos políticos son algo ajeno a la ciudadanía, una clase diferenciada. Y el caso es que esta percepción cada vez se corresponde más con la realidad, pues tras más de treinta años de democracia se ha llegado a una situación en la que algunas personas que no han hecho en su vida nada más que formar parte de un partido político, continuando habitualmente una tradición familiar, han llegado a ocupar los más altos cargos de responsabilidad en los distintos niveles de gobierno, a veces sin haber demostrado antes su capacidad en el desempeño de algún otro puesto. El caso extremo es el del actual Presidente del Gobierno, que antes de serlo no sólo no había ocupado ningún otro cargo político sino que apenas había trabajado en ninguna otra cosa.

Esas lacras de la endogamia y el ombliguismo en los partidos políticos son lo que yo creo que hay que combatir. Y combatir no significa insultar indiscriminadamente a todo aquel que participa en política o descalificar sistemáticamente esa actividad, una actividad que es absolutamente necesaria para la sociedad, al igual que lo son las de funcionario, empresario, médico o tantas otras, más incluso que otras con mayor prestigio como, digamos, la de artista, así en general, o la de deportista. Combatir esa tendencia implica no dejar a esas personas que ostenten la exclusividad de la política, involucrándonos en los partidos ya existentes o en otros de nueva creación. Implica informarnos de aquellas cosas que nos conciernen a todos e intentar participar activamente en su gestión, intentando que sea lo mejor posible, beneficiando al mayor número posible de ciudadanos y evitando incurrir en gastos innecesarios y en políticas superfluas, sobre todo en aquellas que sirven para dividir a la ciudadanía, tan del gusto de unos y otros partidos que con ellas marcan su territorio, sea en correspondencia con alguno físico o sea en relación con alguno (supuestamente) ideológico.

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4 respuestas a “Yo soy apolítico”

  1. Pingback: Lo que he compartido hoy (6 July) | Navegando con Red

  2. alicia dijo:

    Es importante destacar también a esas personas que se dirigen a nosotros para contarnos sus enfermedades, sus miserias, sus fístulas y sus infamias con todo lujo de detalles y cuando les preguntas : “¿Tú a quién votas ?” Responden con toda su cara dura : ” El voto es secreto y privado ” Ah, claro ¿y esas infamias que me estabas contando no pertenecen a tu intimidad? En fín.

    • alexroa dijo:

      Justamente en mi próximo post (que publicaré mañana, espero) hablo de esa tontería del voto secreto y otros topicazos relacionados con la política.

  3. Javi dijo:

    Estoy de acuerdo con tu postura. Los seres humanos necesitamos tener la mente ordenada y los sacos son un avío de lo más útil.

    Es muy fácil caer en tópicos y categorizar al fresco a la gente y a profesionales, pero como bien dices, no es lo que se ajusta a la realidad.

    Te cuento brevemente lo que sufrimos en nuestra profesión los Ingenieros en Informática.

    Como cualquier persona con un poco de interés puede aprender un lenguaje de programación como hobby con cualquier libro del tipo “Aprenda JAVÓN en 20 días…”, parece que los que nos dedicamos profesionalmente a esto lo hacemos también por gusto y por combatir el tedio.

    Así, si llega la hora de fichar he irse a casa, es muy probable que tu jefe te mire mal porque no te quedas gustosamente a echar horas extras (no remuneradas, claro) para adelantar el proyecto que algún memo sin formación técnica ha decidido que se puede realizar en 4 meses (cuando en realidad son necesarios 10 meses, por ejemplo).

    ¡Deberíamos quedarnos por gusto! Porque esto es un hobby (después de estar 5 o más años en la facultad). ¿Y todo esto por qué ocurre? Porque hay un pequeño porcentaje de compañeros que si cumplen con ese perfil de ‘soy tu mono esclavo y por dos plátanos me quedo trabajando’ y no ven que nos perjudican a todos los demás.

    Otro tópico típico que no conoce mucha gente.

    Saludos!!

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