Poliédrica política


poliedroTras seis años metido en el fregado de la política me empieza a pasar con su definición lo mismo que le pasaba a San Agustín respecto a la del tiempo (cronológico, no meteorológico), que “si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”.

Y es que, más allá de las definiciones formales, que cubren ya de por sí un amplio campo que va desde la mera actitud cortés (de ahí lo de “políticamente correcto”, que tiene que ver más con la urbanidad que con la política propiamente dicha, al menos a mi entender) hasta su definición como “rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por hombres libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva“, ahí es nada, la idea que el ciudadano de a pie tiene sobre la política abarca una enorme variedad de actitudes, manifestaciones y actividades que, en puridad, no son propiamente políticas. Y esto puede ser un reflejo a su vez de la capacidad de la política para extender sus tentáculos por todos los aspectos de la sociedad, sin que haya ningún asunto lo bastante grande para no intentar abarcarlo ni lo bastante pequeño como para que no merezca la pena introducirse en él. Vamos, que hoy en día todo está politizado. Hasta la política está politizada.

Porque a pesar del aparente rechazo que produce, patente en ese chiste que dice que lo fea que es la política se demuestra en que al unir ese concepto con el más bello que hay, que es el de “madre”, sale algo tan desgradable como “madre política”, lo cierto es que a prácticamente todo el mundo le encanta hablar de política. O, más propiamente, criticar a los políticos y a su actividad, más fácil lo primero que lo segundo, por más visceral y porque requiere menos conocimientos.

En mi caso, además de hablar de o sobre política como consecuencia de mi cargo de concejal en mi pueblo y miembro activo de un partido político, lo hago continuamente con amigos, familiares o compañeros de trabajo, pero eso sí, casi nunca empiezo yo. Me pasa como con la meteorología, que si hablo del tema con gente ajena al gremio es porque alguien me interpela con un “oye, tú que eres meteorólogo” (o, muy habitualmente, “tú que eres metereólogo“, nótese la sutil diferencia) para a continuación hacerme alguna pregunta sobre astronomía, geología, física cuántica, taxidermia, astrología o, en algunos días buenos que marco en mi calendario con alegría, el tiempo o el clima. Dado que, por regla general, la mayor parte de nuestros conciudadanos españoles cree que la predicción del tiempo se hace exclusivamente a partir de las imágenes del satélite Meteosat (no me lo invento, hay una encuesta al respecto pero ahora no la encuentro para enlazarla) tampoco tiene mayor importancia generalmente el responder a esas desatinadas preguntas sobre cualquier otra ciencia, pseudociencia o superstición, aunque sólo se tenga una vaga idea al respecto, o ni eso. Total, qué es una gota más de ignorancia en semejantes océanos.

Pues con la política, lo mismo. Y así me sucede día sí y día también que alguien empieza una conversación conmigo (o más bien “contra mí” en muchos casos) con alguna de las consabidas muletillas “oye, tú que estás en política” o “tú que eres de upeydé”, o bien con alguna alusión a declaraciones recientes de Rosa Díez o de Toni Cantó (si es algún otro miembro de UPyD el mencionado doy saltos de alegría) y tras escasos minutos de intercambio de pareceres mi interlocutor intenta dar por acabada la conversación con un “si a mí en realidad no me interesa la política” o un “bueno, yo de esos temas tampoco sé mucho”. Claro, si se trata de despellejar a unos y a otros políticos, con preferencia a los de algún bando, podemos tirarnos toda una mañana, pero si de verdad se intenta hablar de política, es decir, de analizar problemas y de buscar soluciones, entonces ya no es tan entretenido.

Y eso, tristemente, es lo que significa la política para la mayoría de nuestros compatriotas, e imagino que será igual en el resto del mundo libre. Un desahogo gratuito y socialmente bien visto que además te permite formar parte de una gran comunidad de criticones subdividida a su vez en varias corrientes aproximadamente enfrentadas entre sí, muchas veces sin saber muy bien por qué. Pero es que es muy cómodo adscribirse a una u otra de esas corrientes y encerrarse uno mismo en esas jaulas mentales sabiendo que no vas a estar solo en ellas, al contrario, estarás multitudinariamente acompañado. Jaulas que, aunque por una parte tengan la desventaja de estar encerrado, también sirven como fortaleza desde la que disparar a los de las otras jaulas, igualmente bien protegidos y amparados en la fuerza del número. O, mejor aún, disparar sobre los escasos individuos (estos sí “individuos”, no colectivos) que han preferido no refugiarse en ninguna de esas jaulas-fortaleza y que por tanto son blancos facilísimos para todos los demás.

Lo del párrafo anterior vale tanto para todos aquellos que son sólo aficionados a la política (que es la mayoría de la gente, se diga lo que se diga) como para quienes hacen de ella su modo de vida, aunque sea parcialmente, como es mi caso. Pero para estos últimos se da un salto cuantitativo y cualitativo realmente notable porque ya no se trata de teorizar sobre la política con mayor o menor conocimiento, sino de vivirla. Y es que la política engancha, eso es una realidad. Y aunque esté bastante extendida la opinión de que “el que entra en política es nada más para robar”, esa es una visión sumamente simplista que realmente a quien retrata es a quien la emite, ya que no es capaz de imaginar otra posibilidad. Yo diría más bien que el que entra en política lo hace con la intención de influir en las vidas de los demás. Que los motivos por los que pretende influir sean nobles o innobles, lícitos o ilícitos, sublimes o perversos, es otra cuestión, no menor ni secundaria, pero otra cuestión.

Y es en ese campo, en el de los motivos y en el de los medios para conseguir los objetivos propuestos, suponiendo que en general los fines son aceptables (no siempre es el caso, claro), donde la política se entrecruza con la ética hasta el punto de hacerse indistinguibles.

No creo que haya ninguna otra actividad humana en la que la implicación con la ética, omnipresente en todas ellas, sea tan profunda. Ni siquiera la justicia, pues pretende basarse en unas leyes que funcionarían casi al modo de las físicas o de los teoremas matemáticos (y aquí se produce una interesante confusión pues las leyes físicas “se descubren” y no podrían ser muy diferentes de como son, mientras que las del derecho “se elaboran” y podrían ser de otras muchas maneras igualmente legales, por lo que no son inexorables). Y así, si el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, que sabe mucho de esas leyes, dice que al aplicar el logaritmo neperiano a las reducciones de condena por los múltiples crímenes de ciertas alimañas y multiplicar por la raíz cuadrada de pi medios, resulta que no sólo tendrían que haber salido de la cárcel hace años sino que corresponde que los familiares de sus víctimas pasen un tiempo en prisión para compensar a las alimañas el dolor que el cruel y opresor Estado Español les ha causado innecesariamente, pues así tendrá que ser. Dura lex sed lex y toda esas gaitas.

No es el caso de la política. Al fin y al cabo son los políticos los que elaboran las leyes, además de ejecutarlas y de hacer otras muchas cosas que las leyes ni siquiera contemplan. Y aquí no sirve acogerse a unas “leyes políticas supremas” pues el objetivo principal es el bien común al que se puede llegar de múltiples formas. Hablo de las democracias, claro está, porque en una dictadura personalista del tipo de Guinea Ecuatorial no creo que exista siquiera ese concepto del bien común, y en países como Irán o Corea del Norte, aunque exista, estará profundamente pervertido por sus supremas leyes islámicas o comunistas.

Y como las posibilidades son muchas y variadas, también lo son los comportamientos de quienes se dedican a la política, comportamientos que se manifiestan hacia fuera en quienes ocupan cargos públicos y hacia dentro en quienes hacen vida de partido, siendo bastante habitual que se den ambas circunstancias a la vez. Se podría decir que los partidos políticos actúan como un gimnasio de la ética ya que la actividad política obliga continuamente a tomar decisiones basadas en criterios éticos, tanto hacia dentro como hacia afuera del partido. Quizá sea eso lo que engancha de la política, se me ocurre en ocasiones. 

El caso es que en ese gimnasio de la ética que constituyen los partidos, entre ellos el mío, puedo decir que en estos seis años he conocido a auténticos atletas, gente que entrena y mejora continuamente, pero también a verdaderos alfeñiques, que por más que entrenen no consiguen ni un gramo de músculo ético, bien porque no tienen las condiciones genéticas necesarias, bien porque su rutina de entrenamiento es muy defectuosa. Y también he conocido, y eso es muy preocupante, personas que parecen atletas de primerísima fila, capaces de ganar siete tours, cinco elecciones o lo que les echen, pero que en realidad son unos farsantes que no serían nada sin el dopping y la complicidad y el silencio interesado del equipo que los rodea.

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4 respuestas a Poliédrica política

  1. Y éstos últimos son los más peligrosos Álex. Porque no se les ve llegar. Lobos con piel de cordero. Mentirosos de primera categoría. Lo peor que puede haber en la clase política y causa de la mala imagen y de la cada vez mayor desafección de la ciudadanía.

  2. José Manuel Ferradas dijo:

    ¿En qué lugar ha dejado Armstrong al Tour? Al final ha caído pero el mal ya es indeleble. Lo peor no es el perro tramposo que usurpa las piezas por otros cazadas, lo peor son los perros pequeños que le bailan el agua con saltitos histéricos a su alrededor, cabriolas de mediocre, que solo aspiran a cobrar la rapiña de la rapiña.
    !!!Maldigo al pulpo que solo alcanza a comer los restos que dejó el tiburón¡¡¡

  3. Pilar dijo:

    Uf, Alex, no parece escrito por tí, muy denso y al final creo que no se trata más que de una larga introducción (muy interesante) para “acusar sin nombres” la vergonzosa sesión parlamentaria de ayer.

    Sólo una cosa: a mi me parece imposible que el ser humano no sea político, incluso los mal llamados apolíticos ejercen una opción, la de pasar de política (aparentemente). Toda persona que viva en comunidad, sea un poblado indígena o una megápolis se rige por unos principios de convivencia, por unas normas escritas o no, está inmerso en una jerarquía de poder, contribuye y usa unos bienes y servicios públicos.

    Me ha gustado mucho la distinción que haces entre “leyes científicas” y “leyes sociales” (no sé si me explico). Da para una larga deliberación nuestra capacidad de modificar las “leyes sociales”. Y me gusta especialmente la reflexión porque yo doy de las que opina que todas las leyes, no digamos ya la ley suprema, que aquí la hemos llamado Constitución, deberían de nacer con fecha de caducidad o al menos, de revisión y re-ratificación obligatoria. La leyes hechas por el hombre no son inamovibles.

    • alexroa dijo:

      Pues no vas desencaminada, Pilar. Este post es en realidad la unión de otros tres que tenía pensados pero que no me decidía a escribir por tener poca entidad, así que los he unido en uno solo algo más largo de la cuenta. Los títulos eran “la política, jaula mental”, “hay que despolitizar la política” y “la política, gimnasio de la ética”. Al final los he metido en un post-popurrí. Quizá otro día desarrolle alguno de los otros temas que me han salido al paso mientras lo escribía, como ese del carácter de las leyes no científicas.

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