Climatología adversa (Tontadas de verano, nº 3)


Como meteorólogo de profesión y castellanohablante no por elección sino porque me tocó al nacer en Madrid de familia madrileña, siento como si me golpearan en el plexo solar cada vez que escucho que determinado acto ha resultado deslucido por la “climatología adversa” o cualquier otra frase similar que incluya la expresión entrecomillada. Pues siendo la climatología una ciencia, concretamente la que se dedica a estudiar el clima, difícilmente puede resultarle adversa a nadie que no sea un integrista religioso o asimilado. Y tampoco es correcto decir que en un momento dado hay un “mal clima”, pues al ser el clima un promedio temporal de un conjunto de variables meteorológicas no tiene sentido, ni aún existencia, en un momento concreto. Lo que corresponde decir es algo tan sencillo y prosaico como que ha sido el “mal tiempo” el que ha deslucido el acto. Pero claro, decir “mal tiempo” no parece que sea muy propio de personas cultas. Lo propio es alargar las palabras, combinarlas con otras para darles mayor empaque, buscar sinónimos elegantes o recurrir a otras lenguas aunque no falten palabras en la propia.

Así podemos oir cosas tales como que alguien es “el alma máter” de algo, con lo sencillo que sería decir simplemente que es el “alma” y lo difícil que puede resultar, sobre todo para un hombre, ser la “madre nutricia” de nada, pues eso es lo que significa la expresión latina “alma máter”, que se aplica a las universidades en el sentido de que alimentan el espíritu de los estudiantes. O aquello otro que decía un ordenanza del ambulatorio en el que trabajó mi madre durante muchos años, hombre siempre solícito que, aunque no era su cometido, atendía telefónicamente a los pacientes y para inspirarles confianza les decía: “usted cuéntenos lo que le pasa que nosotros haremos caso omiso”. Claro, al buen hombre le sonaba mejor y más culto eso de “caso omiso” que “caso” a secas, y como sus compañeros de trabajo no querían disgustarle nadie le corregía y todos tan felices. Menos los pacientes a los que tan amablemente atendía aquel ordenanza, imagino.

Ejemplos como estos los hay a patadas, nunca mejor dicho, en el mundo del periodismo deportivo, y muchos fueron los dardos que les dedicó el maestro Lázaro Carreter en su momento. Por supuesto no pretendo competir con él ni aún llegarle a la altura de las suelas de los zapatos, faltaría más, y en el fondo tampoco pasa nada porque el comentarista de un partido de baloncesto diga que “los guarismos se acercan”, expresión de moda hace algunos años con la que al parecer se quería expresar que la puntuación de los equipos contendientes era similar, o porque se emplee la expresión “hat trick” cuando un futbolista mete tres goles en un partido sin tener ni idea de lo que significa en realidad. Si a los periodistas les gusta expresarse así y al público no le disgusta, no hay ningún mal en ello. Salvo para la sufrida lengua, castellana en este caso. Igual que no es demasiado grave, más bien es algo cómico, el vapuleo que reciben las escasas locuciones latinas que perviven hoy en día (busquen “desprofeso” en Google y verán que éxito tiene esa peculiar variante de “ex profeso”),  de las que convendría hacer el esfuerzo de saber lo que significan para no emplearlas al tuntún, como se suele hacer. Lo que me recuerda la anécdota atribuida a Felipe González y a Alfonso Guerra en los tiempos en que mandaban más o menos lo mismo en el PSOE, según la cual el primero envió a su secretaria al despacho del segundo, situado a apenas unos metros de distancia, para exigirle que “viniera ipso facto, que significa de inmediato“, a lo que Guerra contestó por medio de la misma secretaria que acudiría “motu proprio, que significa cuando me salga de los cojones“. Seguro que la anécdota es falsa o que se cuenta también de otras personas, pero me sirve para introducir a los protagonistas habituales de mi blog, esa subespecie humana conocida como políticos, que tan buenos ratos nos hacen pasar, y que si no existiera habría que inventarla.

Por supuesto que ni todos los políticos hacen uso de un lenguaje hueco y rimbombante, que los hay que hablan bien clarito y además presumen de ello, ni tampoco tienen la exclusividad de esa forma de hablar, pues en eso compiten duramente contra periodistas no sólo deportivos, artistas variados, famosos y famosillos, y en general contra representantes de todos aquellos gremios que hacen de la palabra una herramienta de trabajo. Pero dado que en este aspecto la política, definida por alguno como “el arte de la palabra” (hablada), es la reina, es también en ese mundo donde más fácil resulta caer en los vicios mencionados.

En general tampoco tiene mayor importancia si los políticos o, como se suele decir ahora de modo totalmente innecesario, “lo que son” los políticos, e incluso “lo que vienen a ser” los políticos, hacen uso y abuso de locuciones como “a nivel de”, “en base a”, “de cara a” y tantas otras que parece que se hayan vuelto consustanciales a su forma de hablar. Si no son capaces de dejar de retorcer, deformar y maltratar públicamente el idioma con el que se supone que nos deberíamos entender todos, allá ellos, tampoco se les ha elegido por sus capacidades oratorias, al menos en teoría, sino para que hagan unos trabajos concretos, legislar y gobernar. O, si lo prefieren, lo que viene siendo legislar y lo que es y viene a ser gobernar. Y aquí es donde ya no no debería valer cualquier cosa. Si de lo que se trata es de legislar, es decir, de establecer normas que han de ser cumplidas por los ciudadanos o por las instituciones, el lenguaje debería ser lo más correcto y preciso posible, sin dar lugar a ambigüedades para que la tarea de gobernar, es decir, de ejecutar dichas normas, sea también lo más nítida posible, sin dejar espacio para cometer arbitrariedades e injusticias.

Por ello no es admisible que el Presidente del Gobierno declare que habrá que tomar “alguna iniciativa para reforzar lo que es el esfuerzo de desarrollo del estatuto”, tal y como aseguró hace un par de semanas, antes de conocerse el fallo completo del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. Pues aquí lo importante no es el uso de la innecesaria y detestable expresión “lo que es” sino lo que al parecer se pretende hacer: buscar los medios para saltarse a la torera una sentencia del Tribunal  Constitucional, ya bastante confusa de por sí. Por cierto que sobre los jueces, que no son políticos pero que en demasiadas ocasiones actúan como si lo fueran, y sobre sus no siempre comprensibles sentencias, quizá me anime a hablar otro día. Lo de “no siempre comprensibles” es un eufemismo, por supuesto.

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4 respuestas a Climatología adversa (Tontadas de verano, nº 3)

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  2. manuel ruiz dijo:

    Tu artículo, Alex, es un claro exponente de lo que es la crítica a lo que viene siendo el uso de nuestra querida lengua a nivel de políticos, y no sólo políticos, que son muchos los periodistas y profesionales de todo tipo que, en base a su peculiar entendedera, nos muestran de continuo como utilizarla de cara a la ciudadanía e, incluso, el ciudadanío.
    Te mando lo que viene siendo un abrazo a nivel de amigo

    • alexroa dijo:

      ¡Hombre, Manuel!. O mejor dicho, ¡Lo que viene a ser un hombre, Manuel!. Ya echaba en falta lo que son tus comentarios por lo que es este modesto blog.

      Un fuerte abrazo o abraza y cuidado con la ola de calor, que es como llaman ahora al verano.

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