Delirios


Por sugerencia de mi buen amigo y colega Fernando Tellado, recupero un artículo inicialmente publicado en la llamada web del afiliado de la página de UPyD-Madrid hace algo más de tres años, en octubre de 2009, unos meses antes de abrir este blog personal. El texto fue motivado por el ambiente previo al Primer Congreso de UPyD, tenso más allá de lo razonable en estos casos, con elaboradas teorías conspiratorias volando de un lado para otro. A ello se alude en el último párrafo, que por tanto no es de actualidad. Pero como creo que el resto del artículo se puede considerar atemporal, tras pensármelo un poco he decidido que no está de más publicarlo aquí.

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Una de las lecturas más interesantes y productivas de mi vida fue el ensayo “El delirio, un error necesario” del recientemente desaparecido neurólogo y psiquiatra Carlos Castilla del Pino. Lo leí cuando apareció, allá por el año 97, en una etapa de mi vida en la que me interesaban las lecturas relacionadas con la sumamente compleja mente humana y me iluminó como pocas lecturas antes y después. Aunque lo leí de prestado, como tantos otros libros, y no sólo no lo tengo en mi poder sino que no lo he vuelto a leer desde entonces, creo recordar bastante bien su contenido.

La tesis del libro era, en esencia, que todas las personas necesitamos, en mayor o menor grado, superar la incertidumbre que nos produce la carencia de información segura, de certezas demostrables en nuestras vidas. El modo de superar dicha incertidumbre, que puede llegar a ser paralizante, consiste en adoptar ciertas ideas o creencias y aferrarnos a ellas en toda circunstancia, incluso aunque la realidad se empeñe en desmentirlas. En cierto modo cualquier idea que tengamos actúa como un refugio, un puerto seguro al que retirarnos en caso de conflicto o un parapeto desde el que poder disparar sin arriesgarse demasiado. Pues tener ideas y pensar no es lo mismo, más bien son cosas opuestas. Las ideas son fijas (y en el platonismo son preexistentes a la mente humana) y una vez adquiridas nos dan respuesta para muchas cosas, eliminando gran parte de la incertidumbre. El pensamiento es fluido y las respuestas que nos da siempre son provisionales, de modo que la incertidumbre permanece. Aunque un delirio propiamente dicho (no el delirio provocado por la ingestión de sustancias tóxicas o delirium, sino el delirio paranoide) es una enfermedad mental en toda regla, según el doctor Castilla del Pino existen diversos grados de pensamientos delirantes o de recreación de la realidad a nuestro antojo, siendo los inferiores no sólo inofensivos sino incluso necesarios para nuestra salud mental.

Un caso meridianamente claro del poder liberador de las ideas, o mejor dicho de las ideologías, es el de la política. Liberador en el sentido de que una vez ubicado uno mismo en un lugar del espacio ideológico ya no tiene que volver a preocuparse en la vida por volver a pensar al respecto. Esto además está socialmente bien visto, y hasta se considera un signo de coherencia vital, mientras que se percibe como sospechoso el cambiar de ideología o al menos dudar de las verdades establecidas por alguna de ellas. Y si no que se lo pregunten al maestro Savater, al que han acusado repetidas veces del horrendo delito de cambiar de opinión. Las creencias religiosas son también otro magnífico ejemplo de adopción de una idea no demostrable pero que nos permite liberarnos de la incertidumbre. Y lo mismo sirve para quien se declara ateo, pues la no existencia de Dios es tan indemostrable como su existencia.

Como decía más arriba, lo anteriormente descrito no se considera en absoluto un indicio de enfermedad mental, más bien al contrario, contribuye a que mantengamos nuestro equilibrio, pues son demasiados los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra vida como para andar siempre cuestionándolo todo. De ahí que, como dice el título del ensayo, en su grado inferior el delirio (o recreación de la realidad en ausencia de certezas) es un mecanismo de autoprotección necesario. El problema se da cuando el proceso de recreación de la realidad avanza y progresa sin medida. Normalmente un delirio completo, sea una manía persecutoria o la creencia de que uno mismo es un mesías que ha venido a la Tierra para evangelizarnos, requiere mucho tiempo para su formación. De ahí que sólo se detecten delirios completos en personas maduras, por encima de 40 ó 50 años, normalmente con un nivel cultural e intelectual alto que les permite construir elaboradísimas teorías en las que todos los datos de la realidad encajan con su visión delirante. Por otra parte, como gran parte de los individuos delirantes tienen un comportamiento normal en la mayor parte de las facetas de su vida, resulta bastante difícil su detección.

Además de los delirios individuales existen por supuesto los delirios colectivos. Un caso paradigmático es el del nacionalismo, que puede pasar de convertirse en un sano amor a la patria o al país en el que has nacido (pocos españoles habrá que no nos alegremos de los numerosos triunfos de nuestros deportistas o de que un pintor tan universal como Goya sea español) a una obsesión enfermiza e incluso criminal que lleve a aniquilar a millones de personas en nombre de la grandeza de tu nación, sea el Tercer Reich de Hitler, el Imperio del Sol Naciente de Hiro Hito o la Gran Serbia de Karadjic, Milosevic y demás genocidas. Sin irnos tan lejos, ni en el espacio ni en el tiempo ni en el número de víctimas, el nacionalismo étnico del País Vasco puede ser descrito en estos términos de construcción delirante, tal y como hizo Jon Juaristi en “El bucle melancólico”. Aunque este libro sí que lo tengo en casa, no voy a levantarme ahora a mirarlo, como decía Umbral, y además es suficientemente conocido por cualquiera que se haya interesado por el tema del nacionalismo vasco. En síntesis, el bucle del que habla el título es un mecanismo retroalimentador por el que a partir de una situación novedosa para el pueblo vasco, la industrialización de finales del siglo XIX, la idea de que dicha novedad estaba acabando con las tradiciones ancestrales, y la búsqueda de un enemigo al que poder echar las culpas de la destrucción de su Arcadia feliz, se ha ido creando a lo largo de más de un siglo una construcción delirante en la que supuestamente el malvado Estado español habría invadido el País Vasco en no sé que momento histórico y destruido su cultura y su armonía primordial. El éxito de este delirio colectivo es notorio, tal y como se refleja en su sus resultados: generaciones enteras de vascos educados en el odio a España y a los españoles, división, terror, chantaje permanente y cerca de un millar de muertos. Claro que a lo mejor no era este éxito el que tenían en mente sus promotores.

A lo largo de mi vida (que no voy a decir cuán larga es, aunque como pista diré que estoy poco más allá del “mezzo del camin” que decía Dante, o mencionaré a Orzowei como uno de los referentes de mi primera adolescencia) he observado el proceso de construcción de un delirio en algunas personas cercanas a mí. Personas que de jóvenes estaban llenas de inquietudes, de ganas de comerse el mundo, pero a las que la realidad no ha suministrado las certezas que necesitaban para calmar su ansiedad. Y que llegadas a la edad madura han construido una realidad de sospechas, conspiraciones y fraudes, en la que todo encaja en un esquema conspirativo destinado a acabar con ellos y a impedir su desarrollo como personas, ellos que tanto prometían de jóvenes.

Pero lo que nunca había visto, y me ha resultado una experiencia fascinante, es cómo se construye un delirio colectivo, aunque sea a pequeña escala. Y es algo que he podido ver ahora, como integrante de este incierto proyecto político que es UPyD. En realidad he tardado mucho en verlo, pues no soy de los que entraron en la primera hora o incluso anteriormente, como los que fueron integrantes de la Plataforma Pro. Yo me afilié en diciembre de 2007 y no fue hasta el 12 de enero del año siguiente cuando, tras la asistencia al acto de presentación de candidatos para las elecciones generales en el teatro Alcázar de Madrid, decidí activarme y pasar a la acción. A aquel acto acudí solo, pues entonces aún no conocía a casi nadie, y así aparezco en una foto que ha sido muy difundida, solo y asomado a uno de los palcos superiores. Pero aunque yo acudiera en solitario allí había más de 1200 personas, electrizadas por las palabras de los intervinientes, en primer lugar de Rosa Díez, pero también de Fernando Savater y de Álvaro Pombo y de Albert Boadella, y de los candidatos, creo que fueron tres, que subieron allí y nos dirigieron unas palabras a los asistentes.  Recuerdo aquel acto como uno de los dos momentos claves de mi experiencia en UPyD. El otro fue aquella lluviosa mañana de domingo en Andoaín, el 25 de enero de este año 2009, durante la presentación de candidatos para las elecciones vascas. Allí no estábamos 1200, tan sólo 200, pero muchos de los presentes habíamos estado en la presentación de candidatos a las elecciones gallegas en Santiago de Compostela el día anterior, adonde habíamos llegado enfrentándonos al mayor temporal de viento que se recuerda en muchas décadas. Pero el riesgo y la emoción de los enormes árboles arrancados por el viento que bloqueaban las carreteras se quedó en nada para mí en comparación con el sentimiento que imperaba en aquel frontón de Andoain, sobre todo cuando subieron al escenario la madre y la viuda de Joseba Pagazaurtundua para acompañar a Rosa y a varios de los candidatos. Como digo, era una mañana lluviosa y todo el mundo llevaba paraguas. Pero yo no quise coger ninguno ni refugiarme bajo el de algún otro. Así podía disimular que el agua que resbalaba por mi cara no era tan sólo la de la lluvia.

Para entonces ya no estaba tan solo en UPyD, pero en general me había limitado a trabajar en la zona de la Sierra Noroeste de Madrid, bastante alejado del mundanal ruido. A partir de ese momento mi implicación con el resto del partido aumentó y en consecuencia empezaron a llegarme ciertos rumores que hasta entonces me habían pasado inadvertidos. A falta de información mejor empecé a curiosear en ciertos foros y blogs cuya existencia hasta entonces no me había interesado ni lo más mínimo. Leí algunas cosas aparentemente bien fundamentadas, o al menos bien escritas, pero sobre todo leí todo tipo de disparates, acusaciones infundadas e insultos genéricos o a personas concretas. Luego me enteré de que había gente actuando de modo conspirativo, con intenciones para mí entonces desconocidas. Unos cuantos meses después ese maremágnum de desinformaciones, medias mentiras, mentiras completas, insidia, frustración y rencor parece haber cuajado en una completísima teoría conspiratoria, un delirio perfectamente construido según el cual unos pérfidos personajes se han hecho con el control de UPyD y se han dedicado a laminar a los disidentes para destruir todo atisbo de democracia en su seno. Como a estas alturas ya conozco lo suficiente de UPyD como para distinguir las patrañas a golpe de vista, sólo me queda observar fascinado la construcción del delirio. Y ojo, que no digo que todas las personas que participan en su construcción tengan esa visión distorsionada de la realidad. Estoy convencido de que muchos simplemente contribuyen a él por maldad, por resentimiento, por estupidez o por diversión. O hasta puede que les paguen por ello, qué sé yo. Y que tan sólo unos pocos de los que se han visto involucrados se creen que esa grotesca deformación se corresponde con la realidad. Pero el delirio está ahí, bien construido, y posiblemente ya ha adquirido vida propia. Me temo que va a ser para siempre un tumor que afecte a UPyD, pero en nuestras manos está que no se extienda y que no se convierta en un tumor maligno, que tan sólo sea un tumor benigno, que es como se llama a los que no matan. Pero molestan.

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6 respuestas a Delirios

  1. Muchísimas gracias, me sigue gustando muchísimo, es de rabiosa actualidad, en cierto modo lamentablemente.

    • alexroa dijo:

      Gracias a tí por recordarme su existencia. Lo que ha llovido desde entonces … 😉

    • alexroa dijo:

      Y más que de rabiosa actualidad, yo diría, como en la presentación, que es atemporal. Estas construcciones delirantes siempre han existido y siempre van a existir, y son muy útiles para hacer política “desde las entrañas”. Para manipular a la gente, vaya.

  2. Francisco Soto dijo:

    Me parece un post brillante, como siempre!

    Un abrazo

    Curro

  3. Pingback: ¿Ideología, sociología o psicología? | Política (i)lógica: El blog de Álex Roa, concejal de UPyD en el Ayuntamiento de Guadarrama

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