Vinoquesistas (Tontadas de verano, nº 4)


Entre varones de aproximadamente mi edad, un poco por encima del “mezzo del camin” que decía Dante, o los cuarenta tacos, en castizo, he observado en los últimos tiempos una curiosa patología, cada vez más extendida. Un día cualquiera, en mitad de alguna reunión de amigos, estos individuos rompen a hablar de vinos con toda naturalidad, como quien no quiere la cosa, sin que se les conociera previamente afición alguna a la enología. Cada vez que eso ocurre siento la tentación de llamar al padre Karras y al padre Merrin para que practiquen un exorcismo al interfecto, pues imagino que así como el hablar un idioma desconocido es un síntoma inequívoco de posesión demoníaca, también habrá de serlo mostrar súbitamente el conocimiento experto de una materia hasta entonces totalmente ignorada. Porque me van a decir que esas personas que apenas unos años antes, cuando aún se agarraban patéticamente a los últimos restos de su juventud, le daban todavía al calimocho, tras asistir a un cursillo de cata de vinos de un par de fines de semana mal contados, ya son unos enólogos expertos. A mí me da un poco de risa, e imagino que le pasa a mucha otra gente, pero como a ellos se les ve tan felices haciendo extraños movimientos con las copas de vino, acercando la nariz o incluso metiéndola dentro, y afirmando cosas tan estrambóticas como que el vino que al parecer han intentado aspirar con la nariz muestra “el equilibrio de sus gráciles taninos que progresivamente crecen en boca (¡Vade retro, criatura del Averno!)  y el conjunto de frutillos negros maduros, casi confitados, que definen a las mejores uvas riojanas (¡Abandona este cuerpo!) ,  además de sutiles toques minerales, torrefactos y de madera noble” (¡El poder de Cristo te obliga! ¡¡El poder de Cristo te obliga!!) pues nadie les decimos nada.

Esa extraña mutación que experimentan los varones al llegar a la edad madura, aunque se manifiesta sobre todo en la repentina sabiduría enológica mencionada, también afecta a otros alimentos tanto bebestibles como comestibles, y de estos últimos especialmente a los quesos, de los que en nuestro país existe al parecer una variedad casi infinita. Y así, además de abrumarte con sus conocimientos sobre variedades de uvas, denominaciones de origen, métodos de elaboración, sabores, olores y texturas de los “caldos”, el “vinoquesista”, que es así como se denomina esta subespecie humana (bueno, así la denomino yo, y esta vez sí que estoy seguro gracias a Google de que tengo la patente) , aprovecha cualquier reunión gastronómica o paseo campestre para mostrar, a modo de trofeo, su última adquisición en materia de quesos, fruto de algún reciente viaje por alguna región española, que suele anunciar teatralmente antes incluso de mostrar la pieza con frases tales como “tengo aquí un queso que os vais a chupar los dedos”, pronunciando de modo peculiar la palabra “queso”, haciendo gran énfasis en la primera sílaba y arrastrando la segunda, de modo que suena algo así como “kéesso”.

Como decía al principio, esta es una patología mucho más propia de varones que de mujeres, a las que a esas edades les suele dar por otro tipo de aficiones como son la aromaterapia, la astrología, el tarot, la reflexología podal, la risoterapia, la danza del vientre, la búsqueda de sus chakras o cualquier otra variante de la brujería o de darle gusto al cuerpo y no precisamente a la altura del vientre como los hombres, sino un poco más abajo. O de ambas cosas a la vez en perfecta combinación. Cosas de las diferencias biológicas y psicológicas entre hombres y mujeres.

Volviendo con nuestros vinoquesistas, aunque esa repentina afición a los vinos y a los quesos sea su característica más definitoria, una observación detenida nos revela otros rasgos comunes a la mayoría de ellos, que suelen ser aficionados al turismo interior, o sea, dentro de España, más que a los exóticos viajes organizados, pues esa forma de viajar les permite conocer en detalle y con toda la tranquilidad necesaria las peculiaridades gastronómicas de cada sitio que visitan, que es a lo que van, aunque para disimular un poco se interesen (muy ligeramente) por la historia, el arte y las tradiciones culturales y antropológicas del lugar. Así podemos verles conversando con los amables lugareños a los que se dirigen con la típica sonrisa de suficiencia del habitante de la gran urbe que se las da de conocedor de los ritos y misterios de la vida rural: “¡Buenos días, caballero (o señora)!¿Qué tal se han dado los tomates este año?” (Esto es que ha visto unos huertos cuando entraba en el pueblo con su coche). “¿Vive mucha gente en este pueblo?” (Sólo hay que echar un vistazo para ver que quedan cuatro abuelos y un perro pulgoso y que están todos ellos tomando el sol en la plaza?) “Tienen una bonita iglesia, ¿es muy antigua?” (Bastaría con acercarse hasta ella para leer esos carteles que hay en todas partes con una detallada explicación de la historia del monumento, mucho mejor que la van a poder darnos esos señores, salvo que sean expertos en Historia del Arte) “¿Y aquí, dónde se puede comer bien?” (¡Acabáramos! ¡Haber empezado por ahí, hombre, que la gente de los pueblos también tiene cosas que hacer, aunque sólo sea tomar el sol!).

Otra peculiaridad del vinoquesista es que siempre lleva unas garrafas vacías en el coche para llenarlas en determinadas fuentes de agua de las que, por misteriosos motivos nunca aclarados, afirma con total seguridad que son las mejores. Nunca me queda claro qué cualidades son esas que hacen el agua de una fuente superior a la de alguna otra que no diste más que unos pocos kilómetros, pero observo que efectivamente en determinadas fuentes se forman importantes colas e incluso que hay gente que hace deliberadamente un montón de kilómetros para rellenar sus garrafas con esas y no con otras aguas. Me temo que aquí entramos en un terreno lindante con el de la brujería que decíamos antes, algo a lo que poca gente es del todo inmune. Por supuesto que se pueden dar toda clase de explicaciones más o menos científicas acerca de las propiedades de unas y otras aguas sobre el organismo humano en función de los minerales que contengan, pero de ahí a suponer que tu calidad de vida va a ser mejor si bebes el agua de la fuente X que la de la fuente Y, que está treinta kilómetros más cerca de tu casa, me parece que hay un gran trecho. Claro que la explicación puede ser mucho más sencilla, pues hay quien recurre a cualquier excusa con tal de escaparse un rato de la mujer y los niños, y si hay que coger el coche y recorrer ochenta kilómetros por el bien de la salud familiar, pues se recorren, faltaría más.

De todos modos, y al hilo de este último comentario, hay que hacer notar que el vinoquesista es por lo general un individuo bien integrado en la sociedad, con un trabajo estable que le libera de preocupaciones, de ahí que tenga tiempo para apuntarse a cursillos de cata de vinos, de quesos o de aguas (si es que los hay, que no me extrañaría). Eso explica que sea entre los funcionarios donde se encuentre el mayor porcentaje de ejemplares de esta variedad. Acostumbra también a ser un honesto padre de familia, normalmente con chicos ya crecidos, en la adolescencia o por ahí, que ya se entretienen solos, por lo que no tiene que dedicarles todo su tiempo de ocio, lo mismo que a su mujer, que ya está bastante entretenida con su danza del vientre y su aromaterapia. Socialmente el vinoquesista suele ser una persona bien integrada con aficiones tranquilas y dado a los deportes suaves, siendo en esto último la estrella el senderismo, pues se compagina perfectamente con su afición principal (¡esa botellita de vino y ese kéesso en la mochila…!). Y políticamente suele ser una persona razonable, de ideas moderadas da igual si de izquierdas o de derechas, pues por ahora y por fortuna, aún no se ha establecido que la afición a los vinos y a los quesos sea más propia de los “hunos” que de los “hotros” y por el momento es una cosa que, como el fútbol, nos une a la mayoría de los españoles. Aunque conociéndonos, no me extrañaría que llegara el momento en que se estableciera que ciertos vinos y determinados quesos son más de izquierdas (siempre son los de izquierdas los que empiezan con esas distinciones, no falla) de lo que se deduce que otros serán más de derechas. Al tiempo.

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12 respuestas a Vinoquesistas (Tontadas de verano, nº 4)

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  3. manuel ruiz dijo:

    ¡No puedo estar más de acuerdo con eso de la repentina afición a los vinos!. Y es también cierto que la edad a la que se empiezan a mostrar los síntomas es alrededor de los cuarenta años, lo digo porque yo ya lo observé hace más o menos diez.

    He sido testigo de hechos tales como el siguiente: Viajando un puente por La Rioja varias parejas de esa edad, pude comprobar cómo algunos de mis amigos solicitaban del paisano que atendía la barra de cualquier pueblo una botella de tal vino, de tal bodega y de, por supuesto, muy concreta añada. A veces eran servidos y otras no, pero yo tenía siempre la intuición de que no hacíamos otra cosa que el canelo, pues tales vinos estaban a nuestra completa disposición en cualquier buena tienda o bodega de Madrid, a muy similares precios y, muy probablemente, en mejor estado de conservación. En una ocasión en la que tuve la oportunidad de pedir directamente al hostelero le dije llanamente “¿y que vino tenéis de por aquí?”, a lo que raudo me respondió: “un claro de la coperativa …..” y fue un éxito, un absoluto éxito, y una risa enorme ver a alguno de mis entendidos amigos descubriendo las inmensas bondades de un tan sencillo caldo: Fue por aquellos entonces cuando descubrí que en la Rioja hay un pueblo que se llama Cordobín que tiene un clarete casi, casi, casi sin color y que, frio en verano, se bebe sin sentir (es lo que siempre ha tenido el clarete, en estando frio, por supuesto).

    Y con los del agua no desesperes Alex, que pronto habrás de inventar nuevo palabro para su denominación tribal. De momento en Madrid, ya hay restaurantes que te entregan también “carta de aguas”. Y como decía una amiga un día ” es que me encaaaaanta la botella”.

    PD.- Por cierto, el clarete de Cordobín al que me he referido se puede adquirir como claro o rosado de la casa a un muy módico precio (par de euros, por decir) en una tienda del P29 en Villalba (“Viña y Tierra”). Y, para colmo, los dueños del negocio son los padres de Azul, aquel encanto de chica que se partió el pecho tan denodadamente como los demás en la primera campaña de las generales de UPyD en 2008.

    • alexroa dijo:

      Lo de la carta de aguas no lo conocía, pero creo que esta noche voy a tener pesadillas (¡el horror! ¡el horror!)

  4. jose dijo:

    Conozco un caso muy cercano que se ajusta como un guante a tu descripción de vinoquesista (bueno, el queso le sigue gustando como siempre, sin mariconadas añadidas al está rico (o no)).
    A todo este tipo de expertos, yo siempre les animo a que pasen la prueba de una cata ciega, ya sea en vino, marisco, pulpo (sí, pulpo, pues he llegado a oír que el de Mauritania no vale para nada), o cualquier otro producto, pero no suelen estar por la labor y la esquivan con una sonrisa o un qué cosas tienes.

  5. Carlos dijo:

    Decía un filósofo matemático y aficionado a la petanca que el ser capaz de llenar nuestras horas de ocio de modo inteligente es el resultado último de la civilización.
    Pero esto ya es procrastinación de la dura. Me imagino a estos tipos: “voy a un congreso aficionado de vinos y quesos del campo de Calatrava, ¿el by pass de don Cándido?, mañana a primera hora me pongo con ello.”
    No sé, es una teoría.
    El otro día iba por el retiro, me dedico a correr, soslayando así otras tareas ineludibles, y vi varios grupos de personas cercanas a la edad citada, que, situadas en semicircunferencia mimetizaban los gestos y movimientos de un individuo de pelo cano, sandalias modelo Ben Hur y cara de timador. Unos grupos hacían Taichi, otros Yoga, otros ejercicios fisicos posguérricos, en fin.
    Yo no tengo amigos y por eso escribo tonterías en blogs, por cierto que este está muy bien, y a veces cuando estoy solo y hago el amor pienso en un buen queso oreado de textura semiblanda y madre mía.
    Carlos.

    • alexroa dijo:

      Interesante aplicación de los quesos. No se me había ocurrido, y eso que para esas cosas tengo bastante imaginación.

  6. Miguel dijo:

    Pues a mi me gusta el vino y el queso… creo que me empiezo a asustar de mi mismo. Tal vez participo en catas de vino y al dia siguiente me despierto bajo un ataque de amnesia, pero me delata ese queso de Prada a tope escondido en la nevera.

    • alexroa dijo:

      No, si gustarnos nos gustan a todos, o a casi todos. Lo preocupante son esas mutaciones repentinas de gente que pasan del calimocho y el burgerking a ser expertos en gastronomía y enología de un día para otro. Me recuerdan a “La invasión de los ultracuerpos”. Evitaré quedarme dormido, no sea que me sustituyan tambián a mí.

  7. Miguel dijo:

    Mira siempre debajo de la cama por si hay una vaina.

  8. mararoa dijo:

    No entendeis nada. Yo creo que lo que os pasa en el fondo es que estais todavía bajo los influjos de Peter Pan , y , claro , el vino y el queso es de mayores, UUUUUY! qué miedo! A mí me encanta cuando voy al monte a escalar, y despues de una buena “huevra” mi amigo Fernando , el Conejo, hombre de unos 50 años y persona encantadora,por demás, saca de su mochila , no sólo el vino y el queso , sino tambien chorizo,pan de su pueblo , en fin, una serie de delicatessen sin merecimiento de ninguna crítica.
    En cuanto a las mujeres , es lógico que se dediquen a todas esas cosas relacionadas con la brujería , o es que no sabes que las mujeres de pequeñas son princesas y de mayores son brujas? lo que pasa es que hay muchas que tampoco queremos ejercer de ello, quizás para que no se nos note la edad, como vosotros con el vino y el queso. Yo dixit.

  9. El maldito Fran dijo:

    Una vez leí que el umbral que nos separa de ser jóvenes a ser “maduros” (o carrozones, si hago gala yo también a lo castizo, versión Móstoles) es cuando pasamos de vestirnos como personas mayores a hacerlos como si fuéramos chavalitos. Y eso lo he podido comprobar con todo el mundo, ahí y aquí, en París. Pienso que lo de tirarse el moco con el vino, el queeeeso y tal lo complementa, con un toque pequeño burgués: conozco este vino de tirada limitada (cómo se dice “cuvée” en español?), o bien recóndita, o bien de elevado valor implica un cierto status socio-económico.

    Nos hacemos viejos, y de forma instintiva el resumen del éxito que hemos tenido en la vida se manifiesta instintivamente en que conocemos un huevo de algo, si es posible delicatessen, que es elitista, elegante y reconocido socialmente.

    Por mi parte, me encanta tomarme una copichuela de Borgoña de vez en cuando, pero no podéis haceros una idea de lo que echo de menos aquellos calimochos de Don Simon y Pepa-Cola que me tomaba con mis coleguitas, sentados contra el muro del Instituto mientras hacíamos sendas pellas en la clase de Física.

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