Lo primero son las reglas del juego


damaschinasHace una semana, y para comenzar el año dándome ánimos a mí mismo y quizá también a algunos de mis compañeros upeyderos, escribí un artículo cuyo título guardaba alguna similitud con el eslógan de cierta cadena comercial,  “Yo SÍ soy político”.

Y es que, para quienes hemos entrado en el juego de la política sin experiencia previa y por medio de un partido político de nueva creación, aunque algunos de sus integrantes, muy pocos, estén más que experimentados, resulta complicado entender sus reglas, fatigoso intentar ponerlas en práctica, satisfactorio obtener resultados positivos … y descorazonador, demoledor incluso, comprobar cómo todo lo anterior carece de importancia ante veteranos jugadores de colmillo retorcido, integrados en los grandes equipos acostumbrados a controlar el cotarro y a saltarse las reglas cuando no directamente a pulverizarlas y a reírse de ellas y de quienes intentan respetarlas. Todo ello en connivencia con los jugadores de los otros grandes equipos, con los que en el fondo forman una sociedad de apoyos mutuos.

No hay que esforzarse ni mucho ni poco para encontrar algún ejemplo de esta falta de respeto a las reglas del juego por parte de alguno de los partidos políticos “de siempre”. Ahí mismo, a menos de semana, tenemos a Josep Antoni Duran y Lleida, Presidente de Unió Democrática de Catalunya (UDC), mitad de la coalición que ha gobernado en Cataluña prácticamente durante todo el periodo democrático, negándose a dimitir tras admitir que su partido se financió ilegalmente, a pesar de haber anunciado hace tiempo (demasiado tiempo, desgraciadamente) que lo haría si se demostraba ese delito. Y tampoco hay que irse mucho más atrás para encontrarnos con el escandaloso nombramiento como asesor de Telefónica del ex-ministro y ex-banquero Rodrigo Rato, imputado por diversos delitos relacionados con la salida a bolsa de Bankia. Todo esto sólo en el año 2013, del que apenas han transcurrido dos semanas, y sin considerar más que los casos más llamativos, aquellos que han ocupado todas las portadas. No creo que exagere si digo que nos encontraríamos con mil veces más escándalos de este tipo si contáramos las casi dos mil semanas que llevamos en democracia.

A pesar de todo, estoy convencido de que la política puede ser una actividad noble, como lo son todas aquellas que están regidas por una reglas claras, siempre y cuando todo el mundo las respete. Más o menos lo que se dice del rugby, que es un juego para brutos practicado por caballeros. Es más, pienso que quienes nos dedicamos a la política deberíamos tener como prioridad en estos momentos la clarificación de las reglas y la limpieza del terreno de juego y de los jugadores, de modo que los ciudadanos volvieran a confiar no ya en los políticos o en los partidos concretos, sino en la Política y en la Democracia, con mayúsculas, como medios para gestionar el bien común. Que pudieran ver los ciudadanos cómo los distintos partidos políticos respetamos las opciones ideológicas distintas, e incluso opuestas, al tiempo que rechazamos los intentos de aprovecharse del juego en beneficio propio, tanto si lo hacen los rivales como, con mayor motivo, si son “los nuestros” los que se saltan las reglas.

Por mi parte, aunque militante activo de Unión Progreso y Democracia, no tengo ningún inconveniente en reconocer al Partido Popular, al Partido Socialista o a Izquierda Unida, los otros tres grandes partidos nacionales (o al menos implantados en toda España, que no es exactamente lo mismo) sus aportaciones positivas, sea a nivel nacional, regional o municipal. Lo mismo que a otros partidos con menor implantación, sean ecologistas, antitaurinos, de ámbito local, o lo que sea. Y aún considerando al nacionalismo y al independentismo unos proyectos políticos más que retrógrados, involutivos, creo que también tienen perfecto derecho a expresarse y a competir con las demás opciones políticas. Sólo excluyo a quienes defienden o justifican el terror y el asesinato como armas políticas, sean independentistas, de extrema izquierda, de extrema derecha o se definan como protectores del medio ambiente, que también los hay.

Digamos que no me mueve a la acción política el exterminio de ninguna idea política en concreto, el considerarme integrante de un bando que engloba a la mitad de los españoles en lucha eterna contra la otra mitad, que es el juego izquierda-derecha, o bien como parte del grupo que defiende el poder central frente a la búsqueda del autogobierno de la periferia, que es el juego centralismo-nacionalismo. Y así como considero que los partidos que se definen como “de izquierda” tienen la misma legitimidad que los englobados en “la derecha” para gobernar en un sistema democrático, tal y como lleva ocurriendo con toda normalidad y sin discontinuidades en todos los países de Europa occidental desde después de la Segunda Guerra Mundial, tampoco creo que en la natural e inevitable dinámica centro-periferia deba haber un ganador definitivo, sino que se ha de buscar un sistema equilibrado y flexible, que en el caso de España, que pasó del centralismo del régimen franquista a la casi disolución del Estado en diecisiete miniestados durante las tres décadas y media de la actual Democracia, pasaría por una vuelta atrás, por destensar la goma en estos días aparentemente al borde de la ruptura en algún caso, y por redefinir las reglas del juego de modo que el Estado conservara el poder suficiente como para no ser virtual y las regiones, comunidades autónomas o estados federales, como se quieran llamar, tengan todas los mismos derechos y deberes, sin dar lugar a más agravios comparativos.

En suma, creo que en democracia cabemos casi todos, y que lo verdaderamente importante es que respetemos sus reglas. Y es que la democracia no consiste tan sólo, como parecen pensar muchos, en una suma mecánica de votos. También implica la existencia de unas instituciones y de unos procedimientos que han de respetar todos los contendientes, pues de una contienda entre partidos que buscan el favor de los ciudadanos para llevar a cabo su proyecto político se trata, al fin y al cabo. Es decir, de un juego, dicho esto desde el máximo respeto a lo que implican los juegos, con su reglas, su ética, su respeto a los contrincantes, y sus árbitros que, organismos oficiales aparte, deberían ser los propios ciudadanos-votantes, armados del conocimiento de las normas del juego y desprovistos del hooliganismo propio de los hinchas que sólo buscan aplastar al contrario, aunque sea a costa de romper cualquier regla, y que se disfrutan más de las desgracias ajenas que de las alegrías propias.

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3 respuestas a Lo primero son las reglas del juego

  1. Maruja Alonso dijo:

    300 imputados políticos dicen que hay. Es para asustarse que aparte tan sinverguenzas sean tan tontos y quieran abarcar más de lo que pueden apretar.

    • alexroa dijo:

      Más de 800, creo que son. Casi 300 sólo del PP y otros tantos del PSOE.

      • manuel ruiz dijo:

        A veces se me abren las carnes, no siempre, sólo todos los días. Hablas de dos semanas y yo, que hoy llego tarde, te pregunto ¿Y la fundación ideas? ¿Me pagarías 3.000 pavos por un artículo?. Te juro que te firmo como quieras

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