Renovación


BrotesVerdesRenovar v. tr. (The Free Dictionary)  

  Hacer que una cosa esté como si fuera nueva: la primavera renueva el verdor de los campos; la naturaleza se renueva día a día.
  Restablecer una relación u otra cosa que se había interrumpido: renovaron su amistad dos años después de dejar de verse. reanudar.
  Cambiar o sustituir una cosa por otra nueva o más moderna: hay que renovar el cartucho de tinta; deberíamos renovar la maquinaria de esta fábrica; quiero renovar mi vestuario.
  Cambiar una cosa que ya no es válida o efectiva por otra de la misma clase: tengo que renovar el carnet de conducir porque lo tengo caducado desde hace un mes.
  Dar un nuevo impulso o carácter a algo: la empresa se ha renovado.
————————————

Se mire como se mire y se ponga uno como se ponga, no hay manera de encontrarles un significado negativo al verbo “renovar” y al sustantivo derivado “renovación”, o sea a la “acción y efecto de volver a hacer las cosas nuevas”. Da igual si uno consulta el Diccionario de la Real Academia Española, el Word Refference, The Free Dictionary citado arriba, o cualquier otro. Incluso he hecho el esfuerzo, no pequeño, de levantarme de la silla de mi cuarto de trabajo, desplazarme hasta el salón, coger en mi mano izquierda el “Diccionario de uso del español” de María Moliner, dos kilos de peso, y en la derecha el volumen II del “Diccionario del español actual”, de Seco, Andrés y Ramos, otros dos kilos, cuatro en total. Y una vez traídos a mi lugar de trabajo (con esto ya no hace falta que vaya hoy al gimnasio, como ayer, anteayer y todos los días anteriores, que tampoco fui), he experimentado el antiguo placer de buscar las palabras “renovar” y “renovación” en ambos, sin encontrar tampoco significados que se pueden considerar negativos. 

He encontrado, en cambio, dos significados de “renovar”, o más bien usos, pues ambos diccionarios lo son de uso, no normativos, que me han gustado mucho: del María Moliner, “Volver a tener algo fuerza, actividad, validez, etc.”; y del Seco, “Ventilar los cuartos donde se tengan con frecuencia braseros, abriendo las ventanas y renovando el aire“.

Devueltos los voluminosos diccionarios a su lugar, con lo cual me ahorro también ir al gimnasio mañana (y ya me buscaré excusas para pasado mañana en adelante, que nunca faltan cuando se pone empeño suficiente), toca reflexionar un poco sobre todo lo anterior. Y llevarlo al terreno de este blog, claro está, que es el de la política pero también el de la lógica, a partes iguales. O desiguales, tanto da, mientras haya una dosis suficiente de ambas.

Que el régimen democrático español necesita una renovación, tras casi cuarenta años, ofrece pocas dudas. Y por si persistiera alguna, la extinción física hace apenas una semana de quien fuera su gran promotor, y los pensamientos y sentimientos que ese fallecimiento ha hecho aflorar entre los españoles, suponen una nueva contribución a la disolución de esas pocas dudas. Pocos protagonistas quedan de aquella, para muchos, yo incluido, milagrosa Transición. En primer lugar, por supuesto, Juan Carlos de Borbón, que cuenta ya con 76 años; tres de los padres de la Constitución: Miquel Roca, José Pedro Pérez-Llorca y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón; Felipe González, Alfonso Guerra y pocos más. Hasta Carrillo, que parecía eterno, dejó de fumar hace un año y medio.

Pero aunque lo más obvio e inmediato sea fijarse en los protagonistas, e incluso darles una importancia excesiva, hasta el punto de convertirlos en símbolos de una época, como ha ocurrido con Suárez, lo verdaderamente importante de un régimen político son las leyes y las instituciones, y su relación con la realidad social.

No me voy a extender ni cinco líneas en describir hasta qué punto las leyes e instituciones que rigen, dirigen e integran la Democracia española están por completo desfasadas respecto de la realidad social, tan diferente ahora de la de hace cuarenta años, cuando se diseñó el actual régimen, que parecería que hemos viajado en una máquina del tiempo que nos ha permitido recorrer un siglo en pocas décadas.  Cinco líneas casi justas.

Me voy a detener tan sólo en uno de los agentes que actúan en nuestra maltrecha Democracia, que son los partidos políticos. En la nuestra y en todas las demás, hasta el punto de que se asocia casi inconscientemente democracia y partidos políticos, como si fueran una y la misma cosa, obviando que puede haber democracia sin partidos políticos y que hay numerosas dictaduras de partido único, que si es único no se entiende que se siga llamando partido; o bien seudodemocracias o cuasidictaduras con multitud de partidos políticos que en realidad no pintan casi nada.

No es el caso de España donde los partidos políticos pintan mucho. Demasiado. Tampoco me voy a detener aquí en los vicios de los partidos viejos, de sobra conocidos, ni en describir el sistema clientelar en el que se mueven como pez en el agua, ni en demostrar su creciente alejamiento de las necesidades de la sociedad española. Pero sí quiero señalar que existe un nuevo contexto en el que están surgiendo nuevos partidos políticos, UPyD entre ellos. Unos con mayores pretensiones de ser diferentes en cuanto a su funcionamiento y organización, más “modernos” por así decir, siguiendo el signo de estos cibertiempos, pongamos por caso el Partido X; y otros más clásicos en ese aspecto, de nuevo el caso de UPyD, pues aunque hagamos un importantísimo y muy eficaz uso de Internet, nuestra estructura y organización se corresponden con un modelo piramidal y representativo, no con uno asambleario, cosa que a mí me parece muy correcta. No estaría en UPyD si no me lo pareciera, no creo que haga falta decirlo.

Así pues, queda establecido que UPyD es un partido organizado de modo más o menos tradicional, con una estructura piramidal, no asambleario, pero que al mismo tiempo pretende encabezar la renovación del sistema político español desde los pies a la cabeza. Es decir, lo mismo que se hizo hace casi cuarenta años, una transición sin ruptura, “de la ley a la ley pasando por la ley” y “cambiando las cañerías sin cortar el agua”. La diferencia, no demasiado grande, es que entonces se pasó de una dictadura en decadencia a una democracia fresca y sana donde todo estaba por hacer, y ahora toca pasar de una democracia más que madura ligeramente podrida, donde todo está demasiado hecho, a una nueva democracia fresca y sana, aprovechando las lecciones aprendidas desde el 75.

En el proceso habrá que crear algunas cosas nuevas, quizás no muchas, porque lo más importante ha de ser librarse de los viejos usos, tradiciones y formas de hacer las cosas que nos han llevado al atasco actual. Y por no extenderme de nuevo a todos los males de nuestra sociedad, me ciño aquí tan solo a los que afectan a los partidos políticos, y que son básicamente dos: uno, el considerarlos como expresión del ser esencial de unos u otros españoles, en vez de como lo que deberían ser, meras herramientas de acción política encaminadas al bien común, así sea por distintos caminos; y dos, el usarlos como plataformas para el medro personal y el ascenso social de quienes forman parte de ellos.

Ambos peligros acechan a nuestro joven partido y hay que poner mucho cuidado en esquivarlos. El segundo es muy evidente, y puede afectar por igual a cualquier miembro del partido, en cualquiera de sus niveles: hay quien mata por ser concejal en un pequeño pueblo y quien moriría por ser diputado nacional o eurodiputado. El primero es un peligro más sutil y por tanto más insidioso. Y es que se empieza queriendo representar a todos los españoles, poniendo el énfasis en “lo que nos une”, y a poco que a uno le presionen para que se defina acaba insultando y criminalizando a diestro a siniestro y presentándose a sí mismo como representante o, mejor aún, como la mismísima esencia de “la tercera España”, dando por hecho que existen al menos otras dos y afirmándolas sin quererlo. Suele ocurrir que pretendiendo definir un espacio propio acaba uno construyendo un confortable guetto.

Son peligros que están ahí y negarlos no sería sabio. Ambos tienen remedio y ese remedio se llama renovación, que era el tema de este artículo. La renovación de cargos cada pocos años, entre ocho y doce, tal y como establecen nuestros Estatutos, es una precaución mínima. Y la renovación del mensaje cada cuatro años, coincidiendo con los Congresos, es una necesidad para no quedarnos descolgados. Pero quedarse en eso sería muy poco ambicioso, y además sin necesidad. Porque quienes formamos UPyD tenemos claro que es un partido instrumental, creado para conseguir unos objetivos y a continuación disolvernos, como ocurrió con UCD en su momento. Quizá tardemos un poquito aún, pero no hemos de perder eso nunca de vista.

Por ello, y tomando como contraejemplo a los partidos viejos, deberíamos rechazar el modelo de “renovación” que vemos que ocurre en ellos, y que consiste en una catarsis traumática cada diez o quince años, una catarsis que se produce indefectiblemente tras un fracaso electoral y que implica una lucha cruenta entre distintas facciones dentro de esos partidos que deja numerosos cadáveres por el camino, muchas veces cadáveres muy cualificados. Un tipo de renovación violenta tipo Ave Fénix, ese bicho que se convertía en llamas después de poner un huevo del que salía un pájaro idéntico. Y un tipo de renovación que, aunque pueda ser necesaria, no deja de tener cierto peligro. Y es que, a diferencia de lo que cuentan que ocurre con el pájaro mitológico, no siempre culmina con éxito, pues en el mundo real a veces el último huevo no llega a eclosionar y sólo quedan las cenizas y un estéril huevo.

Mucho más sabio sería, en mi opinión, una renovación permamente, de modo que UPyD sea y parezca un partido nuevo cada día, que renueve su fuerza, actividad y validez con la llegada de nuevos militantes que aporten nuevas y frescas ideas, y que unos y otras, afiliados e ideas, sean adecuadamente tenidos en cuenta; que no se convierta UPyD en un cuarto cerrado con un brasero ardiente en su interior, cómodo en un principio para los acogidos en él, pero asfixiante a la larga; que se abran las ventanas y se renueve el aire; que no se espere al doloroso fracaso para forzar una renovación catártica; que en medio del éxito tengamos el valor y la confianza en nosotros mismos para fomentar esa renovación permanente y vivificadora; que nadie sienta temor de mezclar el aire interno con el externo y que nadie, por defender su posición, por miedo, por inseguridad o por cualquier otra razón espúrea, siembre las sospechas sobre aquellos otros que quieren aportar sus ideas, su esfuerzo, su pasión y su noble ambición (pues la ambición, como el colesterol, puede ser tanto buena como mala) para mejorar un partido político que sólo tiene como fin hacer que España sea un pais más justo, más democrático, más moderno y más progresista. En definitiva, hacer de España un país mejor de lo que es.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Renovación

  1. jose dijo:

    Hay que conciliar lo deseable con lo necesario.Un partido necesita una estructura fiable sobre todo en la cúpula, en el tramo que debería haber una renovación permanente es a nivel de concejales y diputados autonómicos, cada cuatro años. El efecto está claro, dinamismo y mucha gente interesada en aportar intensamente en un período corto para luego retomar su vida. En un continuo estar en distintas intensidades y en un escenario atrayente a continuas incorporaciones. Quizás parezca radical pero correo que ya se huele que está ocurriendo lo que criticamos.
    UPyD debería ser tajante y ofrecer algo claramente alternativo. En todo caso, para aprovechar la experiencia, los portavoces de hoy deberían ser los número 2 de la candidatura siguiente.

  2. La vida es renovación. Se nace, se vive, se muere. Y así se repite el ciclo desde los siglos de los siglos. Un partido político si quiere estar vivo debe renovarse de manera continua. Y renovarse de verdad, no meros toques estéticos para que todo siga igual. Renovarse o morir. Tenemos dos claros ejemplos de lo que es morir en los dos grandes partidos que nos llevan gobernando desde la transición. Es tiempo de renovación y de innovación. Es el momento.

  3. aurorasotos dijo:

    Una reflexión clarividente (en el más amplio sentido de la palabra), Alex. A veces nos olvidamos de que los partidos políticos son organizaciones.
    Las organizaciones necesitan de las personas, no son nada sin ellas; y de una cierta estructura funcional, sin duda. Pero, como decía un amigo mexicano (experto en aquello mal llamado RRHH): las organizaciones funcionan “a pesar de” sus ejecutivos. Por tanto, no sólo no es necesario, sino que es conveniente, que a lo largo del tiempo, no siempre sean los mismos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s