Nosotros y ellos


GenocidioRuandaEste año 2014 se ha cumplido el vigésimo aniversario de uno de los episodios más atroces que ha vivido la Humanidad durante las últimas décadas: el genocidio de Ruanda. En la memoria de todos los que tenemos edad suficiente, que somos la mayoría, pues no hace tanto de aquel horror, se pueden encontrar las imágenes de aquellas matanzas perpetradas a golpes de machete que acabaron con la vida de unos 800.000 ruandeses en apenas 100 días, entre abril y julio de 1994, la mayoría de ellos de la etnia minoritaria tutsi, a manos de las milicias Interahamwe formadas por extremistas de la etnia mayoritaria hutu, que gobernaba entonces el país.

Aquellas matanzas, que acabaron con un 10% de la población de Ruanda, fueron consideradas como un genocidio al constatarse la voluntad del gobierno hutu de llevar a cabo un exterminio sistemático de la población tutsi. El asesinato del general Habyarimana, presidente del país, achacado a los tutsis, fue el detonante para la espantosa carnicería, acompañada de violaciones masivas y del éxodo de millones de ruandeses que tuvieron que hacinarse en campos de refugiados en los países vecinos, aumentando la inestabilidad de la zona y provocando pocos años después la Primera y Segunda Guerra del Congo, conocida esta última como Guerra Mundial Africana, por involucrar a nueve países de la zona, o Guerra del coltán, por la importancia que tuvo el control de ese mineral estrátegico, y que provocó alrededor de 6 millones de muertos, la mayor masacre desde la Segunda Guerra Mundial, pero de la que apenas se tuvo noticia en el mundo desarrollado.

Volviendo al genocidio ruandés, lo más curioso, por decirlo de alguna manera, es que las supuestas etnias enfrentadas, hutus y tutsis, no se diferenciaban en nada importante, pues compartían rasgos físicos, lengua y cultura. Realmente hutus y tutsis habían sido tradicionalmente castas dentro del mismo pueblo, agricultores los hutus y ganaderos los tutsis, que además se habían consolidado como casta dominante hasta la llegada de los colonizadores europeos, belgas en el caso de Ruanda, si bien las diferencias entre unos y otros no estaban claramente delimitadas. En el año 1934 la administración belga, intentando poner un poco de orden “al estilo europeo”, estableció un carnet étnico que dividía de modo unívoco a la población entre hutus y tusis (además de twas, pigmeos cazadores, estos sí claramente diferentes). Pero como las diferencias entre las supuestas etnias no eran en absoluto nítidas, se adoptó un criterio arbitrario, que fue considerar que aquellos que poseían más de diez cabezas de ganado eran más ricos y por lo tanto tenían que ser tutsis. Y, por ser tutsis, tenían más derechos a participar en el gobierno y la administración local. Esto no significa que los colonizadores europeos fueran los creadores de la diferencia entre hutus y tutsis, pero sí que contribuyeron a fomentarla en gran medida.

Pero el caso es que para cuando estalló el conflicto de 1994 esas diferencias sí que debían estar muy claras para las milicias homicidas y para quienes les inspiraron y pertrecharon, pero quizás para disipar cualquier duda los Interahamwe hutus no sólo masacraron sistemáticamente a todos los tutsis que encontraron, sino también a otros hutus que estaban casados con tutsis e incluso a hutus moderados que no estaban de acuerdo con las matanzas. Por supuesto, los tutsis, organizados en el Frente Patriótico Ruandés, apoyado por el vecino país de Uganda, también pusieron su parte en la grandiosa matanza, que se desarrolló ante la pasividad de las Naciones Unidas, bloqueadas por Francia y Estados Unidos, que tenían intereses en la zona y apoyaban a uno u otro de los bandos, en connivencia con las poderosas compañías mineras que actúan en esa zona del mundo, rica en minerales estratégicos.

El genocidio de Ruanda es un episodio digno de estudio por esa circunstancia de que las dos supuestas etnias enfrentadas no eran tales, pues compartían rasgos físicos, lengua y costumbres, vivían perfectamente entremezclados y eran muy habituales los matrimonios mixtos. No es un caso único, desde luego, también pudimos ver algo similar en la misma época en la más cercana república de Yugoslavia. O, sin irnos tan lejos, es lo mismo que lleva pasando en España desde hace dos siglos, con dos supuestos bandos enfrentados, las llamadas “dos Españas”, un conflicto absurdo que llegó al extremo hace tres cuartos de siglo y que algunos se empeñan en mantener vivo por su propio interés. Y qué diremos de la Cataluña actual, en la que alguien decidió hace tiempo trazar una caprichosa línea divisoria entre buenos y malos catalanes según que estén o no de acuerdo con el deseo de independizarse de España, arrastrando a toda una comunidad de más de siete millones de personas a una división entre “nosotros” y “ellos” y a una deriva autodestructiva demencial en estos tiempos que reclaman más que nunca la unión entre naciones.

Una supuesta división entre buenos y malos, una división entre “nosotros” y “ellos”, y una deriva narcisista y autodestructiva que estoy también observando en el partido al que pertenezco desde hace siete años, Unión Progreso y Democracia. Un partido con el que ya se empiezan a hacer chistes similares a aquel sobre el PSOE, del que se dice que de cuatro letras que tienen sus siglas tres son mentira.

¿Cuándo y cómo empezó esa división y quienes son los responsables? Difícil decirlo. Quizá la división empezó el mismo día del nacimiento de UPyD, o incluso antes, durante los cuatro meses de gestación en que el nasciturus era conocido como Plataforma Pro. O puede que todavía antes, en tiempos de su progenitor ¡Basta Ya! Otros pueden opinar que las diferencias han surgido con ocasión del Primer Congreso o del Segundo, o con la formación de las listas electorales … Por mi parte, la división comenzó cuando algunos decidieron saltarse nuestras reglas internas recogidas en los Estatutos para sustituirlas por las reglas de los partidos de toda la vida, y en vez de valorar el mérito y la capacidad se empezó a fomentar el peloteo, la lealtad acrítica y el vasallaje. En cuanto a los responsables del actual estropicio, cada uno tiene sus preferencias a la hora de señalar. Hay quienes ponen toda la responsabilidad en el Consejo de Dirección, en incluso en su Portavoz exclusivamente; otros en los que hemos sido críticos con ciertas prácticas; otros en aquellos que, supuestamente, sólo han entrado en UPyD para medrar, lo hayan demostrado o no con sus actos anteriores o posteriores; y hay quien cree que la culpa de todos nuestros males es externa, únicamente achacable a nuestros enemigos, las grandes superpotencias PP y PSOE, las potencias regionales que compiten directamente con UPyD por el voto, o los medios de comunicación que por algún inexplicable motivo “nos tienen manía”.

El caso es que la división ya es un hecho, una división entre supuestos “críticos” y supuestos “oficialistas” (por no usar los nombres peyorativos con los que empezamos a conocernos los unos a los otros), en la que, también supuestamente, todos los integrantes de un bando comparten la misma visión de lo que ha de ser el partido y de cuáles son los comportamientos éticos aceptables o rechazables, y que sería una visión opuesta a la de los integrantes del otro bando, igualmente compartida y monolítica. De este modo, cualquier opinión emitida por un integrante de alguno de los dos bandos, especialmente si es de alguno de los más “hooligans”, es inmediatamente asociada con todos los que, supuestamente, pertenecen a dicho bando.

Pues bien, yo creo que esa forma de ver las cosas, esa supuesta división de nuestro partido, es algo ajeno por completo ajeno a la realidad. Es cierto que existen diferencias de opinión y de comportamiento entre unos y otros afiliados y simpatizantes de nuestro partido, independientemente de si ocupan algún cargo o no; que hay muchas cosas que rectificar si de verdad queremos ser un partido regeneracionista y no una réplica en tamaño bonsai de los partidos de siempre; que existen agentes externos a nuestro partido que trabajan para acallarlo, para absorberlo o para neutralizarlo, como es habitual en ese sistema de conflicto de intereses que consituye una democracia avanzada; que hay intereses internos de por medio en forma de competencia por alcanzar cargos públicos retribuidos, algo que no sólo es inevitable sino perfectamente lícito en la actividad a la que nos dedicamos; y que hay muchos miembros de nuestro partido que actúan honesta y hasta desinteresadamente, da igual si se considera que están en el bando de los “críticos” o en el de los “oficialistas”, al tiempo que hay auténticos canallas, también en cualquiera de los supuestos bandos, que a falta de machetes enarbolan las redes sociales para machacar a sus compañeros, ante el aplauso de otros aún más canallas y miserables que ellos. Pero lo que no hay en nuestro partido, ni puede haberlo porque todos compartimos lo que nos llevó a formar parte de él, son hutus ni tutsis, ni “nosotros” ni “ellos”.

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2 respuestas a Nosotros y ellos

  1. Alicia dijo:

    Hay una película cuyo título no recuerdo en la que un profesor hace un experimento que consiste en dividir la clase en dos partes,sin ningún criterio,se trata de una división aleatoria.A cada grupo se le asigna unas prendas de vestir y un rol.El resultado es que ambos grupos se enfrentan de forma muy violenta. Y es curioso porque no había ningún lugar común que uniera a los miembros de cada grupo,ni una ideología, ni nada que defender. Simplemente se habían separado de otros y eso los unía entre ellos

  2. manuel ruiz dijo:

    Cuando se habla despacio, tranquilo y de continuo las cosas tiene más facil arreglo y acuerdo. Pero cuando hay que hablarlas deprisa, nerviosos, corriendo, y con el agua al cuello ….. pues eso …

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