Interstellar: Amor gravitatorio


Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.  Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.  El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.  El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá.

San Pablo. Epístola a los Corintios 13:1

AgujeroGusano

No todo en la vida es política, ni mucho menos, pero sí que es posible que sea cierto que, como decía Aute versionando a Calderón de la Barca, todo en la vida es cine y los sueños cine son. Y un sueño cinematográfico es lo que nos ha regalado el trío formado por los hermanos Christopher y Jonathan Nolan, director y guionista respectivamente, y el físico teórico Kip Thorne, verdadero creador de esa obra maestra cinematográfica que es Interstellar, para mí claramente superior a la fría 2001 de Kubrick, por muy herético que suene, y a cualquier otra película de ciencia ficción que haya visto.

De Christopher Nolan tuve claro desde que en el año 2000 ví su primera película estrenada en España (ya que la primera, Following, de 1998, no llegó a nuestros cines), la sensacional Memento, que había nacido una estrella cinematográfica. Una estrella que a diferencia de otras nacidas en esa misma época no ha sido fugaz o, como le ha pasado a M. Night Shyamalan, que en 1999 estrenó El sexto sentido, se han convertido en agujeros negros. Al contrario, Christopher Nolan ha ido creciendo con cada una de sus posteriores siete películas, a razón de una cada dos años, descontando quizá Insomnio (2002), obra menor en comparación con la colosal trilogía de Batman (2005, 2008 y 2012) entre la que ha intercalado otras dos películas magníficas, El truco final (The Prestige, 2006) y Origen (Inception, 2010), para rematar en 2014 con la extraordinaria Interstellar. Todas ellas, salvo Insomnio y Following, entre las 100 primeras del Top 250 de la base de datos cinematográfica por excelencia, IMDb, algo que convierte a Christopher Nolan en un director único.

Y en cuanto a Jonathan Nolan, hermano menor de Christopher, basta decir que ha sido el coguionista de Memento, basada en un relato propio, El truco final, la segunda y la tercera partes de la trilogía de Batman, y de Interstellar. Como dice el gran Stan Lee, creador de la mayoría de los superhéroes de Marvel, Nuff said.

Sin embargo, el auténtico creador de Interstellar no es ninguno de los hermanos Nolan, sino el físico Kip Thorne, que tuvo la idea para una película que iba a dirigir inicialmente Steven Spielberg. Pero el guión llegó a manos de Jonathan Nolan, Spielberg se desentendió del proyecto y la dirección recayó en las mejores manos posibles, por encima incluso de las del maestro Spielberg, las del hermano director de Jonathan, sin que por ello Thorne perdiera el control de la historia.

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El gran mérito de los hermanos Nolan ha sido, por tanto, ser capaces de transformar en una obra cinematográfica épica las ideas de Thorne, respetando las leyes de la Física hasta el extremo al que llegan nuestros conocimientos actuales y derrochando imaginación y creatividad a partir de ese punto. Interstellar es, sin lugar a dudas, la película de ficción con mayor contenido científico que haya visto nunca, y si no parece rigurosa en algunos momentos se debe más a la ignorancia del espectador, incluso la de aquellos que estudiamos Física en nuestra juventud, que a la fantasía de sus creadores.

Del rigor científico de Interstellar da buena cuenta este artículo publicado en el blog La Ciencia de la Mula Francis, por ejemplo. También se puede ver el documental del Discovery Channel The Science of Interstellar, que nos ilustra sobre la relatividad general, los agujeros negros, los viajes espaciales, los agujeros de gusano o la posibilidad de viajar en el tiempo. O ir a la fuente y leer el libro del mismo título escrito por el propio Kip Thorne, de momento sólo en inglés.

Pero no sólo hay rigor científico en Interstellar, pues de ser así no pasaría de ser un magnífico documental de ciencia ficción. Hay también excelentes actores, empezando por el protagonista, el cowboy Cooper interpretado por Matthew McConaughey, que entre otras cosas hace de nexo entre los espectadores y los científicos que comparten la aventura con él; siguiendo por la extraordinaria Jessica Chastain, la actriz del momento, y por la pequeña y fascinante Mackenzie Foy, ambas en el papel de Murphy, la hija de Cooper, en distintas edades; para acabar con el actor fetiche de Nolan, el siempre impecable Michael Caine en el papel del sabio profesor Brand, alter ego del propio Thorne. Y no faltan guiños o referencias a otras películas de ciencia ficción, por supuesto a 2001, pero también a Contact, con la que tiene bastante en común, e incluso con una obra que nada tiene que ver con la ciencia ficción, Las uvas de la ira, según me hizo observar mi buen amigo Luis Ortego, con esas escenas iniciales de los campos de maíz cubiertos de polvo como en los tiempos de la Gran Depresión, cuando el Dust Bowl asoló las llanuras de Norteamérica, unos campos que se ve obligado a seguir cultivando el hijo mayor de Cooper, de nombre Tom, como el protagonista de la novela de John Steinbeck llevada al cine por John Ford.

Hay ciencia, hay drama, fantasía y humor (curiosamente este último lo aporta casi todo un robot, el bueno de TARS), y hay buenos profesionales en todas las labores, muchísimas, que contribuyen a hacer buena una película. Pero hay algo más en Interstellar, algo que hará que, en mi opinión, llegue a considerarse una de las películas esenciales de la historia del cine, por encima de 2001 y de todas las demás de su género. Y es que el verdadero motor de la historia de búsqueda y exploración extrema que es Interstellar (no en vano la nave espacial se llama Endurance, como el navío del explorador de la Antártida Ernest Shackleton, cuyas hazañas están en la cima de las historias épicas realmente ocurridas), el poder que guía las voluntades de todos los protagonistas implicados, más allá de sus enormes conocimientos científicos o de sus habilidades como pilotos o exploradores, es el del amor, en todas sus variantes. Un amor del que se teoriza repetidamente a lo largo de la película que es la única fuerza, junto con la gravitación, capaz de atravesar el espacio-tiempo en cualquier dirección, sin limitaciones, incluso en dirección al pasado. Un amor que se manifiesta de distintas formas, desde el más abstracto amor a la Humanidad del intelectual profesor Brandt, que no por ello ama menos a su hija Amelia, hasta el más concreto amor a los humanos existentes del terrenal Cooper, enfocado especialmente en su hija Murphy, sin olvidar el amor romántico de Amelia por el astronauta Edmunds que le hace sentir que el mundo explorado por él es el correcto.

Todas las decisiones que toman los protagonistas de Interstellar basadas en el amor son correctas, aunque aparentemente choquen entre ellas. Lo es la decisión del profesor Brand de salvar a la Humanidad como especie al verse impotente para salvar a los humanos que sobreviven en la Tierra; lo es también la pretensión frustrada de Amelia de acercarse primero al planeta de Edmunds; y, por supuesto, lo es la que toma Cooper para permitir que Amelia pueda llegar a ese planeta; una decisión que le lleva al interior del agujero negro y al teseracto cuatridimensional en el que consigue comunicarse con su hija y enviarle las claves necesarias para la salvación no de la Humanidad en abstracto, sino de los humanos concretos que viven en la Tierra. Tan sólo el comportamiento extremadamente egoísta del astronauta Mann (un estupendo Matt Damon) es lo que está a punto de echar todo a perder.

Si la calidad de una propuesta artística de cualquier clase se mide por la relación entre lo que se intenta y lo que se consigue, Interstellar sólo puede ser calificada con la máxima nota. No sólo es magnífica desde el punto de vista cinematográfico (argumento, guión, imagen, sonido, música, intepretaciones, efectos especiales, referencias y homenajes a otras películas) y no sólo es rigurosa desde el punto de vista científico (¡las ecuaciones de las pizarras son de verdad, algo inaudito!) sino que va más allá y nos interroga sobre dos de los grandes enigmas no resueltos por el intelecto humano. Uno de ellos es el gran problema pendiente de la Física desde hace décadas, que es la unión entre la fuerza gravitatoria, propia de los objetos masivos, y la teoría cuántica, que explica las otras tres fuerzas conocidas (electromagnética, nuclear débil y fuerte) en términos de partículas subatómicas. La condición de ser al tiempo un objeto masivo y de muy pequeño tamaño sólo se da en los agujeros negros, y de ahí las especulaciones de Interstellar sobre la información que se podría obtener introduciéndose en Gargantúa, que podría permitir resolver el problema de la gravedad cuántica, el objetivo del profesor Brand-Thorne. Y el otro gran enigma no resuelto por el intelecto humano, tal y como nos recuerda Amelia, la hija del profesor Brand, es el de la naturaleza del amor, una fuerza que va más allá de lo que pueden explicar la Física y la Química, una fuerza que habita en la pequeña escala de los humanos concretos (Cooper, Murphy, Brand, Amelia) pero que a la vez no conoce límites y es tan poderosa que es capaz de atravesar el espacio y el tiempo y de proporcionar las claves para la salvación de la Humanidad.

El profesor Thorne y los hermanos Nolan no habrán conseguido resolver el problema de la gravedad cuántica, eso ya llegará en su día, pero sí que han creado una maravillosa película y un concepto nuevo, el amor gravitorio, una teoría unificada de las más poderosas fuerzas que rigen a la Naturaleza y a la Humanidad. Debemos darles las gracias por ello y disfrutar de Interstellar como se merece. Creo que esta tarde iré a verla por tercera vez.

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6 respuestas a Interstellar: Amor gravitatorio

  1. Carmen Palacios dijo:

    Gracias Alex por esta magnifica “critica”, reseña y/o exaltación de Interestelar y sus creadores. Has conseguido que despertar en mi la necesidad de volver a verla y esta vez seguro que voy disfrutarla mucho mas gracias a tus comentarios. Deberíamos hacer un monográfico de lis Nolan

  2. manuel ruiz dijo:

    Misa no entender. Misa dejó cine cuando Hombre de la Mancha y Sofía Loren (Y Peter O,Toole)

  3. Delia dijo:

    Pedazo de artículo. Anoche vi la peli con mi familia, y hoy les he leído tu entrada cuando la comentábamos en el desayuno. Muchos aplausos de los cuatro!!!

  4. Jose dijo:

    Después de lo que cuenta, no me la pierdo.

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