Meses, años, décadas, siglos


Se cuenta que durante la asistencia del líder chino Deng Xiaoping, sucesor de Mao Tse Tung (o como sea que se escriba ahora) a los fastos conmemorativos del segundo centenario de la Revolución Francesa, hace poco más de veinte años, a la pregunta de si pensaba que esa revolución había sido positiva respondió que aún era pronto para saberlo. Al parecer el “Pequeño Timonel”, que para entonces contaba con ochenta y cinco años de edad y casi siete décadas de actividad política, que había iniciado el proceso de modernización de su país que en poco más de treinta años lo ha convertido en la segunda potencia económica mundial y subiendo, y que era el líder indiscutido de su enorme nación a pesar de no ostentar ningún cargo relevante, pues la Secretaría General del Partido Comunista Chino se la había pasado a Jiang Zemin, un “chaval” que no había cumplido aún los sesenta y cinco años, opinaba que dos siglos no era un tiempo suficientemente largo como para valorar cambios de esa importancia.

Puede que la frase de Deng Xiaoping fuera sólo una de las ingeniosidades por las que es famoso, como aquella de “gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones” que tanto gustó a nuestro “Timonel” particular, no sé si grande, pequeño o mediano, y que tan bien supo poner en práctica durante sus catorce años de mandato, o puede que realmente sea así como se ven las cosas desde el punto de vista de los dirigentes de una nación que cuenta con varios miles de años de historia sin solución de continuidad (o sea, sin que se haya disuelto la continuidad, pues “solución” es sinónimo de “disolución” en este caso).

En nuestra no tan vieja Europa, mientras tanto, se está desarrollando desde hace algo más de cinco décadas un proceso que puede parecer lento desde nuestro punto de vista de impacientes occidentales, pero que si bien lo miramos es un logro extraordinario. ¡Quién iba a suponer en 1945 después de la última y más destructiva guerra que había asolado Europa que tan sólo unas décadas después los encarnizados combatientes iban a formar parte de una misma entidad política y económica, con instituciones compartidas, legislación común y hasta una moneda única! Y si parece a veces que la Unión Europea no es más que una plomiza burocracia y que el proceso de construcción de Europa avanza a paso de tortuga e incluso en ocasiones retrocede, quizá baste mirarlo con “perspectiva china” para darnos cuenta de que en realidad es un proceso muy rápido, casi vertiginoso.

Disminuyendo un poco más la escala podemos centrarnos en nuestro país, siempre a punto de romperse al decir de algunos, permanentemente a la gresca e incapaz de progresar a causa de nuestras disputas regionales e ideológicas, en apariencia. Aquí no hace falta tener una perspectiva china para hacer memoria y recordar lo que éramos y cómo éramos hace apenas tres décadas y media, y lo que hemos prosperado en casi todos los sentidos desde entonces. Desde el punto de vista político en realidad fueron necesarios muy pocos años para sentar las bases de nuestro régimen democrático actual, el más duradero y sólido que ha tenido España, a pesar de los esfuerzos de algunos (de muchos, por desgracia) por ahondar en las grietas. Desde la muerte de Franco hasta la aprobación de la Constitución apenas transcurrieron tres años, y en otros siete se había desarrollado el modelo de Estado Autonómico, se había aprobado un sin fin de leyes que asimilaban nuestro país a sus vecinos europeos, un partido de izquierda moderada gobernaba con toda normalidad y como colofón España ingresaba en el club europeo que durante tanto tiempo nos había rechazado, dando inicio a una época de prosperidad económica como no se había vivido en mucho tiempo. Una década para pasar del aislamiento y el atraso a la integración y la modernidad. No quiero decir con esto que todo lo que se hizo en aquellos años estuviera bien hecho, pues hubo importantes errores de diseño que estamos pagando desde entonces y ocurrieron cosas que nunca deberían haber ocurrido en un Estado respetuoso con la legalidad. Sólo quiero indicar que a la escala de un país mediano como España es posible hacer muchas cosas en poco tiempo si existen la voluntad y la motivación para hacerlo.

Bajando todavía un poco más en la escala podemos contemplar cómo en la mayoría de los pueblos españoles la modernidad (no sé si el progreso) ha llegado en muy pocos años. Pueblos que tienen unos servicios impensables hasta hace nada, polideportivos, transporte público, centros de salud, colegios, de todo lo necesario y muy habitualmente de mayor calidad que en las saturadas y envejecidas capitales. Desde luego así es en Madrid, donde actualmente se vive mucho mejor que en la gran urbe en cualquier pueblo, por ejemplo en el mío, Guadarrama, donde además los precios de los pisos están entre la mitad y la tercera parte que en la capital.

Cuando entré en política por vez primera en mi vida, hace poco más de dos años y medio, lo hice porque, en palabras de Unamuno, “me dolía España”. Y aún me sigue doliendo a pesar de la tirita del campeonato mundial de fútbol. Vamos, que lo me preocupaba entonces casi exclusivamente era la situación política nacional, motivo del nacimiento del nuevo partido Unión Progreso y Democracia al que me afilié. Daba por hecho que todo el que se hubiera apuntado a este nuevo partido tendría las mismas motivaciones, pero para mi sorpresa encontré que había un gran número de afiliados cuyo principal interés era y sigue siendo la política municipal. Dejando aparte que algunos de ellos, no sé si muchos o pocos, pudieran haberse apuntado por mero oportunismo, sin compartir realmente las ideas fundacionales de UPyD, otros muchos parecían combinar de modo sincero y natural ambas visiones. Tardé bastante en entender cómo era posible y aún más en encontrarle el gusto a la política municipal. La insistencia de algunos compañeros de toda confianza hizo mucho para vencer mis reticencias, pero creo que la clave me la dio uno de los responsables de política municipal en Madrid con bastante experiencia previa cuando hizo notar que lo más satisfactorio de dedicarse a esta faceta de la política es que las propuestas e iniciativas pueden materializarse en cuestión de sólo unos cuantos meses.

A lo mejor esa propuesta consiste tan sólo en arreglar un parque público en estado de abandono o en sacar adelante una subvención para un grupo de inmigrantes que quieren montar una asociación cultural. Cosas de pequeña escala, nada comparable con reformar la Constitución española y otras varias leyes para intentar dar marcha atrás al caos y al despilfarro al que hemos llegado tras tres décadas de democracia sin control, proceso que aún contando con suficientes apoyos podría llevar varios años. Una insignificancia en relación con la construcción de una única entidad política europea que ponga fin a siglos de conflicto y que después de las más de cinco décadas que lleva desarrollándose aún se encuentra a medio hacer. Y si lo comparamos con el ritmo cuasigeológico con el que se mueven las cosas en China ya ni hablamos.

Pero como he llegado a entender últimamente, todo tiene interés y todo contribuye al intento de mejorar las vidas de los ciudadanos, que es de lo que trata o al menos de lo que debería tratar la política. En algunos casos los resultados de los esfuerzos se podrán ver en el plazo de unos meses, en otros se tardará años y para algunos serán necesarias décadas. En cuanto a una visión aún más amplia, quizá yo sea demasiado joven e inexperto y no lo bastante chino para opinar, pero aún así me arriesgaré a decir que creo que el concepto de ciudadanía, la separación de los poderes del Estado, el sistema de partidos políticos que compiten entre sí para conseguir la confianza de los ciudadanos, el laicismo, la universalización de los derechos humanos, la libertad de expresión y demás conquistas de la Revolución Francesa y de las que la siguieron o antecedieron, pues no olvidemos que la que dio origen a los Estados Unidos de América es anterior, son logros que las naciones de tradición occidental, lo que incluye a la mayor parte de Europa, América y Oceanía, deberíamos defender a ultranza frente a las otras tradiciones político-culturales que compiten en el globalizado mundo actual. En primer lugar frente a las que no respetan ninguno de los logros mencionados y pretenden que el único origen de la legalidad sea un libro sagrado supuestamente revelado a los hombres por la divinidad, pero también frente a las que respetan unos u otros según parezca conveniente a los dirigentes políticos. Ya me perdonará el ilustre Deng Xiaoping allí donde esté que le lleve la contraria, pero yo creo que no sólo es importante que el gato cace ratones, también hay que fijarse en su color.

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