Razonamientos que no son buenos pero lo parecen. O que ni lo son ni lo parecen


DialecticaDado que en estos bárbaros tiempos que nos ha tocado vivir no sólo se han perdido los modales y las buenas costumbres sino que hasta han retirado el Trivium del curriculum académico, no es de extrañar el bajo nivel que presentan nuestro coetáneos en las esenciales materias de la Gramática, la Dialéctica y la Retórica.

Unas materias que, para ejercer la profesión de político, que es de lo que solemos tratar en este blog, se diría que son esenciales, y en las cuales, quienes nos dedicamos a esa tarea u oficio, deberíamos estar suficientemente versados. Pero a la vista de cualquiera está que las cosas no son así.

No me preocupa tanto la retórica, que no deja de ser el adorno del discurso, algo para lo que hay quien está muy dotado y hay quien ni lo está ni le interesa, ni aún la gramática u organización del discurso, pues en este aspecto casi todo el mundo tiene un nivel aceptable a poco que tenga estudios primarios y secundarios, o incluso sin ellos. Siempre hay excepciones, claro, pero son muy llamativas, y por ello no falta quien se dedique a hacerlas notar.

No llaman en cambio tanto la atención los fallos en la lógica del discurso, en su relación con la verdad, que es el ámbito de la dialéctica, al menos en su sentido clásico, el anterior a Hegel y Marx, pues la palabra “diálogo” significa ”arte de conversar” (del griego “día”, reciprocidad, intercambio, y “logos”, palabra, discurso, etc). Arte de conversar en busca de la verdad, claro, no de pasar el rato de cháchara, o como se dijera en griego. Y es que no todo el mundo es capaz de detectar esos fallos lógicos, que se conocen como “falacias” o “sofismas”, y que presentan una variedad y riqueza cuasi infinita.

Porque una falacia no es necesariamente una falsedad, aunque en algunos casos también pueda serlo, sino un razonamiento mal construido, con o sin intención por parte del hablante, y en caso de ser con intención, esta puede ser buena, mala o mediopensionista. Por eso no es del todo correcto decir que una persona es falaz, como se oye en ocasiones a modo de sinónimo de “falsa” o “mentirosa”. Vamos, que se puede ser mendaz, mordaz, audaz o contumaz y hasta se puede ser feliz, pero no se puede “ser” falaz, al menos no todo el tiempo.

Detectar las falacias, como decía más arriba, no está al alcance de cualquiera, dada su riqueza, variedad y, en muchas ocasiones, sutileza. Pero como la Naturaleza nos concede distintos dones a cada uno y, como se suele decir “hay quien es muy listo pa´l polinomio y muy tonto pa’ un recao” (sí, ese dicho existe, no me lo acabo de inventar), en mi caso creo que asimilé bastante bien lo del “barbara celarent darii ferio” que estudiábamos en el bachillerato y puedo presumir y presumo, que diría Suárez, de cierta habilidad en la detección de falacias, del mismo modo que otras personas son capaces de percibir si los colores de una vestimenta conjuntan armoniosamente o los sabores de una comida maridan adecuadamente con el vino o como se diga (aunque en este punto sospecho que la mayoría de los supuestos “especialistas” mienten como bellacos).

El talento de percibir falacias o fallos del razonamiento no llega a ser un superpoder, pero sí que resulta bastante útil en la vida diaria del político, que no sólo ha de competir en dialéctica lid con los oponentes de los otros partidos, sino que ha de hacerlo, y quizás con mayor dureza, con los compañeros del propio, pues como decía el que fuera primer canciller de la República Federal Alemana, Konrad Adenauer, los grados de la enemistad, en orden creciente son: adversarios, enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido.

Así, por poner un ejemplo de un debate recurrente dentro de mi partido, si yo opino que la cuota que pagamos en UPyD, que es de 20 euros al mes, resulta demasiado alta, sobre todo para los tiempos que corren, y que convendría rebajarla para fomentar la afiliación, y alguien me responde que no “porque si cobráramos un euro al mes se nos llenaría el partido de indeseables” nos encontramos por una parte con la llamada “falacia del hombre de paja“, consistente en caricaturizar los argumentos del adversario para hacerlos más fáciles de atacar, ya que yo en ningún momento he propuesto que se baje la cuota a un euro (y realmente pienso que lo adecuado serían diez), y por otro con un argumento arbitrario aunque no necesariamente falaz. Porque a los indeseables que realmente quieran entrar en el partido para medrar no les va a echar atrás pagar una cuota de 20 euros, si piensan que en el futuro lo van a recuperar con creces, mientras que habrá mucha gente “deseable”, sin más ambición que echar un mano y sin pretensiones de recuperar su “inversión”, para quienes los 20 euros mensuales constituyan una insalvable barrera.

El anterior ejemplo lo es de una falacia claramente malintencionada porque se combina con un argumento arbitrario, pero hay otros muchos de falacias sin intención, ni buena ni mala, simples errores de la argumentación que pueden corregirse con la práctica de la dialéctica.

Lo que tiene difícil remedio son aquellas otras prácticas que atacan los principios básicos del diálogo, que ni son falacias ni aún siquiera pueden ser consideradas como argumentos. Unas prácticas, desgraciadamente, extendidísimas entre nuestros conciudadanos, políticos incluidos. Veamos algunas:

Debate por amontonamiento. Practican esta modalidad de debate quienes se limitan a acumular datos y más datos, que no ideas, con intención de abrumar al adversario y ganarle por aplastamiento. Esto pasa mucho con los debates sobre el nacionalismo, en los que siempre hay “eruditos” especialistas en los más mínimos detalles históricos que puedan fortalecer su postura. Si uno se deja llevar por ese camino está perdido. Y a mí, sinceramente, y a pesar de haber estudiado Historia, me importan más bien poco los enguajes que hicieran entre Ramiro II el Monje, su hija Petronila y el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV hace casi nueve siglos. No me dice nada respecto de la cuestión del deseo de independencia actual de algunos o muchos catalanes y del modo en que se debe tratar dentro del estado autonómico, monárquico y parlamentario del siglo XXI. Eso sí, cuando hagan la serie “Petronila” para televisión no me la pienso perder, sobre todo si escogen a Blanca Suárez para el papel protagonista.

Debate competitivo. Esta modalidad de debate es muy habitual entre el pueblo llano, especialmente a la hora de contar anécdotas, pues por muy satisfecho que te muestres a la hora de contar una propia, siempre habrá alguien que a continuación contará una que la supere, no importa lo poco o mucho que tenga que adornar o, directamente, inventar, para quedar por encima. SIEMPRE. En política se usa mucho, pero sobre todo en sentido contrario. Es el famoso “y tú más“, que, si nos paráramos un segundo a pensarlo realmente lo que significa es “y yo menos“. O sea: “tú y yo somos corruptos, pero yo menos” o “tú eres un mentiroso y yo también, pero yo menos”. Porque quien no se ve a sí mismo como mentiroso o corrupto no usa nunca el “y tú más”, simplemente señala.

Diálogo de besugos o yo te hablo del perro y tú me hablas del gato. Desgraciadamente ésta es la forma más habitual de “debatir” entre nuestros conciudadanos, y no sé si entre los de otras naciones porque no he vivido más que en España. Es lo más habitual y hay que conllevarlo, porque normalmente no hay mala intención, es que hay gente que no da para más. Lo malo es encontrarse con alguien que practica este tipo de “diálogo” convencido de que es un consumado artista de la dialéctica. Discutir con alguien así es una experiencia desquiciante, pues rompen continuamente las reglas básicas del diálogo, cambian el modo de enfocar el tema e incluso el propio tema, introducen toda clase de falacias (consciente o inconscientemente), intentan en todo momento pillarte en un renuncio y, en general, practican toda clase de trampas. Y cuando, harto de intentar mantener un debate digno de tal nombre, renuncias a seguir hablando con ellos, te miran con sonrisita condescendiente, te pasan la mano por el lomo y te dicen que no hay enfadarse por tener opiniones diferentes, que lo importante es llevarse bien. Llegados a ese punto yo ya ni siquiera soy capaz de decir que no es una cuestión de opiniones, que es cuestión de respetar las reglas del debate, y que yo he pretendido jugar una partida de ajedrez y él ha sacado un dado y ha empezado a jugar al parchís con los peones y a las cuatro en raya con los caballos y los alfiles. Y es que llegados a ese punto me palpita una vena que tengo en el cuello, mi riego sanguíneo cerebral se encuentra seriamente comprometido y mi capacidad de articular palabras queda reducida a la emisión de gruñidos de baja frecuencia.

Lanzamiento de muertos. Esta acreditada técnica de debate es muy querida por los partidos de izquierda, siempre atentos a las estadísticas o a los casos particulares de fallecimientos de un modo u otro achacables a la crisis, a los recortes, a los deshaucios o a cualquier otra cosa que les sirva para arrojar muertos a los gobernantes de derechas. Y como todo lo malo se copia, no creo que tardemos en ver a los de derechas haciendo lo propio. O quizá ya lo hayan hecho y se me ha pasado por alto.

Pero no sólo como arma ofensiva se usa el lanzamiento de muertos, también es posible usar esa técnica de modo defensivo. Y así no era nada raro hasta hace bien poco para los que somos contrarios a la tauromaquia y a la tortura de animales en general que se nos respondiera con la contundente e incontestable frase: “más mata la ETA”. Confieso que cada vez que alguien me salía con eso, no importaba cuántas veces lo hubiera escuchado antes, me quedaba bloqueado física y emocionalmente, sin saber qué responder ni cómo, ocupado como estaba en quitarme de encima el descomunal peso de los cientos de muertos asesinados por la brutal banda terrorista que mi interlocutor había arrojado inesperadamente sobre mí.

Afortunadamente, hace unos años que no se oye esa frase, y no porque sus emisores hayan aprendido a razonar mínimamente, claro está, pero la técnica aún está en vigor. Sin ir más lejos ni en el espacio ni en el tiempo, hace una semana, discutiendo una vez más sobre los toros a cuenta de la feria taurina de mi pueblo con un concejal del equipo de Gobierno, médico para más inri, por lo que se le supone una persona ilustrada, me soltó que en no se qué país remoto una niña de diez años había resultado muerta en su noche de bodas y que eso no escandalizaba a nadie. No sé si será por la experiencia de estos años en política o porque el liviano peso de aquella pobre niña no era nada comparado con las toneladas de muertos apiladas por la sangrienta banda del Norte, el caso es que estuve sumamente ágil al reprocharle lo falaz de su argumento. A partir de ahí el debate mejoró bastante. Ninguno convenció al otro, pero al menos ninguno de los interlocutores se dedicó de ahí en adelante a torturar, retorcer y menos aún a violar las sacrosantas reglas de la dialéctica. Que no es poco.

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13 respuestas a Razonamientos que no son buenos pero lo parecen. O que ni lo son ni lo parecen

  1. falacia.

    (Del lat. fallacĭa).

    1. f. Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien.

    2. f. Hábito de emplear falsedades en daño ajeno.

    Real Academia Española © Todos los derechos reservados

  2. Diccionario de sinónimos y antónimos © 2005 Espasa-Calpe:
    falacia

    engaño, fraude, trampa, dolo, falsedad, mentira, embuste
    Antónimos: verdad, autenticidad

  3. Alicia dijo:

    Me encanta el articulo… llevo toda la vida siendo víctima de esas agresiones verbales y no les había puesto nombre. Como defensora de los animales he pasado por todas y cada una de esas modalidades de terrorismo emocional que mencionas y he aprendido a desarrollar contraataques a la altura de tales rivales. Te lo recomiendo por salud, para que no te salga una úlcera de estómago y para desarmar a tus enemigos usando sus mismas trampas y su ausencia absoluta de normas.
    Por ejemplo cuando alguien me dice:” Así que eres vegetariana porque te da pena que maten a los animales?? Pues ya podías mejor preocuparte por las personas que se mueren de hambre o por el terrorismo..” Mi respuesta es esta: “Pero hombre no te enfades, no te pongas así si estoy de tu lado, si estoy a favor de que no maten a los cerdos ni a las vacas (dependiendo de si es hombre o mujer)·”

    • alexroa dijo:

      Muy bueno lo de los cerdos y las vacas. Me lo apunto, por si me hago vegetariano.

      • manuel ruiz dijo:

        ¿Vegetariano tu? ¿Y qué sería de la transversal cecina?
        (Para novicios: “Frente al caracter proletario del chorizo, y el indudable sesgo hacia la derecha del jamón, la cecina ocupa ese lugar sociológico que a UPyD tanto interesa”)

      • alexroa dijo:

        Yo entiendo la transversalidad de otro modo. Nada de elegir entre el chorizo, el jamón y la cecina. ¡To’ pa’ mí!

  4. manuel ruiz dijo:

    ¡Si Señor! Bien explicado. A mi el que me sulibella (como aquello perjúmenes de la canción) es el “diálogo de besugos” asistido del “amontonamiento”. Cuando el interlocutor no sólo baila, finta, y salta de flor en flor, sino también apoya sus despropósitos con los montones de datos a los que te refieres.
    Y mira que importante es qué se escriba y según se escriba. Dices:
    “los que somos contrarios a la tauromaquia y a la tortura de animales en general” …. y lo leo tan tranquilamente.
    Si hubieras dicho:
    “los que somos contrarios a la tortura de animales y a la tauromaquia en particular” … andaría aquí rumiando “jum, jum, jum…”

  5. Jose dijo:

    Álex, tenía trabajo atrasado en este blog y hoy me he puesto al día. Sigues en forma.

  6. Maruja dijo:

    ¡Qué exitazo Alex, el artículo está soberbio! Ves yo de las premisas, aunque me acuerdo de sus nombres nunca supe para lo que servían.

    ¡El pueblo llano!

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