Sobre tiro al blanco, submarinismo, paracaidismo y otras tácticas político-militares


ParacaidistasAcostumbra a compararse la actividad política con la práctica deportiva, y son por ello abundantes las metáforas al respecto. Se dice así, dentro del campo del atletismo, que la política es una carrera, según algunos una carrera de fondo, como demuestran algunos casos de políticos incombustibles, capaces de aguantar década tras década en el candelero, sea alternando cargos de todo tipo, con el irrepetible Manuel Fraga y sus sesenta años de actividad pública como campeón español de todos los tiempos, sea ocupando el mismo sillón de modo ininterrumpido, como algunos alcaldes que lo son desde los inicios de la democracia, e incluso desde los tiempos de Franco; según otros un sprint, viendo la rapidez con la que aparecen y desaparecen de la vida pública; y, más habitualmente, una carrera de relevos, en la que cada uno de los corredores le pasa el relevo al siguiente, y así se mantienen los equipos compitiendo en una carrera sin final establecido.

Es también muy común la comparación de la política con la práctica del remo, como demuestra que una de las frases más utilizadas y más tópicas en este mundillo es la de “ahora es el momento de remar todos juntos”, empleada especialmente después de que seben-hur galeras hayan producido debates o confrontaciones internas, en forma de congresos, de elecciones internas para cargos orgánicos o de elecciones primarias para cargos públicos (en los partidos que las hacen, claro, que no son todos, ni mucho menos). Pero por algún motivo, la imagen de un equipo de remeros esforzándose por llevar la nave en la misma dirección no me acaba de resultar sugerente. Puede ser que porque lo primero que me viene a la mente no son las tradicionales y caballerosas regatas anuales de Oxford contra Cambridge, sino más bien algo parecido a la imagen de la derecha, y a estas alturas de la vida ya no está uno como para intentar controlar sus asociaciones mentales inconscientes.

Considerada individualmente, como por ejemplo en un debate entre dos candidatos a la presidencia del Gobierno o entre el presidente del Gobierno y el líder de la Oposición en el debate sobre el Estado de la Nación, la política se puede comparar también a la esgrima o a un partido de tenis, por no mencionar el boxeo, actividad de la que algunos no estamos muy de acuerdo en clasificar como deporte. Y, considerada como equipo, están a la orden del día los “fichajes” estrella de los partidos políticos, aunque muy habitualmente acaben estrellados, sea porque luego no les saquen al campo de juego o porque les saquen pero no les pasen el balón, como le pasó hace veinte años al juez-estrella Baltasar Garzón.

Todos estos deportes y otros muchos, el ajedrez, por ejemplo, ese juego que también algunos consideran deporte, admiten comparaciones con la actividad política, y todas estas comparaciones ennoblecen a la política en la medida en que el deporte es generalmente considerado una noble actividad (siempre y cuando obviemos el dopaje y otras prácticas turbias, claro está). Pero existen otras prácticas que, aunque también pueden ser consideradas deportivas, están más asociadas con la actividad militar (que no olvidemos que es el origen de buena parte de los deportes actuales). Prácticas como el tiro al blanco, sea fijo o en movimiento, el submarinismo o el paracaidismo, que forman parte de la vida interna de los partidos políticos, esas agrupaciones donde todos nos queremos tanto que nos pasamos el día abrazándonos unos a otros, aunque hay quien sospecha que eso se debe a que no recordamos donde dejamos clavado el puñal la última vez y lo andamos buscando por todas las espaldas.

Del tiro al blanco, poco hay que decir. Es una actividad cotidiana en la que todos participamos alegremente, aunque según quien la ejerza y los medios que se empleen, es decir, según el poder que se ostente, puede suponer desde un inofensivo y hasta divertido juego de “paintball”, con heridos de pega, hasta una ejecución sumarísima de algún “querido compañero”, sea con un arma de calibre 140 caracteres o con una de calibre mundial o apaisado.

Sobre el submarinismo, también decir que es una actividad bastante frecuente, aunque algo confusa por lo general. Y es que quien accede a ejercer una vez de submarino, es decir, de espía, no suele tener reparos en ejercer como submarinista doble o triple, y así hasta conseguir que ni su propia sombra se fíe de él.

Y en cuanto al paracaidismo, que es lo que hoy más me interesa, se trata de una actividad propia de la vieja política, esa de la UPyD debería huir como de la peste. El concepto de paracaidista está muy bien definido en este artículo, que además incluye unas simpáticas y certeras coplillas: “Personas venidas de fuera que encabezan listas electorales o aparecen en lugares destacados de ellas, tanto en provincias como en ciudades o poblaciones menores, a las que  pretenden representar. Los “paracaidistas” son personas valientes que no sienten el vértigo de un aterrizaje forzoso en un lugar en el que ni pagan impuestos ni viven ni se les ve por el mercado. Su presencia es requerida por la necesidad de colocar a ¿algún peso pesado? o mandar fuera de la lista a otros aspirantes a  candidatos. Cuando uno de éstos dice como presentación “es para mí un honor encabezar la lista por esta ciudad (o localidad)” nos está indicando que no hay más remedio o que es la solución a sus ambiciones.” 

Y es que efectivamente, el paracaidismo, como actividad militar y como deporte, conlleva un importante riesgo físico, mucho más que las carreras de velocidad, de relevos o de fondo, que el remo, que el tenis e incluso que el submarinismo, y solo equivalente al del tiro al blanco cuando uno mismo es el blanco. Porque, como decía aquel viejo chiste, ¿cuántos saltos en paracaídas hay que hacer bien para obtener el título? Todos, amigo mío, todos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Sobre tiro al blanco, submarinismo, paracaidismo y otras tácticas político-militares

  1. Agnóstica dijo:

    En este mundo de la política, cualquier proyecto, causa o buena intención que no vaya respaldada de hechos se diluye y se pierde. Si se hace lo que se critica de los demás, ¿por qué va a creer el español de a pie que esas buenas ideas son realizables, y que no son falsas promesas que se llevará el aire al alcanzar el poder? La mujer del César…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s