No sólo los políticos exprimen la vaca


vacaslinealesDe entre los muchos mitos que están resurgiendo al calor de la interminable crisis  cual ave fénix de sus cenizas, uno de los que lo han hecho con mayor vigor es el del pueblo ingenuo y bondadoso sojuzgado por unos pérfidos dirigentes surgidos de quién sabe dónde (¿alienígenas quizá?) y conocidos como “los políticos” o “la clase política”. Como todo buen mito se basa en la dualidad Bien/Mal, y ocioso sería decir quién es quién es quién en este relato.

Poco dado como soy a la visión mítica de la realidad, aunque muy aficionado a la fantasía de ficción, a mí la mención de la palabra “pueblo” por lo general no me sugiere otra visión que la del mío, Guadarrama, con su iglesia y su casa consistorial, donde paso tantas horas cada semana (en el ayuntamiento, no en la iglesia), su plaza, su río Guadarrama y al fondo la sierra de (¿lo adivinan?) Guadarrama. O si acaso me vienen a la mente los vecinos pueblos de Alpedrete, Cercedilla o San Lorenzo de El Escorial, encantadores sitios todos ellos.

Pero si me fuerzo a pensar en el otro sentido de la palabra “pueblo” lo primero que me viene a la mente es una comitiva de cientos de miles de hebreos peregrinando detrás de un Moisés con la cara de Charlton Heston (inevitable) en pos de la Tierra Prometida. Haciendo un esfuerzo aún mayor me imagino a las hordas mongoles recorriendo las estepas euroasiáticas de un extremo a otro y arrasando hasta los cimientos toda aquella ciudad que se les opusiera. Eso sí que era un pueblo bravo, los mongoles. Ingenuos, quizá, al fin y al cabo vivían montados sobre sus caballos, pero de bondadosos tenían lo justo.

Otras muchas imágenes me vienen a la mente ante la mención de la palabra “pueblo”, pero lo que no consigo nunca es encajarla con la población española salvo que la consideremos en conjunto, es decir, “el pueblo español”, tal y como es mencionado en el artículo 2 de la Constitución, que dice que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. Entendido así, el pueblo somos todos los españoles salvo el Rey Juan Carlos I, encarnación del Estado, aunque no sé si Juan Carlos de Borbón y Borbón, en su calidad de persona de a pie, muletas y DNI, también cuenta como parte del pueblo, lo que ya sería una sutileza para especialistas.

Así que lo que no consigo entender es esa distinción entre “el pueblo” y “los poderosos”, entes supuestamente separados o clases diferenciadas. Y no consigo entenderlo porque, quienes hacen uso alegremente de esa distinción no son capaces de poner un límite mínimamente claro entre unos y otros cuando se les pregunta al respecto, que ya no estamos en la Edad Media, cuando el mundo se dividía en siervos y señores con todas las de la ley. Del mismo modo que les pasa a algunos de mis compañeros de trabajo cuando despotrican alegremente contra “los jefes” y les pregunto que a partir de qué nivel de jefes se refieren, porque la Administración tiene muchos y numerados niveles, y yo ocupo en estos momentos uno de Jefe de Servicio nivel 25, que no es de los que toman decisiones importantes pero sí de los que tienen que hacerlas cumplir. Lo que viene a ser un capataz, vaya, que a la hora de las revueltas son los primeros, y muchas veces los únicos, que acaban colgados boca abajo de una higuera, no digo colgados de qué parte.

Y con lo que ya no puedo estar de acuerdo en modo alguno es con esa visión del pueblo llano y bondadoso, incapaz de malicia alguna, contrapuesto a sus voraces dirigentes políticos, dedicados a la rapiña del Estado en beneficio propio. Podría argumentar, si fuera economista o al menos entendiera algo del asunto (¿hay algún economista en la sala?), con la “teoría de la elección pública” de James M. Buchanan Jr. que dice, entre otras cosas, que un sistema de libre competencia entre partidos políticos lleva inevitablemente al déficit porque se busca el apoyo de los distintos grupos de votantes mediante diversos programas de gasto. O podría mostrar, si fuera un ciudadano que lee diariamente los periódicos (este sí que soy yo), lo que está ocurriendo en Andalucía con la investigación de los ERE fraudulentos y otros casos de corrupción asociados por parte de la indómita juez Alaya. Porque, aparte de los ciento y pico imputados, algunos de ellos altos cargos de la administración o de los sindicatos, ¿cuántos beneficiados ha habido entre ese “pueblo llano y bondadoso”, una parte del cual se ha congregado delante del juzgado para intentar amedrentar a la juez, que se ha visto obligada a llevar escolta? Se me podrá decir que esos acosadores no eran parte del “pueblo”, que eran sindicalistas, y así hasta dejar el famoso “pueblo” reducido a las raspas.

Muy probablemente el caso de Andalucía, tras más de treinta años de gobiernos socialistas conchabados con los grandes sindicatos, es el máximo ejemplo que se puede encontrar en España de abuso y saqueo por parte de gobernantes y gobernados de los recursos públicos, sean los ERE, el PER, las innumerables subvenciones a cual más disparatada o cualquier otra forma de las infinitas que hay de exprimir la vaca del Estado, es decir, de repartirse entre unos cuantos lo que es de todos. Y no unos cuantos políticos, sindicalistas y empresarios de alto nivel, la llamada “casta” contrapuesta al “pueblo llano”, no. Las redes clientelares pueden llegar a ser muy amplias, aunque siempre limitadas, claro, pues si llegaran a todo el mundo no tendrían sentido como tales. Y hay que procurar mediante el palo y la zanahoria que los atrapados en la red compitan entre ellos, y que los que no lo están luchen por estarlo.

Pero no hace falta sobrepasar la raya entre lo legal y lo ilegal, muy difusa en España por lo que parece (algo que ejemplifica el famoso “¿con IVA o sin IVA?”), ni siquiera entre lo lícito y lo ilícito, aún más tenue. Incluso sin salirnos de lo que es lícito y/o legal la cultura cívica de nuestro país se basa en unos principios que casi nadie pone en cuestión:

1) Si no es de nadie, es mío

2) Si es gratis, me lo llevo

3) Si hay algún beneficio posible, es de tontos no aceptarlo

Principios que, al ser interpretados generosamente, llevan a que en España a nadie se le ocurre dejar una bicicleta sin atar, pero que incluso sin forzarlos ni un poco ni crearnos incomodidad alguna nos permiten tener una auténtica farmacia en casa, acudir al médico cada vez que tenemos un catarro o acogernos a cualquier beneficio o subvención disponible aunque no nos falte precisamente el dinero.

Sobre este último punto, hace muchísimos años que mantengo una discusión con mis compañeros de trabajo a cuenta de las ayudas sociales que dan las distintas administraciones a sus empleados (reducidas a casi la nada durante estos últimos años, por cierto). Estas ayudas sociales se dan por cuestiones médicas, para transporte, para los hijos, para la adquisición de vivienda o para estudios, principalmente, y aunque se entiende que es para las personas que realmente las necesiten, realmente se las han dado a cualquiera que las pidiera, así de generoso ha sido papá Estado durante décadas. Y como yo nunca he querido pedirlas, salvo cuando me compré mi piso, que entonces sí que estuve un poco apurado de dinero, mis compañeros, casi sin excepción, me han tachado de tonto de todas las maneras posibles, salvo la de llamarme “Toro” como al compañero de El Llanero Solitario (que en la versión original se llama Tonto, por si alguien no lo sabe, que todo puede ser). No diré que a todos, pero a la gran mayoría de mis compañeros, gente perfectamente honrada y trabajadora por lo demás, les parecía una excentricidad por mi parte que, pudiendo pedir una ayuda, bastante generosa, por cierto, para pagar mis estudios de Historia del Arte, carrera que hice ya trabajando en el Instituto Nacional de Meteorología, no lo hiciera. Y aunque yo argumentara que esa carrera no tenía nada que ver con mi trabajo, que la estudiaba por amor al arte (literalmente), y que por lo tanto no me parecía correcto que el Ministerio de Medio Ambiente me la subvencionara, al final lo que quedaba es que Álex Roa es tonto, porque pudiendo exprimir la vaca del Estado sin cometer ninguna ilegalidad y con el parabién de todo el mundo, no lo hace.

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5 respuestas a No sólo los políticos exprimen la vaca

  1. Alfonso dijo:

    ¡Ay qué poco hemos cambiado! El tono de tu artículo recuerda a los de Larra o a los de los regeneracionistas del 98. Siempre lo mismo, y es que seguimos estando donde siempre. Y, evidentemente, tenemos los políticos que nos merecemos.

  2. manuel ruiz dijo:

    La rapiña está generalizada. Hay quien especula con una vivienda y quien, porque tiene más, especula con 1.500. Pero el acto es el mismo.
    Una vez, “haciendo la calle” con UPyD, un señor ya mayor se me quejó durante 15 minutos, sin exagerar, del robo sistemático que, según él, perpetraban “los políticos”. Cuando aturdido le pregunté qué había que hacer en su opinión, su respuesta fue clarísima: “Mire Ud. yo no se, pero si pudiera me llevaba todo lo que pudiera…”
    Y, claro, así está el percal.

  3. PERI dijo:

    ¿Que se puede esperar de un pais en el que rige la fórmula matematica: HONRRADO=JILIPOLLAS?

  4. Pingback: Bitacoras.com

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