El nacionalismo no es el problema


Poco a poco se van apagando los ecos de las vuvuzuelas que, a modo de trompetas de Jericó, anunciaron el triunfo del combinado de futbolistas españoles en el Campeonato del Mundo de Sudáfrica, al tiempo que parecían capaces de resquebrajar las murallas de la incomprensión entre los ciudadanos de unas y otras regiones de España.

Pero si en aquella ocasión bastaron siete días al pueblo de Israel para que se produjera el derrumbamiento de las murallas de Jericó (y posterior saqueo, exterminio de la totalidad de sus habitantes y absoluta destrucción, todo hay que decirlo), en esta otra, pasado igualmente el plazo de una semana, no parece que las murallas del nacionalismo se hayan siquiera resquebrajado un poco. Al contrario, si nos atenemos al Debate sobre el Estado de la Nación y a los movimientos posteriores de las fuerzas políticas se diría que en esta última semana se han visto aún más reforzadas.

Una vez más hemos visto en acción el mecanismo de chantaje permanente al que tan acostumbrados estamos desde hace al menos dos décadas. Otra vuelta de tuerca de los partidos nacionalistas catalanes y vascos, PSC incluido, aprovechando la necesidad del partido en el Gobierno para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado. Todo esto menos de una semana después de la gran manifestación más independentista que nacionalista de Barcelona, a la que con seguridad no acudió el millón y medio de personas que afirman los organizadores, pero que desde luego no eran cuatro gatos.

Viendo lo que vemos, es fácil caer en la tentación de cargar toda la culpa de los males de España en los nacionalismos y en los nacionalistas periféricos, que en el caso de Cataluña cada vez se escoran más hacia un independentismo puro y duro. Pero eso, en mi opinión, es desviar la atención del verdadero problema. Aunque suene extraño que yo diga esto, el nacionalismo por sí mismo es una ideología respetable o al menos no despreciable en el sentido en el que lo son aquellas que colocan la ideología por encima de la vida humana, sean de extrema izquierda, extrema derecha, integristas religiosos o lo que sea. Una ideología que yo no comparto, claro está. Pero al fin y al cabo es una cuestión de escala. Lo que hemos visto estos días, el orgullo por el triunfo de la selección de fútbol, la profusión de banderas rojigualdas como nunca antes, todavía colgadas en los balcones una semana después, no deja de ser nacionalismo español. El mismo que les exigimos a nuestros gobernantes, sean del signo que sean, a la hora de negociar acuerdos en Europa, donde todas las naciones exhiben su propio nacionalismo, extremo en ocasiones, para negociar a cara de perro y en maratonianas jornadas el reparto del dinero o las cuotas de poder en los distintos órganos.

Yo diría, por tanto, que la gran mayoría de los españoles son o somos nacionalistas, sea parciales (catalanes, vascos, aragoneses, leoneses…) o totales (de toda España), no siendo tampoco extraño sentirse doblemente nacionalista, andaluz y español, por ejemplo. Lo raro es no ser o no sentirse nacionalista en absoluto. Al fin y al cabo, antes que una ideología, el nacionalismo es un sentimiento de pertenencia a una comunidad.

La existencia del nacionalismo y los nacionalistas es por tanto algo que parece que, como dicen que decía Ortega, no se puede resolver, tan sólo se puede sobrellevar. Es muy probable que siempre esté ahí, lo mismo que el sentimiento religioso, seguramente también muy mayoritario entre la población española. La diferencia es que a la iglesia católica, monopolizadora del sentimiento religioso español durante muchos siglos, se la ha despojado de la mayor parte del poder que ostentaba, aunque aún sigue teniendo una influencia excesiva, en mi opinión. Y lo mismo se puede decir de la mayor parte de las naciones occidentales, supuestamente laicas, pero aún muy influenciadas en cuestiones políticas por el cristianismo en sus diversas variantes, siendo quizá el caso de los Estados Unidos el más evidente.

Pero la religión, aunque en aparente retirada, ha dejado huella en nuestra cultura occidental de muchas formas. Realmente más que retirarse lo que hace la religión es reconvertirse. Por una parte, el sentimiento de trascendencia, de pertenencia a algo mayor que el individuo es lo que alimenta al nacionalismo. Por otro lado están las ONGs, impregandas de un fuerte sentimiento misionero en muchos casos. Pero estas serían cuestiones para otro u otros artículos, pues aquí lo que me interesa constatar es ese residuo del dominio de la religión cristiana sobre nuestras conciencias occidentales durante tantos siglos que es el permanente sentimiento de culpa.

Y quién experimenta ese sentimiento de culpa, aquí en España (que es lo que conozco, imagino que en otros lugares pasa igual)? Todo el mundo, por supuesto, al menos así en general, pues casi todos tenemos la misma herencia cultural básica, hombres y mujeres, catalanes y andaluces, ricos y pobres. Y así  vemos cómo en las relaciones de pareja, en las familiares, en el trabajo o en los grupos de amigos,  algunos se aprovechan de las debilidades, de los complejos de los otros, de sus sentimientos de culpa para su beneficio. Esto requiere mucho tiempo y mucho conocimiento del otro, y así vemos matrimonios en los que un miembro de la pareja acaba vampirizando al otro al cabo de suficiente tiempo, aunque en apariencia, visto desde fuera, sea el miembro más débil.

Lo más peculiar del complejo de culpa es que al parecer es hereditario, de modo que le hace a uno sentirse culpable de lo que hicieron sus antecesores. Lo del pecado original, vaya. Y de ese modo, como españoles, se impuso hace tiempo la obligación de sentirnos culpables por lo que hiceron los conquistadores en América hace nada menos que quinientos años, a pesar de que en realidad aquellos señores no son nuestros antepasados sino los suyos, de los americanos, pues fue allí donde se quedaron y reprodujeron. O sin necesidad de marcharnos tan lejos, al parecer los madrileños y los castellanos en general debemos sentirnos culpables por los agravios que cometieron los reyes Felipe II de Austria y Felipe V de Borbón o el dictador Francisco Franco contra los aragoneses, los catalanes o los vascos.

Nunca he conseguido entender ese sentimiento de culpa por lo que hicieron otras personas con las que ni siquiera tengo relación alguna de parentesco, que yo sepa. Por mi parte siento la misma culpa por lo que hicieron Hernán Cortés en Méjico, el Duque de Berwick en Barcelona en nombre de Felipe V, o el general Franco en Asturias en el 34 y en el resto de España a partir del 36, que por la destrucción de Jerusalén a manos Nabucodonosor II, por seguir con las citas bíblicas con las que empezamos.

Pasara lo que pasara anteriormente, en el año 78 el pueblo español consiguió por vez primera dotarse de una Constitución y de un régimen respetuosos con todas las opciones políticas, salvo por supuesto con las más extremas. Aquel hubiera sido el momento de dejar atrás todas las culpas del pasado, de las que ningún partido político podría decir que estuviera libre si consideramos que se pueden heredar. Pero en lugar de eso los partidos de izquierda se dedicaron a explotar el sentimiento de culpa de la derecha asignándole el papel de herederos del régimen de Franco, como si no hubiera habido un pacto para dejar atrás todo aquello, de modo que tuvieron que pasar veinte años para que se estableciera una alternancia democrática normal en un país occidental, cuando en 1996 el PP ganó las elecciones. Mientras tanto, colectivos de toda índole se han dedicado a transformar sus reivindicaciones inicialmente justas en peticiones o, mejor dicho, exigencias, que van más allá de lo razonable, viendo lo bien que les iba explotar el sentimiento de culpa ajeno. Otro día me centraré en estos otros colectivos pues hoy de lo que estamos tratando es del nacionalismo.

Se cuenta que Felipe González llamaba a la forma de negociar de los nacionalistas el método del salchichón. Consiste este método en que se sienta uno a cada lado del salchichón, se corta éste por la mitad y el nacionalista dice: “Bien, esta es mi mitad del salchichón. Ahora vamos a negociar sobre la otra mitad”. Y así, de mitad en mitad, ha ido quedando un Estado residual y unas autonomías sobredimensionadas.

Ahora bien, ¿es esta voracidad propia y exclusiva del nacionalismo? ¿Acaso no hubiera hecho cualquier otro colectivo lo mismo en su lugar? El mecanismo que se puso en marcha hace ya más de veinte años se alimenta no sólo del ansia nacionalista por conseguir todo lo que esté a su alcance. Lo que lo mantiene de verdad es la incapacidad de los dos grandes bandos en los que está dividida la sociedad española, que por tradición seguimos llamando izquierda y derecha, para entenderse entre ellos en las cosas esenciales, forzándose de ese modo a tener que negociar con quienes sólo entienden del interés de su terruño. Pero no hay que dejar de lado para el cabal entendimiento del proceso ese absurdo sentimiento de culpa por lo que pudieran hacer en el pasado los gobernantes de España. Ofensas pasadas reales y supuestas que nunca se perdonan, se superan ni se olvidan. Que siempre sirven como combustible de las aspiraciones no ya de libertad o autogobierno, sino de puro y simple abuso. Y así vemos como en Cataluña se ha pasado en unos años de una actitud victimisma, agresiva-pasiva respecto de “Madrid” (del resto de España en realidad) a una agresiva a secas, en la que participan la casi totalidad de los partidos políticos, incluida la rama catalana del PSOE, la mayor parte de los medios de comunicación, numerosas figuras públicas, medios universitarios y grupos antisistema, que han encontrado en el odio a España una excusa perfecta para dar rienda suelta a su salvajismo.

Con el paso de las décadas este nacionalismo periférico, aparentemente la parte débil en comparación con el poder central de “Madrid” y que contra lo que suele decirse no está sobrerrepresentado en el Parlamento nacional, ha vampirizado a las fuerzas políticas de izquierda, primero a IU a la que no le cuesta nada apuntarse a todo lo que les suene a antifranquismo, como si Franco hubiera sido el inventor de la unidad del Estado Español, y luego al PSOE, que cada vez funciona más como una federación de partidos nacionalistas. Y en su proceso de vampirismo el nacionalismo parcial ha acabado afectando también al PP, que hace tiempo que no es ni de lejos lo que dicen sus adversarios que es, un defensor de la unidad de España.

En resumen, tal y como yo lo veo, el problema es el egoísmo e insolidaridad por un lado y el complejo de culpa por otro, de la mayoría de la sociedad española. Que quienes más hábilmente  han usado y siguen usando lo primero para explotar lo segundo en su beneficio hayan sido los partidos nacionalistas no les hace tener la exclusividad del invento, sólo significa que han sabido organizarse mejor.

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5 respuestas a El nacionalismo no es el problema

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  3. manuel ruiz dijo:

    Fernando Savater citando a Julián Marías nos explica que:
    “Uno puede saber que pertenece a una nación sin ser nacionalista lo mismo que puede saber que tiene un apéndice sin padecer apendicitis. El nacionalismo es una inflamación de la pertenencia nacional>>. Me parece un apunte muy clarificador a la hora de hablar de los sentimientos nacionalistas, pues los actuales nacionalismos en España no es que estén inflamados, es que están tan hiperinflados que parecen no dejar sitio a otro tipo siquiera de procupaciones o metas.
    Y lo peor a mi juicio es que el PSOE de Zapatero ha pretendido alcanzar y sobrepasar a los partidos nacionalistas con más de su propia medicina, echándose descaradamente al carril de aquellos para adelantarles, eso sí, por la izquierda. ¡Menudo follón! ¿Habrá algo menos de izquierda que el particularismo nacionalista?.
    Pero claro, con esto de la izquierda y la derecha hay otro lio importante en nuestra época. Ya lo dijo Ortega hace muuuuucho: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral”.
    Tal vez si naciera (o naciese) en España un partido transversal dispuesto a dar una patada en la puerta del nacionalismo inflamatorio (como Corcuera, o Corcuese) podría incluso hasta afiliarme.

  4. Carlos dijo:

    Soy un navegante de la red, despistado y ocioso que se congratula de encontrar un cuaderno de estos donde hay alguien que no habla todo el rato de sí mismo. Veo interesantes muchas de las reflexiones, y me solidarizo con tu pavor a la continua agresión a nuestra lengua, agresión que, por otra parte, no constituye delito, lo cual no entiendo.

    He peinado el blog y aunque no he penetrado aún en su cuero cabelludo puedo decir que a mi también me indigna enormemente la gente que utiliza el “a nivel de”, porque se trata de individuos que no saben de lo que hablan (como algunos jefes mios) y que tratan de despistarnos a las personas de bien. Pero a nosotros no nos engañan. “Daños colaterales”, “guerra”de Irak, “crisis”, “los mercados”, son eufemismos o vocablos falaces que nos atornillan día a día y ante los que hay que estar en guardia.

    Quisiera aportar humildemente la siguiente reflexión: conozco un señor que cree que el tal Alonso Quijano existió en la realidad, sí, no es una broma, este elemento camina cada día por aquel lugar de cuyo nombre no quiero acordarme y como colofón tiene derecho al voto. Además esta variedad de homínido casa muy bien con los que dicen eso de “voy a echar una siestecita reparadora”, miran en el Marca pertinazmente los resultados de la primitiva y suelen comer lentejas viudas. Por supuesto, los Domingos sacan a pasear su chandal último modelo del 83, eso sí, con zapatos y calcetines con el dibujo de la raqueta. El segundo jueves de cada mes embuten una camiseta de Alonso en su, por lo general, pícnico tronco. Van ellos tan contentos con su Marca debajo de la poblada axila, después del carajillo a lavar su coche al son de, aquí los gustos son dispares, desde Camela, hasta Los del Rio, pasando por Chenoa o si me apuras Julio Iglesias o hijos.

    Hay tantos tipos de españoles…por cierto, yo me identifico más con una señora pakistaní que conozco que con mi vecino el de la banderita en el balcón. Una cosa, cuando el otro día había lugar tamaña algarabía en la calle pensé que habían proclamado la tercera república. Resulta que ganó la roja o no se qué.

    • alexroa dijo:

      Pues bienvenido a este blog, cuaderno de bitácora o bitácora a secas, traducción muy adecuada al castellano por aquello de que incluye “bit”. Espero que sigas frecuentándolo. No diré aquello de “un saludo” tan absurdo por lo inconcreto (¿Qué clase de saludo? ¿Un “adiós”? ¿Un “nos vemos”? ¿Un abrazo? ¿Un beso? ¿Una cortés inclinación de cabeza?…)

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