¿Ideología, sociología o psicología?


ideologiasComo a casi todo el mundo, cuando me hablan de Marx me vienen a la mente los hermanos que hicieron famoso ese apellido, en especial el gran Groucho y sus geniales frases, mucho antes de acordarme siquiera de aquel barbudo pensador decimonónico autor de ese monumental tocho que es “El capital”, que confieso no haber leído ni aún en versión “Reader’s Digest”. Y no como todo el mundo, pero sí como cualquier friqui que se precie, cuando me hablan de Hayek visualizo a una macizísima mejicana bailando semidesnuda con una serpiente pitón blanca sobre la barra de un tugurio perdido en medio del desierto y a punto de ser invadido por una horda de vampiros zombis. Y luego, si acaso, me acuerdo de ese señor viejecito defensor del libre mercado.

Vamos, que mi formación política es bastante tenue, siendo generosos, y ha consistido en la lectura de algunos títulos dispersos a lo largo de las últimas tres décadas, desde Maquiavelo (que no me parece tan maquiavélico como se suele decir, valga la paradoja) hasta nuestros días. Recuerdo, por cierto, una colección de libritos publicada en los albores de nuestra actual democracia titulada genéricamente “¿Qué es …?”, y específicamente dedicada a “el comunismo”, “el anarquismo”, “la socialdemocracia”, “el liberalismo”, etc. No los encuentro en Google ni recuerdo bien quienes eran los autores, me suena que alguno era de Ramón Tamames que en aquella época todavía era comunista. Cualquier día de estos los sacarán en “Cuéntame”, me imagino.

Y aún así, a pesar de mi escasa formación en materia política (y económica), que estoy intentando compensar desde que me dedico ella, aunque sea a tiempo parcial, creo que es muy superior a la de la inmensa mayoría de mis conciudadanos. Incluyendo a una buena parte de quienes se dedican a la política a tiempo parcial, como yo, y puede que a algunos de quienes lo hacen full-time.

Sin embargo, y al igual que pasa con el fútbol, la meteorología o el arte, por poner algunos ejemplos, no hay ciudadano español que no crea ser un experto en materia política. Y desde que comenzó la interminable crisis, más específicamente en materia de Economía Política, o de Política Económica. Así, con mayúsculas, para que se vea que son materias muy serias.

Pero demos unos pasos atrás, hasta los felices tiempos pre-crisis, cuando el número de catedráticos de Economía no se había multiplicado exponencialmente en España, y reparemos en los mecanismos que llevan a unos u otros españoles a decidir que etiqueta política autoasignarse y, consecuentemente, a qué bando acogerse.

Y es que, en mi opinión, ese es el punto clave de la cuestión. Pues descartado que, en la inmensa mayoría de los casos, la adscripción a una u otra ideología se deba a un proceso de estudio y reflexión culminado en la madurez vital, y constatando más bien que esa adscripción se suele producir en la adolescencia o en la primera juventud, independientemente de las muchas o pocas lecturas o experiencias acumuladas, es fácil concluir que la adopción de una u otra ideología obedece a una necesidad primaria de encajar en el mundo, de ser aceptados por el entorno. En el de mi adolescencia y primera juventud, en un barrio de clase media-baja, entre el instituto y la universidad, allá por los primeros años 80, contemporáneamente con el ascenso al poder del PSOE, no cabía ninguna duda: o “eras de izquierdas” o eras poco menos que un fascista criminal. Esas cosas dejan huella, y tres décadas después sigue siendo casi un acto reflejo declararse “de izquierdas” por parte de personas cuya actividad diaria no se distingue en absoluto de la de quienes ellos consideran que son de derechas. Vamos, que no serían capaces de decir en qué minuto de qué hora de cada día hacen alguna cosa que pueda ser considerada “de izquierdas”, salvo la hora de ver el programa del Gran Wyoming o el día, cada cuatro años, en que votan a sus siglas preferidas.

Lo expuesto arriba sirve igualmente para quienes se consideran de derechas. E igualmente para los nacionalistas, sean del tipo tradicionalista, pastoril y bucólico, o sean del tipo ultranacionalista radical, ese híbrido entre lo peor de la izquierda, lo peor de la derecha y lo peor de cada casa.

Desde ese punto de partida sociológico por el que la adscripción a una u otra ideología se define inicialmente del mismo modo en que uno se hace hincha de uno u otro equipo de fútbol (o bien rechaza por completo ese deporte, como me pasó a mí durante décadas), se puede evolucionar en un sentido u otro a lo largo de la vida. Y aquí es donde más probablemente puede influir la psicología. Ya dicen que “quien a los veinte años no es de izquierdas es que no tiene corazón y quien a los cuarenta no es de derechas es que no tiene cabeza”. Pero yo creo que esa es una visión demasiado simplista y no muy correcta.

Porque hay quien en esta cuestión no evoluciona en ningún sentido durante su vida, que a los quince o veinte años se autodefine ideológicamente como de izquierdas, de derechas, nacionalista o apolítico, y ni se plantea que pueda “ser” (no “pensar”, “ser”) otra cosa. Bastante tiene con llegar a fin de mes, mantener a su familia o seguir las peripecias de los concursantes de Gran Hermano. Muy probablemente este es el grupo mayoritario, un colectivo sobre el que no hace ninguna mella la realidad y que, pase lo que pase y hagan lo que hagan, seguirá votando a “los suyos”. O no votando nunca, que eso no va con él, que es de la tribu de los que no quieren ser de ninguna tribu, como más o menos decía Mafalda.

Luego están los que sí evolucionan. Los unos, gradualmente, debido a la experiencia, a un mayor conocimiento de la realidad y a la capacidad de dejar a un lado los prejuicios adquiridos en su juventud, en cuyo caso la evolución se puede dar en cualquier dirección, no necesariamente en aquella que marca el dicho mencionado sobre el corazón y la cabeza. Quiero pensar que ese es mi caso, pero claro, uno nunca es buen juez de sí mismo. Otros hay que evolucionan de golpe, al modo de Saulo cayéndose del caballo, y se vuelven feroces defensores de la ideología que por la razón que sea hayan elegido, aunque hasta hace nada hubieran defendido la contraria con igual pasión. Algo que, para mí, roza lo patológico. Y los hay que evolucionan tan solo por contacto con el medio ambiente. Digamos que tienden a confundirse con el paisaje, y si por ejemplo el paisaje es nacionalista, ellos también, por no incomodar y no incomodarse. O si se impone el lenguaje políticamente correcto, pues no van a ser ellos los que lo cuestionen. Esta especie es probablemente la segunda en población tras la de los fieles a sus siglas de siempre. O incluso pueden ser la misma especie, ya que no es incompatible el pretender ser fieles a una ideas y a unas siglas con el pensamiento blando y la adaptación gradual al medio. Y ahí tenemos como ejemplo más acabado el PSOE de los últimos quince o veinte años.

Después está el indignado, que, por mucho que lo pretendan los partidos de izquierdas, no es ni puede ser uno de los suyos. Porque el indignado puro y duro, no el que se indigna puntualmente por una injusticia en concreto, el indignado “de profesión” es alguien que sólo sabe expresarse por medio de la crítica y la queja constantes, habitualmente en muy alta voz, para que todo el mundo le oiga, que descalifica por sistema a quienes ejercen el poder y la autoridad, sean del signo político que sean, pues sólo él mismo es puro, eficaz e incorruptible y los demás, por definición, todos unos chorizos y unos ineptos.

No podemos dejar de mencionar a los conspiranoicos, entusiastas adeptos a cualquier teoría que sea capaz de explicar la complejidad de la realidad por medio de una única causa, un mecanismo de autodefensa psicológica propio de personas maduras del que ya traté en un artículo antiguo/reciente. Igualmente el conspiranoico puede caer en el lado de la izquierda o de la derecha, aunque yo diría que básicamente es un antipolítico individualista, una especie que en España aún no ha dado mucho juego, pero que parece ser muy corriente en los Estados Unidos.

Y emparentado con las especies anteriores, la del indignado y la del conspiranoico, aunque a primera vista no lo parezca, se encuentra una especie que últimamente ha proliferado mucho, abonada por la inacabable crisis que ha traído al primerísimo plano la macroeconomía y su relación con la política. Esta especie son los “expertos” en economía, titulados o más bien no, que, como son capaces de entender así sea de modo aproximado las complejas interrelaciones de la economía mundial, parecen creer que están situados en un plano superior al de los pobres mortales ignorantes que pretendemos hacer política sin estar dotados de tan elevados conocimientos. Estos autodenominados “expertos” que por lo general no disfrutan enseñando a los demás sino humillándoles, tienden a adoptar una visión determinista de la historia y de la sociedad, según la cual la voluntad humana y el deseo de cambiar el mundo a mejor no tienen sentido, regido como está éste por las inexorables relaciones macroeconómicas. O bien creen que sí se puede influir en la economía, pero tan solo de unas formas muy concretas, y en ese caso son muy dados a los dogmas y a los gurús, a citar a Keynes, a Hayek (la de la serpiente no, el otro, el viejecito) o a Krugman. A estos “expertos” que a mí me resultan especialmente cansinos me dan ganas de responderles citando las leyes de la termodinámica y las de la física cuántica, que están muy por encima de las de la enonomía y son mucho más inexorables. Y es que, como dijo muy enfadado Homer Simpson cuando su hija Lisa construyó un móvil perpetuo para la asignatura de ciencias de su colegio, “en esta casa se respetan las leyes de la termodinámica”.

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P.S. Me recuerdan desde WordPress que este blog cumple hoy tres años, así que me felicito a mí mismo.

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4 respuestas a ¿Ideología, sociología o psicología?

  1. manuel ruiz dijo:

    “¡Tres años ya, casi no lo puedo creer!” (Para los que tengan menos de 200 años aclaro que es un verso de aquel grupo madrileño denominado La Romántica Banda Local). Has puesto el acento en su sitio al señalar la adscripción a una ideología con caracter previo al oportuno razonamiento, La peña, mucha, es como yo con el furbo ….¡Barça, nunca, pase lo que pase!. Pero la irracionalidad que puede elegirse para ese deporte nunca debería ser llevada a otras esferas del pensamiento y la política ….. ¡pero así es!.
    Por lo demás, a veces me siento como otra estrofa de la misma banda, y en la misma canción: “Somos Gary Cooper y Sara Montiel, hétenos aquí entrando los dos a un bar. Dejo mis pistola sobre el mostrador, y un Stradivarius toca nuestra canción…”. Para los que tienen menos de 200 años les aclaro que la canción más famosa de ellos fue “No me gusta el rock (que me den mísica country, country”) …… (“Sombra, mi hermano era una sombra, convencido de que a occidente le huelen los pies …”)
    De nuevo felicidades que, aunque el foxtrot arrase, algunos seguimos pegados al artículo.

    • alexroa dijo:

      El Twist y el Foxtrot (Twitter y Facebook para los que tienen menos de 200 años) pueden arrasar, pero a mí me van más estos artículos que de vez en cuando (cada vez menos por falta de tiempo) perpetro. El Twitter, en concreto, cada día me parece más una cloaca.

  2. Puri Martins dijo:

    El ser humano, como ser, está en un proceso evolutivo constante y de ahí se genera la riqueza intelectual, si uno decide esa evolución. Tal vez ese proceso evolutivo sea costoso y sea más cómoda la adaptación a lo establecido, a lo conocido sin conocer y a vivir de cara a la galería, en un escaparate ficticio que permite no “ser” sino parecer, término que nos permite causar cierta impresión, a veces alejada de la realidad, pero que funciona en el sistema. Es por eso que germinan tantos expertos en todo. Sin necesidad de saber, sin necesidad de mucha preparación tienen la tribuna a su disposición…menos mal que también existe el discernimiento y tú lo reflejas muy bien en tu post.
    Felicidades por los tres años, y por la decisión de, “a tu manera”, aportar.

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