¿Hemos pervertido la lucha por la libertad? (Por Juan Rubio)


desembarco-de-normandiaDentro de poco mas de un mes se celebrará el 70 aniversario del día D, el desembarco de Normandía. Todos tenemos la imagen de esos miles de jóvenes, muchos, la mayoría, de países alejados de los frentes europeos. Jóvenes que dejaron su vida en esas playas y en toda la campiña francesa para que los demás pudiésemos disfrutar de nuestra libertad tanto individual como colectiva.

A ellos les debemos el poder disfrutar de los mejores años de la sociedad europea y occidental en general, años de desarrollo económico pero, sobre todo, años de libertades individuales, de libertados y logros sociales, de consecución de derechos sociales, de integración y normalización de la mujer en el mundo laboral, social y político. En definitiva una época de avances sociales sin parangón en la historia de la humanidad.

Estos jóvenes no lo tuvieron fácil, su infancia se desarrollo en medio de la crisis de los años 30, tras el famoso crack del 29, fueron testigos mudos (como consecuencia de su edad) de la dureza de la vida laboral y social, de la lucha para cubrir las necesidades esenciales que, seguro, desarrollaron sus padres y, supongo que por ello, eran conscientes de lo que estaba en juego y que su vida, puesta en valor sobre una fría mesa, tenía menos importancia que el futuro de sus futuros hijos y nietos. Luchaban por el futuro de una sociedad, una sociedad de igualdad, de derechos, de deberes, una sociedad que tenía y debía estar orientada hacia el ciudadano, hacia el individuo y su identidad.

Su enemigo era tangible, físicamente localizable y “tratable”. Fruto de la misma crisis económica que asolaba nuestro planeta se derivaron otras líneas de actuación que no estaban precisamente orientadas hacia la sociedad, hacia el individuo. Fue la época del nacimiento de los grandes nacionalismos que derivaron en los regímenes totalitarios que marcaron el final de la primera mitad del siglo XX. La crisis económica y por ende la crisis social fueron (y son, no lo olvidemos) el mejor caldo de cultivo para proliferación de “bacterias sociales infecciosas”, de esos populismos que nos regalan los oídos con todo lo que nos gusta escuchar en la simpleza de la falta de análisis y criterio, esos que resultan muy “necesarios” cuando el individuo carece de la capacidad para aportar los elementos básicos de supervivencia para su persona y su prole, esos mismo que nos conducen a la desesperación y el desánimo.

Estos movimientos, como decía, tenían identificado de forma clara al enemigo independientemente de que viniesen con su esvástica, camisa negra o camisa azul. Eran enemigos que tenían rostro y un cuerpo capaz de portar armas en un frente de guerra y, lo mas importante, tenían una serie de líderes, de estadistas con preparación y capacidad objetiva para desarrollar su labor. En definitiva se contaba con lo necesario para una fuerza de choque, un numeroso grupo de soldados sabedores de lo que estaba en juego y unos mandos cualificados que conocían su oficio y sus objetivos.

Ahora, 70 años después nos encontramos de nuevo en guerra, una guerra silenciosa, pervertida, una guerra cruel de desgaste continuo y avance que parece inexorable. Pero sobre todo se trata de una guerra pervertida. Está pervertida porque teóricamente tenemos un enemigo común al que ninguno hemos visto, tenemos un enemigo virtual que, teóricamente, pretende destruir nuestro estado, nuestro bienestar y nuestra forma de entender la vida.

Para poder asegurar una lucha efectiva contra tan ruin y cobarde enemigo contamos con unos líderes políticos profesionales, profesionales del intrusismo, profesionales de la desafección y, sobre todo, profesionales de la profesión política sin ética y sin moral. Unos políticos cuya mas profunda reflexión nos intenta convencer de que nuestra mejor manera de luchar contra nuestros fantasmales enemigos es la renuncia a nuestros derechos civiles, sociales y laborales para “dificultar” la consecución de los objetivos de los “malos”.

Estos profesionales de su ambición no han encontrado mejor manera de hacernos comulgar con ruedas de molino que entregar sin condiciones aquello que queremos defender para terminar con la amenaza. Dicho de otra manera, como el enemigo pretende terminar con nuestra forma de vida, con nuestras igualdades y derechos que tanto tiempo y sangre nos ha costado construir lo mejor es dejar de ser así y con un poco de suerte dejaremos de ser objetivo de nuestros enemigos ancestrales.

Ahora es cuando me gustaría pedir un viaje a nuestra niñez, a nuestros cuentos infantiles y recordemos todos la fábula del zorro y los ratones con el queso, esos dos ratones que discutían para saber que trozo de queso era mayor y se vieron en la necesidad de “contratar” un juez imparcial quien terminó con la disputa haciendo desaparecer el objeto de la misma.

Siendo niños entendíamos perfectamente el mensaje que nos quería transmitir, hay veces que el enemigo no es tan evidente como parece ser o nos quieren hacer creer y quizás deberíamos plantearnos una seria reflexión.

Nuestro modelo actual se basa en la continuidad de la oligarquía política hereditaria, hereditaria por designación y no por consanguinidad pero hereditaria en definitiva. Un modelo que pone en valor la sumisión y el clientelismo para asegurarse de que los pretendientes a la elite han aprendido bien la lección y se han empapado de las mismas ideas y de la misma falta de escrúpulos para poder seguir manteniendo vivo el sistema de los mediocres que permite poner en valor a los inútiles, a los serviles.

Quizás deberíamos reflexionar de las razones por las que las empresas privadas progresan mientras las administraciones públicas gestionadas por el poder político se atascan sin solución de continuidad y la posible relación con lo expuesto en estas líneas para poder actuar de forma correcta e identificar a nuestros verdaderos enemigos.

Quizás ha llegado el momento de que. de forma figurada, todos los jóvenes y no tan jóvenes europeos, y occidentales en general, nos pongamos los cascos, cojamos nuestro petate y nos dispongamos a desembarcar de nuevo en la playas de Nueva Normandia. Quizás sea necesario que las tropas busquen mandos adecuados para estas batallas que se nos avecinan, quizás sea suficiente con hacer ver a nuestro cuerpo de oficiales que hemos visto su jugada, que no nos conformamos y que si no cambian ellos los cambiaremos nosotros. Quizás tengamos que privatizar nuestros partidos para hacerlos viables o quizás tengamos que tomar medidas mas extremas, quien sabe, lo que parece evidente es que si no empezamos por nuestra propia casa difícilmente seremos capaces de hacerlo en la de nuestro vecino, quizás deberíamos empezar así, quizás.

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2 respuestas a ¿Hemos pervertido la lucha por la libertad? (Por Juan Rubio)

  1. aurorasotos dijo:

    Selecciono esta idea, aunque aportas muchas importantes, más: “continuidad de la oligarquía política hereditaria, hereditaria por designación y no por consanguinidad pero hereditaria en definitiva”. La herencia por consanguinidad ya estaba garantizada por los pactos de la Transición, es decir, que se suman. Demasiada carga para un país tan pequeño.
    Ya tengo el casco puesto y estoy lista para partir, Juan.

  2. Yolanda Guío dijo:

    Cuenta también conmigo Juan, porque yo, como Miguel Hernandrez, “para la libertad sangro, lucho, pervivo”. Gracias por tu valentía y clarividencia.

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