El pecado de ser madrileño (por José Manuel Ferradas)


Topographia de la Villa descrita por Don Pedro Texeira. Año 1656Toda la vida, desde muy pequeño, he tenido envidia de mis amigos de pueblo. Mis compañeros del Ramiro de Maeztu componían el catálogo de la diáspora rural que, en aquellos años, lanzaba ríos de gentes tras una quimera en forma de cemento y ladrillo (industria y progreso le nombraban) que aplanara las distancias entre hambre y conocimiento. Extremadura, Andalucía… todos, incluso Ceuta aportaba parte de su padrón a la nómina de aquel Madrid amable y receptivo. Ciudad de promisión y acogida. Quién iba a sospechar que tal sería la razón de la neodiáspora invertida.

Pues bien, yo envidiaba todo lo que de apego a la tierra ellos huían. Una parte de mí era consciente de la identidad. Chamberi, mi barrio, mi raíz, mi útero social, condujo con mano paciente y maternal aquel aprendizaje tan cotidiano de la esencia. Me susurró el sentido de palabras como integración e igualdad. Hasta la palabra hermano que, aún nacida en La Milagrosa, hizo de mi piel alfombra cosmopolita.

Hice manitas con asturianas y sevillanas. Me rechazaron gallegas y valencianas. Incluso con una extremeña ando a estas alturas en dudas sobre qué o quién empezó qué, si es que algo hubo. Todos eran mi gente. Todos mi pueblo.

Pero el tiempo, ese gran juez, se ha puesto farruco y pendenciero. Ya de antiguo se muestra pertinaz en demostrarme lo ingenuo del niño soñador que se alzaba de puntillas intentando rozar una nube con su mano. Tal era el utópico sentido de la distancia.

Ahora todo es distinto. Aquel Madrid que vivía en lenguas diversas, que acogía aromas diferentes mientras canalizaba ilusiones y futuros sin preguntar la procedencia, es el enemigo que parece haber invadido todos los territorios. Ese canalla que oprime y subyuga libertades e independencias.

Están bombardeando el aire con razones tan heroicas como el hecho diferencial. Planean escisiones por causas históricas, a veces reinventadas para que cuadren, mientras el mundo intenta borrar fronteras dejando así correr libre el sentimiento sin barreras.

Hoy, ya mayor, sigo envidiando a mis amigos de pueblo. No así a quienes pretenden liderar un camino que convierta la raíz en cepo y la historia en cárcel. Quienes quieren convertir a mis amigos en paletos ilustrados encerrados en su concha tribal. No son tiempos para complejos. Solo el cobarde se atrinchera.

José Manuel Ferradas

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2 respuestas a El pecado de ser madrileño (por José Manuel Ferradas)

  1. manuel ruiz dijo:

    ¡Bonito homenaje a mi querida ciudad! Soy hijo de cordobés y granadina y mi mujer de gadita y bilbaina, pero como decía la mamá de Serrat … “uno es de donde comen sus hijos”.
    En ningún sitio es tan cierto como en Madrid: quien aquí vive y sonrie, de aquí es. Algunos, muchos, no lo entenderán jamás. Peor para ellos.

  2. jmferradas@mdiadvisers.net dijo:

    Me alegra que te guste, Manuel. Es tan cruel que tanta gente, después de nutrirse de Madrid, la repudien con tan poco estilo…

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