Ya está aquí el Segundo Congreso de UPyD


BannerGrandeSegundoCongresoUPyDNo estoy muy seguro de que veinte años no sean nada porque pienso en como era yo mismo hace dos décadas y, además de lo que es tan evidente que hasta las fotografías lo reflejan, algo creo haber cambiado. Pero lo que sí que siento como cierto es que los últimos seis años, desde mis inicios en UPyD, apenas dos meses después de su fundación, han sido vistos y no vistos. Y más en concreto, los cuatro años transcurridos desde el Primer Congreso del partido, se me han pasado en un suspiro. 

El caso es que ya está aquí, ya llegó, el Segundo Congreso de UPyD. Durante tres días mal contados, porque el Congreso empieza oficialmente la tarde del viernes 1 de noviembre y se clausura la mañana del domingo 3, elegiremos a nuestros órganos directivos, tanto el Consejo de Dirección, que es el órgano ejecutivo, y para el que en esta ocasión sólo hay una candidatura, la encabezada por Rosa Díez (y es que somos un partido con un liderazgo claro, dicho sea sin el más mínimo asomo de ironía), como el Consejo Político Nacional, que es el órgano deliberativo, el “parlamento” de UPyD por así decir, y para el cual todos los afiliados pueden presentar candidatura (me dejan hasta a mí, así que qué vamos a decir, esta vez sí dicho con una cierta ironía), sin olvidar los diversos órganos de control interno. Y es que en los partidos políticos también hay separación de poderes, o ha de haberla.

Además de la elección de los diversos órganos, en el Congreso se debatirán las ponencias política y de organización. Y aunque la cosa suene muy interesante, la velocidad con la que hay que tratar las diversas enmiendas que los afiliados hemos presentado a las ponencias hace que no sea una tarea excesivamente grata. Vamos, que esto no es como los concilios de la Iglesia Bizantina, que se tiraban meses discutiendo sobre el sexo de los ángeles, literalmente, mientras los otomanos asediaban la ciudad.

No, aquí va todo muy deprisa, demasiado acelerado para mi gusto, pero quizá no quede otro remedio que hacer las cosas así en estos tiempos. O quizás solo sea que nuestro partido político se ha adaptado sin dolor a las costumbres imperantes que tan bien se describen en “Aquí no dimite nadie“:

“Pasa desapercibido que los estatutos de los partidos han evolucionado mucho en estos 35 años, todos en igual dirección, anulando los controles internos. Los congresos anuales (AP) o bienales (PSOE, CDC) en los años setenta han pasado a ser cada cuatro años (se hacen convenciones de vez en cuando para entretener a los escasos afiliados y fijar mensajes). Los órganos de control de las direcciones, los parlamentos internos (Juntas Directivas del PP, Comités del PSOE, Consells o consellos de CDC, BNG, etc), han pasado de reunirse cada cuatro meses a hacerlo cuando quiere la dirección; se han hecho multitudinarios con centenares de miembros que han pasado de ser elegidos en listas abiertas, votadas por los delegados a los congresos o los afiliados, a listas bloqueadas y sistemas más confusos. Sus escasas reuniones se han convertido en auditorios de los dirigentes en vez de debatir y votar su gestión.”

Y es que todos los partidos políticos tienden a parecerse en usos y costumbres, cosa nada extraña, pues se comparte actividad y un objetivo básico, que es influir lo máximo posible en la sociedad de la que forman parte. Hasta en los detalles menores hay coincidencia y así, en UPyD, hay algo más de un 25% de mujeres y algo menos de un 75% de hombres, o una fémina por cada tres varones, más o menos como en los demás partidos, lo que implica que el sistema de cuotas y de listas cremallera sea claramente injusto. Y también en UPyD compartimos algunos usos con los demás partidos, como la costumbre de abrazarnos unos a otros. Una costumbre que, según los mal pensados, se debe a que no recordamos en qué espalda dejamos clavado el puñal la última vez y por eso andamos siempre buscándolo.

Ahora bien, una vez señaladas las inevitables semejanzas entre unos y otros partidos políticos, corresponde hacer lo propio con las diferencias, porque son esas diferencias las que hacen que se vote a uno u otro partido y, aún más, que se milite en uno y no en otro. ¿Se puede decir entonces que hay grandes diferencias ideológicas entre UPyD y el resto de partidos del espectro político español? Pues yo diría que en teoría no, ya que nos movemos entre la socialdemocracia y el liberalismo, ideologías a las que ya se adscriben, al menos teóricamente, otras fuerzas políticas. La diferencia, por tanto, ha de estar en otro sitio, uno que los militantes de UPyD conocemos bien, aunque no siempre sepamos definir, y que tiene que ver más con la ética que con la política propiamente dicha.

Reflexionando sobre estas cuestiones, me he encontrado recientemente un artículo que hace referencia a un texto de Gilbert Keith Chesterton, concretamente al último párrafo de su ensayo político “What´s Wrong With the World” (“Lo que está mal en el mundo”), publicado en 1910. Ese párrafo es el final de una larga reflexión y Chesterton llega a él tras aludir “a una ley promulgada en aquel periodo en el Reino Unido según la cual, para evitar las epidemias de piojos en los barrios pobres, los niños de la clase obrera deberían llevar las cabezas rapadas“. Esa aberración le parece a Chesterton un perfecto punto de partida para subvertir el orden social, y así nos lo hace saber en ese extraordinario párrafo final que, aunque ya lo he leído un montón de veces, me hace asomar las lágrimas en cada ocasión:

“[Hay que empezar por algún sitio y] yo empiezo por el pelo de una niña. Cualquier otra cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena madre por la belleza de su hija es bueno. Es una de esas ternuras que son inexorables y que son la piedra de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en su contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias. Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el pelo limpio. Porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una distribución de la propiedad, debe haber una revolución. La pequeña golfilla del pelo rojo, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser mutilados y destrozados para servirle a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos caerán, pero no habrá de dañarse un pelo de su cabeza.”

Pese a la poderosa belleza de la imagen de la cabellera pelirroja de una golfilla del arroyo actuando como antorcha con la que prender fuego al orden establecido, tengo muy claro que no es algo así lo que quiero para mi partido. No se trata de subvertir el orden ni de echar abajo la civilización occidental, y cuando decimos que somos un partido revolucionario no lo decimos en ese sentido, ni mucho menos. De ahí que nunca me haya gustado la imagen de “la marea magenta”, uno de los eslóganes de nuestro partido, un fenómeno natural, las mareas, que algunos confunden con los destructivos tsunamis, pero en los que la mayoría no parece haber reparado en que son un movimiento periódico de flujo y reflujo, de subidas y bajadas del nivel del mar, por lo que difícilmente se puede usar como metáfora de un avance continuo.

No, no queremos hacer esa clase de revolución violenta en UPyD. Más bien se trata de hacer limpieza, de recobrar el respeto por las reglas de convivencia, de conservar y reparar lo que está bien y de desechar lo que está mal, que no es poco.

Pero sí que es necesaria una revolución de otra clase, más sutil quizá, pero más duradera. Una revolución que consista en que los políticos digamos la verdad de las cosas a los ciudadanos votantes, da igual lo dura que sea, incluso si se refiere a temas tan delicados como el futuro agotamiento del dinero disponible para las pensiones, consecuencia inevitable de la evolución de la pirámide de población y de otras cuestiones relacionadas. Porque lo que hacemos todos los partidos políticos, se diga lo que se diga de cara a la galería, es halagar a nuestros votantes, considerándolos no como ciudadanos sino como colectivos, y prometiendo cosas que muchas son incompatibles entre sí. Lo mismo da si se refiere a colectivos regionales (algo que en UPyD tenemos bien claro que no hay que fomentar) como a colectivos de edad o de estátus social o laboral.

Pero para que exista un partido tal que sea capaz de decir la verdad a la cara de los nada inocentes ciudadanos, que sea capaz de tratar a los votantes como a mayores de edad en vez de dorarles la píldora para buscar su voto, hace falta que la gente que integre ese partido sea valiente. Valiente de verdad, no un gallito frente a los rivales, una ovejita bajo los superiores y un chacal sobre los inferiores. Porque el valor, como creo que decía Napoléon, es la única virtud que no se puede simular.

Y puesto que un partido que pretende revolucionar la forma de hacer política usando la verdad al tiempo como escudo y lanza ha de estar integrado por personas valientes, es a partir de esas personas valientes alrededor de las cuales hay que construir el partido, dejando su justo y necesario espacio a la estructura y a la burocracia, siempre necesarias pero siempre un medio, nunca un fin. Y compartiendo la valentía el espacio con la lealtad y el respeto mutuos, con la valía intelectual y con el compromiso. Todos ellos en igualdad de condiciones. Ese es el partido político en que yo quiero estar porque sólo un partido así puede ofrecer garantías de que va a luchar por el bien común de todos los españoles, independientemente de donde residan, de su sexo, de su edad, su religión, su orientación sexual, su patrimonio, su actividad o su ideología.

Para finalizar, y parafraseando descaradamente a Chesterton, grande entre los grandes, con el rojo corazón de esos valientes se ha de hacer arder hasta los cimientos el burdo edificio de patrañas, falacias, falsedades, medias verdades, medias mentiras y mentiras completas que constituye el escenario de la actividad política en nuestro sufrido país.

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6 respuestas a Ya está aquí el Segundo Congreso de UPyD

  1. Y añado. Como la mujer del César, un partido político no solo debe ser honrado sino además parecerlo. Honestidad y transparencia. Palabras desconocidas para los partidos políticos que nos llevan gobernando desde hace décadas en este país. Necesitamos de formaciones políticas que no subestimen la inteligencia de su ciudadanía y que no nos traten como ignorantes porque no lo somos. Si UPyD es capaz de ello, adelante y ojalá no nos defrauden y engañen como han hecho otros.

    • alexroa dijo:

      Nunca me ha gustado mucho ese dicho de la mujer del César. Lo importante es serlo, porque en cuanto a parecerlo, ahí está la cita de Groucho Marx: “El secreto del éxito se encuentra en la sinceridad y la honestidad. Si eres capaz de simular eso, lo tienes hecho.”

  2. Sobre todo me quedo con una frase de tu entrada: “…hace falta que la gente que integre ese partido sea valiente. Valiente de verdad, no un gallito frente a los rivales, una ovejita bajo los superiores y un chacal sobre los inferiores. Porque el valor, como creo que decía Napoléon, es la única virtud que no se puede simular”, porque esa valentía lleva implicita el decir lo que se piensa, el aportar ideas para que este proyecto -al cuál asedian cada vez más otomomanos- consiga, finalmente, regenerar las estructuras políticas y conseguir que este País sea mejor para los ciudadanos.

  3. manuel ruiz dijo:

    Pero nunca será bastante con que “la gente que integre ese partido sea valiente”. En mi opinión esa es sólo la primera de las condiciones. Pero nada de eso vale nada si el ciudadano de a pie no lo es. Esa es la principal batalla: conseguir que cada cual se considere responsable.
    Sólo se conseguirá a través de la educación. Menos mal que nuestros gobernantes han dado y dan sobradas muestras de lo importante que es para ellos ……

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